Dile que se vaya
Josefina Reyes Quintanar

“El hombre acepta la muerte, pero no la hora de su muerte.
Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.”
Emil Cioran
– ¡Dile que se vaya! – Repite una y otra vez don Toño; sus ojos se agrandan cada que voltea a ver al rincón de la habitación. Su rostro se llena de espanto y pide que “eso” que observa se vaya de inmediato. En ratos descansa, pero en cuanto abre los ojos no puede evitar el voltear nuevamente a la esquina del cuarto. Ya no puede hablar mucho, desde hace algunos días su voz desapareció y le cuesta trabajo el expresarse. Pero esa frase se le entiende perfectamente – ¡Dile que se vaya!
Don Toño se encuentra en terapia intensiva de la clínica 46 del Seguro Social. Lo irónico del asunto. Toda su vida trabajó ahí sirviendo al sector salud. Su vida era tranquila, apacible, hasta que un día se fue de paseo con la familia de una de sus hijas. Se fueron a visitar a la virgen de San Juan de los Lagos. Devotos ellos de las peregrinaciones y las vírgenes, lo invitaron en esa ocasión. Por tratarse de un lugar sagrado para los católicos, se pensaría que todo iría bien. Pero algo sucedió ahí, llegando a la plaza Don Toño empezó con dolencias en sus piernas y espalda. Tuvieron que llegar a cargarlo y trataron de conseguir una silla de ruedas para transportarlo en lo que estaban ahí.
Los siguientes días en su casa fue empeorando su salud. Ya no podía sostenerse en pie. Su voz se redujo a murmullos y prácticamente se quedó en cama. Comía muy poco y lo único que pedía era agua. Fueron noches pesadas y días largos, atendiéndolo y tratando de aminorar las molestias. Recibió la atención médica pero no hubo mejoría. Al contrario, entre hermanos se tomó la decisión de trasladarlo a un hospital. Eran necesarios cuidados profesionales. Imposible solicitar una ambulancia, nunca hay disponibilidad. Mejor fue llevarlo de manera particular. En cuanto vieron el estado en que se encontraba lo ingresaron a terapia intensiva.
No se permiten familiares en esas salas, por lo que es necesario esperar cerca y estar al pendiente por si te llaman. Muchas son las personas que pasan la noche afuera de los hospitales velando a sus enfermos. Ese día llegó un sacerdote con un ayudante, a llevar consuelo con la palabra de dios y sobre todo un café caliente y una pieza de pan. El cura entra en la sala de espera y presta consuelo con algún pasaje del nuevo testamento. Serían alrededor de las 2 de la mañana. Muy cuestionable la religión católica, pero éste es un buen gesto de caridad para el que sufre.
Una sola noche pasó don Toño en terapia intensiva. Decidieron pasarlo a cama mientras intentaban someterlo a una diálisis. No daban muchas explicaciones los médicos, pero conforme fue pasando el tiempo se entendió que no había mucho por hacer. Incluso hubo una fuerte discusión entre ellos por el hecho de haberlo sacado de cuidados intensivos.
Como pudo, don Toño les decía que él había sido traumatólogo de ese lugar. Cuando los hijos de don Toño entendieron que era mejor aprovechar el tiempo para despedirse, empezaron las lágrimas. El desfilar alrededor de su cama para ver por última ocasión aquellos ojos verdes que lo caracterizaban. Don Toño seguía consciente y lo que más le preocupaba era esa presencia misteriosa, que sólo él lograba percibir y era obvio que no le era grata.
Sus hijos esperaban alguna palabra, consejo o última voluntad. Pero don Toño sólo conseguía manifestar su frase: ¡Dile que se vaya! – Fue lo último que pudo decir. Poco a poco se fue apagando su existir, sus ojos no brillaron más y fue trasladado a piso, únicamente para esperar la hora final.




