Don Pancho (cuento) / I

Don Pancho (cuento) / I

Gabriel Michel Padilla

 

Primera parte:

Así se llamaba y así le gustaba que los nombraran por varias razones. Una era porque allí, en Ejutla, la mayoría de los que se llamaban así, eran gentes bondadosas, muy gentiles y no les gustaba meterse en asuntos que no debían.

La otra razón es que él era muy devoto de San Francisco, cuya fiesta se celebra el 4 de octubre, el día en que él nació. Su mamá le decía que tenía mucha suerte de haber nacido ese día.

– San Francisco era una santo especial, amaba la pobreza, se decía hermano del agua, del sol, de las chicharras y de los coyotes.

Don Pancho era un personaje especial. Ejutla lo adoptó como su héroe: era un hombre de una bondad que alcanzaba a todos los corazones. Doña Cenovia, la mujer que cada noche se entrevistaba con las ánimas del purgatorio, decía que los difuntos le pedían que saludara mucho a don Pancho, porque estaban agradecidas por todo el bien que le hacía al pueblo. Especialmente por tantas personas que curaba, porque don Pancho era el médico no solamente de Ejutla sino de muchos pueblos a la redonda.

Pero no solamente curaba, sino que él mismo elaboraba la medicina a base de plantas y de elementos básicos que adquiría para su elaboración. La fama de que era un médico atinado llegó hasta las lejanas tierras por las que pasa el camino a Talpa.

En esos tiempos de revolución, en que el número de heridos se incrementaba, aprendió una técnica especial para que las heridas cerraran pronto.

Para muchos, que salían heridos en las batallas, su grito de esperanza era “llévenme con don Pancho”. Por eso se decía que la muerte le tenía mucho coraje, por tantos enfermos y moribundos que le llegó a arrebatar. Algunos personajes místicos del pueblo de Ejutla llegaron a decir que en realidad don Pancho no era don Pancho. Dicen que era el buen samaritano, que estaba en un cuadro grande de la capilla de la Tercera Orden. Y que de ahí brincó y tomó la forma de don Pancho.

Todo iba muy bien hasta que un día el capitán Benigno Michel del ejército federal, que le guardaba un inmenso aprecio, le mandó un mensaje urgente.

Don Benigno era un buen cristiano, pero se cansó de que cada semana los cristeros le exigieran un torete para la causa “de Cristo Rey”, decían ellos. Y aparte cinco hectolitros de maíz, que prometían devolver para en cosechas.

Otras veces pedían un caballo y, para acabarla de amolar, hasta su alazán que le había regalado su padrino Lupe Michel de Sayula, vino a ser patrimonio de un armado cristero. Pronto  los animales de sus corrales se le empezaron a agotar, igual que al mismo Benigno se le iba agotando la paciencia.

Un día menos pensado, después de rezar tres Aves Marías, decidió entrarle a formar parte del ejército federal, aclarando que no lo hacía por pelear contra Cristo Rey sino para defender su ganadería. Le estaba costando trabajo tomar la decisión, pero en una ocasión en que asistió a misa, el vicario predicador subido en el púlpito lo divisó perfectamente y dijo a sus feligreses: “Les recomiendo mucho que no se casen entre parientes porque los hijos salen defectuosos. Ya ven cómo Nicolás y Nilao se casaron y miren que resultó un puerco llamado ‘Benigno’”.

Benigno salió todo avergonzado de la iglesia. No dijo ninguna palabra. Pero ensilló la única bestia mular que le habían dejado los cristeros y se encaminó a Sayula, a la jefatura regional de operaciones del ejército federal.

Llegando, lo recibió un general que ya conocía sus grandes cualidades. Con puro llegar al cuartel, recibió el grado de teniente. Pero al regresar a la región de El Limón, ya llevaba el grado de capitán.

Pero volvamos con don Pancho. El capitán Benigno llegó a decir que el único hombre bueno e íntegro que él conocía era don Pancho. Por eso cuando escuchó la noticia de que, en los próximos días se planeaba una operación en el pueblo de Ejutla para capturar a don Pancho, se adelantó a decirle que se marchara con rumbo de Autlán y que allá contaría con su segura protección.

[Continuará…]