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El cuidado de las palabras

El cuidado de las palabras

Filosofando

Criterios

 

He hablado cuidando mis palabras”, fue una de las frases más resaltables del desafortunado discurso que pronunció el general Carlos Gaytán Ochoa ante sus colegas en el ya famoso desayuno. Para su mala pata y bajo las condiciones que se hayan dado, este discurso se coló, se filtró o fue intencionalmente hecho público. Por supuesto que los colegas que se dedican al análisis de lo que se dice y se hace en público, lo tomó por su cuenta e hizo cera y pabilo de la pieza. No podía haber sido de otra manera.

No hay necesidad de contextualizarlo, porque como dicen ahora los chavos ‘se volvió viral’ y todo mundo lo ubica. Hay por lo menos dos versiones base que lo difundieron. Una son las páginas del periódico Reforma; la otra, las del periódico La Jornada. De ambas publicaciones leemos una pieza idéntica, por lo que es de presumirse que sea una emisión de boletín, o una mano única que cuidó de darlo a la publicidad. Si hubiera variaciones de nota en ellas, los errores y defectos tan palmarios que contiene podrían atribuirse a descuidos de ambas casas editoriales. Pero se puede presumir que sea la versión original y en eso nos basaremos para darle su repasada.

Casi todos los analistas se concentran y refieren o bien al contenido del mensaje, cifrado o alegórico, o a la personalidad del orador. De acuerdo a los datos del expediente de este señor militar, se desprende que no es un improvisado ni un segundón en el medio castrense. Más bien al contrario. A punto estuvo de ocupar la plaza de la secretaría de la Sedena, que viene siendo el cargo más importante de la carrera de las armas. Fue jefe del estado mayor de esta secretaría y otros puestos de relumbrón. Sus títulos, obtenidos al interior del instituto armado, revelan también un desempeño alto y consolidado. Finalmente se jubiló, porque a todos nos llega hacer un alto en la vida activa, por mucho que se vuele tan alto como los aviones o los papalotes.

O sea que no se estaría ante un militar desaprensivo o imberbe, sino ante un señor con toda la barba, para continuar con el sentido del refrán. Y, claro, avalado en su pasado, se tomó la libertad de espetarle al grupo reunido en dicho desayuno, que no estaba improvisando; que su discurso podría tomarse como duro, como crítico, como desbozalado ante el poder máximo diríamos, pero que había razonado y reflexionado lo suficiente lo que quiso decir y dijo.

Eso leemos, porque así apareció escrito de forma expresa. Habría que considerar también la posibilidad de que uno o varios amanuenses le hubiesen elaborado el discurso o le dieran el toque final. Porque también esto se estila en nuestro medio y los señores militares no escapan de tal costumbre. Pero así le hayan elaborado el discurso, él lo firma y no podemos atribuirlo a otra mano. ‘Cuido mis palabras’, es lo mismo que decir que se responsabiliza hasta de las comas y los dedazos que en él aparezcan.

Siendo así las cosas, dejemos de lado el tono oracular y vago con que lanzó su arenga. Ese tono entre amenazante y premonitorio que salta a la primera lectura es preocupante, sí, porque proviene de un miembro del brazo armado del país, de quienes traen en sus manos las armas nacionales y que utilizan la violencia de forma legítima. Ellos son los titulares de lo que la teoría política llama el uso legítimo de la fuerza, monopolizada en una instancia estatal.

Ciertamente Platón ya nos advirtió en su libro de la República cuál es el papel, dentro del rebaño humano, que han de desempeñar los pastores y cuál el de los perros guardianes. Habrá que tener entrenados y poderosos a tales guardianes, pero para que defiendan al rebaño no para que terminen devorando a quienes cuidan. Esta tarea colectiva nunca debe ser perdida de vista. De manera que cuando un miembro de nuestras milicias se expresa de forma tan equívoca y conminante en negativo, hay que ponerlo bajo reflectores. A él y a todos los que coincidan en apreciaciones con él. No está de más nunca la precaución salutífera. Tantos golpes de estado habidos en el mundo son enseñanza, al parecer, no suficientemente aprendida.

En la forma descuidada de redactar, encontramos también señales preocupantes y de aviso. No pareciera provenir de un fondo bien ilustrado y disciplinado, que a todos nos obliga cuando nos dirigimos a los demás. La buena sintaxis y la claridad del discurso son virtudes a cultivar. Quien descuida este cultivo da señales claras de indolencia o de insensibilidad, por lo menos.

¿Cómo entonces entender que aparezcan burdos errores hasta ortográficos en dicha pieza? La muy alta responsabilidad de mantener coesionado al país. ¿Coesionado o cohesionado? Pero hay otros dedazos. Por ejemplo, escribe el apellido de Juan Jacobo Rousseau con una sola s. Cierto que es un nombre extranjero, pero es de elemental ilustración manejarse en este campo, no por lujo sino como resultado del trabajo escolar bien trajinado. Lo peor es que lo haga de nacionalidad francesa, cuando todo escolar aprende desde el principio que era de Ginebra y que esta ciudad está ubicada en Suiza. Ergo.

Más grave resulta, a los ojos de este redactor, encontrarse con frases en las que el sujeto es singular y su verbo correspondiente aparece en plural. Y no ocurre en una sola ocasión, sino en varias. Cada uno de los aquí presentes, fuimos formados con valores axiológicos sólidos… ¿Cada uno fuimos? Otro: más de uno quisiéramos soluciones mágicas. ¿Más de uno quisiéramos? No, pues así, sí. Menos mal que habló cuidando sus palabras. Que si no…

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