El beguinaje de Brujas
Yanuaria de Alba

Cuando hablo de “El beguinaje de Brujas” hago referencia a un grupo de mujeres que vivian independientes tanto económicamente, como socialmente y con un aporte interesante para la comunidad, esta es la perspectiva de una agrupación de mujeres con características especiales en la Europa medieval y de las cuales les interesará conocer.
“El movimiento de las beguinas seduce porque propone a las mujeres existir sin ser ni esposa, ni monja, libre de toda dominación masculina”. Réfine Pernoud.
Ya en el siglo XIII, las beguinas residían en el beguinaje principesco «Ten Wijngaarde». Allí vivían damas solteras que llevaban una vida bastante independiente y autosuficiente en una comunidad cerrada.
Rechazaban la corrupción y la falta de reconocimiento de los derechos de las mujeres, rehuían las órdenes de los hombres, que en aquella época eran los que regían todo lo relacionado con la política y la religión, espirituales, pero no eran religiosas, sin embargo si eran mujeres fieles a sí mismas; que interesante concepto de vida.
Pese a que las beguinas llevaban una vida piadosa y célibe, no seguían una norma de vida establecida de la Iglesia Católica Romana, no hacían voto de pobreza aunque si vivian humildemente y podían conservar sus propiedades y derechos.
Contaban con su propia organización, a manos de una supervisora, conocida como la ‘Grande Dame’, quien era elegida de forma democrática entre todas las mujeres que formaban la comunidad, vivían comúnmente en casas proporcionadas generalmente por la nobleza e incluso por la iglesia, debido a la gran labor de cuidados que realizaban en los entornos sociales.
Las mujeres que formaban parte de este modo de vida no tenían que pronunciar votos como hacen las monjas, ni debían comprometerse de por vida, sino que tenían que aceptar -durante el tiempo que estuvieran- vivir bajo la promesa de pobreza y castidad. Cualquier beguina que quisiese podía abandonar el grupo de forma inmediata y seguir con su vida.
Capacitadas intelectualmente, con conocimientos en ciencias, medicina, administración, comercio, poesía, literatura, música y cultura, cuidaban de los leprosos, de los infantes y los desprotegidos, se ayudaban económicamente de trabajos textiles y alimentos sembrados y cosechados por ellas mismas.
Se les asociaba con una esfera de realeza por el posible origen de los conocimientos que manejaban aunque también fueron refugio para mujeres sin recursos como las viudas o las esposas de hombres que luchaban en la guerra.
Debido a su gran auge e incidencia en la comunidad hubo un tiempo en el que fueron violentamente perseguidas, principalmente por su falta de sumisión a las altas esferas eclesiásticas lo que provocó su persecución, incluso algunas fueron quemadas vivas y otras condenadas por herejía.
Las beguinas llevaban una existencia tan independiente y más libre que las monjas de clausura, situación que a los líderes de la Iglesia de la época (varones) no les gustaba mucho, hasta que el papa Clemente V llegó a declarar herejes a las beguinas en 1311.
Eran vistas como un peligro porque intelectualmente eran superiores a gran parte de la población, además de dedicarse al cuidado de la gente más desfavorecida sin nada a cambio, eran humildes y sencillas lo que provocó en esas épocas de cambios con nuevas estructuras fueran un parteaguas para la forma de vida que se requería.
Las beguinas fueron mujeres cristianas laicas de la Europa medieval (siglos XII-XVI) que vivían en comunidades autónomas denominadas beguinajes, sin votos perpetuos ni clausura, dedicándose a la vida espiritual, el trabajo (especialmente textil) y el cuidado de los necesitados.
Ofrecían una alternativa de vida independiente, sin sometimiento masculino ni estructura jerárquica eclesiástica, se antoja verdad, es un sistema de vida que ahora podemos definir como colectivo, con una estructura muy particular y con una finalidad cultural y de aporte social.
Esto las convierte en figuras precursoras del feminismo, una forma de vida que se sostuvo durante aproximadamente un milenio.
En Brujas, las beguinas gozaban de la protección de la condesa Johanna de Constantinopla y en 1299 el rey francés Felipe el Hermoso tomó el beguinaje bajo su jurisdicción. De ahí el nombre de «Beguinaje principesco».
Los beguinajes de Brujas, Lovaina y otros lugares de Bélgica fueron reconocidas en 1998 por la UNESCO como Patrimonio Mundial por su valor histórico y arquitectónico.




