Don Pancho (cuento) / III

Don Pancho (cuento) / III

Gabriel Michel Padilla

Tercera parte:

La muy venerable y reverenciada madre, María de los Remedios Gil, murió mientras trataba de recuperarse con las medicinas de don Pancho, porque las monjas tuvieron que sacarla en una parihuela mientras la turba militar la golpeaba gritando “arre mula”, al tiempo que la torturaban con un aguijón.

Por eso dijo don Pancho que el pueblo de Ejutla se había enfermado. El ejército cristero disfrutó un día de alegre asueto, mientras los federales

se dirigían a vengar la afrenta de su provocación. Los levantados cristeros abandonaron el recinto sagrado del gran monasterio un día antes, dejando en total indefensión al pueblo y a sus hijas predilectas: sus venerables monjas.

Ese día, 28 de octubre de 1927, entregó su último aliento el padre Rodrigo Aguilar Alemán, colgado de una gruesa rama de mango, porque no alcanzó a escapar o, quizás, porque no quiso hacerlo

Don Pancho, por su parte, después de que los médicos de Autlán habían perdido casi toda su clientela por los servicios excelentes que brindó mientras estaba desterrado de su Ejutla, recibió un oficio del presidente municipal en que le decían que sus servicios como fisioterapeuta iban a ser desautorizados en un plazo perentorio de un mes.

Don Pancho, sin el menor dejo de inquietud, les contestó que en primer lugar ofrecía disculpas, a quienes, sin tener él la menor intención de afectarlos, resultaron afectados; que, a pesar de no entender por qué razón le prohibían ejercer un oficio que trajo salud a mucha gente, con gusto aceptaba la orden; y que no era necesario el plazo de un mes.

El actuario, que le entregó el oficio, conocía de sobra las capacidades únicas que don Pancho tenía para desterrar enfermedades. Le pidió disculpas, pero aparte le agradeció lo que hizo por Autlán mientras estuvo desterrado ahí.

Pero le sugirió que aprovechara el plazo de un mes que le habían concedido y siguiera curando gente.

Don Pancho le contestó con mucha caridad que le agradecía sus palabras. Pero le hizo saber que la guerra ya había terminado y que ya era esperado mañana mismo en su Ejutla.

– A los únicos, a quienes nos les negaré la caridad de mis servicios, serán estos hermanos míos autlenses que ya están haciendo fila desde muy temprano.

– No les puedo negar mi caridad. Además han llegado antes de que usted me trajera la  notificación.

La salida del retorno a Ejutla fue muy de madrugada. Lupe y Chepa, las hijas mayores que ya eran estrellas en la ciudad de Autlán,  una como pianista y otra como maestra de mecanografía, con el ánimo triste y resignado, aceptaron dejar la ciudad. En cambio Luz que acababa de cumplir trece, y Chonita, la hermana más pequeña, celebraban su feliz retorno.

El pueblo de Ejutla salió a encontrar a don Pancho, junto con toda su fina familia. No faltaron los cohetes para la bienvenida, una banda de música mutilada por la huída de algunos integrantes, aportaron alegría a aquel retorno esperado. Los saxores fueron suplidos por la armonía de los trombones y aquello se escuchaba como si la banda estuviera completa.

El día del retorno, cada uno de los miembros de la familia comió en distintas casas, pues cada ciudadano de Ejutla quería tener el honor de que alguien de la familia de don Pancho se sentara con ellos a compartir el pan.

Don Abundio, un ciudadano ilustre del pueblo, que había sido comisionado oficialmente para recibir al ilustre médico y su familia, después de darle un abrazo, lo bendijo y pronunció unas palabras que se guardaron para siempre.

– “Ojalá que ser cristero significara ser como don Pancho. La fe estaría mejor defendida”.