Don Pancho (cuento) / II
Gabriel Michel Padilla
Segunda parte:
Mandó a María, su hija mayor, y a Chepa, que ya eran conocidas en Autlán, una como maestra de mecanografía y la otra como excelente pianista. Y en Autlán muchas señoras de la alta sociedad se peleaban por brindarles su protección y obtener sus servicios.
– Luz y Chonita que se vayan en “camucas” (especie de cajones acojinados, en los que podían viajara a lomo de burro). Toñito y Chuy que se vayan con Lupe.
– Yo madrugo mañana. Espero que don Domingo Pérez me rente una de sus casas, que tiene en Autlán, para que, cuando lleguen todos, tengamos lugar para acomodarnos.
La razón para que don Pancho abandonara Ejutla era muy fácil de explicar: si curaba federales se molestaban los cristeros; si curaba gente del gobierno o agraristas se enojaban los cristeros. Entonces las amenazas llegaban de los dos bandos. Claro que cuando una vida era rescatada, gracias a sus servicios, ambos bandos se volvían agradecidos.
En una ocasión, ya estando en Autlán, recibió una petición de ayuda. La petición llegaba desde Ejutla, de un lugar muy entrañable para él: El Monasterio del Sagrado Corazón, un convento con su iglesia majestuosa, que representa aún la excelencia arquitectónica de aquella región. Además había otra razón para que su amor por ese recinto singular se volviera sagrado: Su entrañable amor, Lupita Cuevas, hija de Isabelita, la mejor fondera de Ejutla, había estado de interna en ese convento para su formación femenina cristiana.
Sin esperar más tiempo montó en un caballo que ya venía ensillado. Los peones de estribo le explicaron que la superiora del convento Sor María de los Remedios Gil había tenido una complicación por una herida infectada en una nalga o en uno de sus venerables glúteos, como ustedes gusten llamarla. Para entonces don Pancho ya iba bien preparado con su carga de fármacos naturales, pomadas y ungüentos, incluso instrumentos para una posible cirugía sencilla.
Al llegar al monasterio se quedó sorprendido de ver cómo aquel recinto, sagrado y tan querido para él, se había convertido en cuartel de los rebeldes cristeros. Lo primero que comentó fue que eso era una imprudente provocación al gobierno.
– Es que no hay quien aconseje a las monjitas. Los obispos todos andan huyendo y los rebeldes se sienten con el derecho de hospedarse aquí -. Le decían algunos vecinos.
– Los rebeldes se van, pero las monjas se quedan. Y ellas van a sufrir las consecuencias, respondió don Pancho.
Nuestro médico se apresuró a realizar la curación. Hizo lo que creía apropiado. Les dejó medicina a las monjas y les dio instrucciones estrictas y precisas para aplicarlas. Luego pidió a los peones que por favor lo regresaran a Autlán, en ese mismo rato.
– Pero le tenemos un cuarto preparado, doctor. Mañana, después del desayuno, podrá irse sin carreras, le dijo una monja.
– Le agradezco de todo corazón su cristiana caridad, pero yo tengo compromisos para mañana muy temprano.
Don Pancho regresó a Autlán el mismo día y mientras bordeaba las laderas de La Peña para bajar al valle de El Grullo, atravesar el río Ayuquila y dirigirse a Autlán, así iba pensando:
“Qué feo convertir un convento, recinto y símbolo del Cristo, príncipe de la paz y sus enseñanzas, en cuartel militar, símbolo de guerra, destrucción, rivalidad y odio”.
– El profeta abogaba por que las espadas se convirtieran en arados. Y aquí estamos al revés.
Llegando a la ciudad de Autlán, mucha gente de Ejutla esperaba noticias.
– Creo que las cosas no van muy bien, les dijo don Pancho.
– ¿Se refieres a su paciente?
– Me refiero al pueblo de Ejutla, lo han enfermado -. Fue lo poquito que dijo don Pancho. No quiso decir nada más.
La respuesta completa llegó tres días después: El pueblo de Ejutla fue tomado por asalto, por obra del general Díaz. Las monjas tuvieron que huir a los montes cercanos. Uno de los sacerdotes no pudo escapar y lo ahorcaron en el mango de la plaza. La demás gente huyó al monte, las casas del pueblo fueron saqueadas.
Los pocos ancianos que se quedaron por no poder caminar, fueron maltratados, ultrajados y les quitaron todo lo que tenían.
[Continuará…]




