Égloga IX
Gabriel Michel Padilla
Dos pastores van con rumbo a la ciudad, Lícidas y Meris. Meris carga cabritos para su nuevo amo. Ya le han quitado las tierras.
Virgilio está hablando de sí mismo. Después de Filipos, Augusto confiscó tierras para sus veteranos en Mantua, la tierra de Virgilio.
El diálogo comienza:
Lícidas:
Quo te, Moeri, pedes? An, quo via ducit in urbem?
¿A dónde, bueno Meris? ¿A la villa?
Meris:
¡Ay Lícidas! ¡Que tanto haya vivido
para ver lo que nunca recelamos,
que un extraño despótico hecho dueño
de nuestro pobre campo, nos increpe:
“¡Fuera, antiguos colonos! ¡Ya esto es mío!”
Pues todo así lo vuelca la fortuna,
en horamala estos cabritos llevo.
Lícidas:
Yo oí decir que, desde donde empieza
la colina a formar mansas vertientes
hasta el río y el linde de vetustas
tronchadas hayas, con sus versos todo
consiguió resguardar nuestro Menalcas.
Meris
Sí lo pudiste oír y así se dijo.
Mas cuando Marte irrumpe, el canto, Lícidas,
No logra más que un tímido revuelo
De caonias palomas ante el águila.
Y a no avisarme desde hecha encina
Por la izquierda la pródiga corneja,
que desistiese de reclamos nuevos,
ni tu Meris viviera ni aún Menalcas
Lícidas
“¡Títiro mientras vuelvo -iba diciendo-
(y vuelvo pronto) mis cabrillas pace,
Y pastadas abrévalas tú mismo.
Mas, Títiro, al llevarla abre el ojo
no azuces al cabrío que ya te embiste!
Meris
O la pieza inconclusa a honra de Varo:
“Varo, si tu piedad defiende a Mantua
del despojo fatal – ¡ay, triste Mantua,
por demás junta a la infeliz Cremona!
Cisnes han de ensalzarte hasta los astros.”
Lícidas
Así logren librarse tus enjambres
de los tejos de Córcega, así llenen
las ubres con el cítiso tus vacas,
si recuerdas de más, al punto dilo;
que a mí también hiciéronme poeta
las Musas: por mi canto en la alquería (caserío)
vate me llaman, mas no soy tan cándido,
con Vario o Cinna competir no puedo,
soy entre ellos como ánade entre cisnes.
Meris
¿Versos, Lícidas, quieres? Uno busco
que tengo en la memoria adormecido.
Oye. Son un primor: “Oh Galatea
¡vente! ¿Qué andas jugando con las olas?
Aquí purpúrea primavera vierte
mil flores en las márgenes del río;
aquí el álamo blanco alza sus frondas
sobre la gruta que la vid sombrea.
Óyeme y ven, y deja al mar insano
Desatarse en la playa.
Lícidas
¿Y esa música
Que en el silencio de una noche, a solas
te oí cantar? Quedóme la tonada;
¡Cómo los versos recordar quisiera!
Meris
“Dafnis, ¿por qué escudriñas en la altura
ortos de antiguos astros? Mira en cambio
cómo el astro de Dione surge airoso,
astro de César que a los campos brinda
rica mies, y en ribazos que el sol dora
los viñedos, espléndido enrojece.
Dafnis en paz injerta tus perales
y las cosechas cogerán tus nietos…”
Mas ¿quién no paga a la vejez tributo?
la memoria también… ¡Ay, no me olvido
qué días me pasaba de muchacho
de sol a sol cantando! Tanto verso
que supe ya olvidé…ya la voz misma
a Meris se le acaba: le miraron
los lobos los primeros…Mas, de vuelta,
a tu sabor te ha de cantar Menalcas.
Lícidas
De aquí queda a lo más medio camino:
la tumba de Bianor ya está a la vista.
Cantemos pues donde el ramaje podan
esos gañanes, Meris; tus cabritos
pon en el suelo aquí: de todos modos
a buen tiempo llegamos a la villa.
Y si temes quizá que se desate
la noche en aguacero, la jornada
hagámosla cantando: así se alivia,
y porque cantes, yo tu fardo llevo.
Meris
No, muchacho, es inútil: lo que importa
hacer ahora, hagamos bien; no insistas,
y a gusto cuando él vuelva cantaremos.
Desine plura, puer, et quod nunc instatagamus
carmina tum melius, cum venerit, ipse canemus.




