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El discreto encanto del poder

El discreto encanto del poder

El discreto encanto del poder

Juan M. Negrete

En el artículo anterior de esta columna nos entretuvimos en señalar, como atractivo clave en la disputa por los puestos de representación popular, la opción de meter las manos a las arcas públicas y de que se peguen algunas monedas en el trasiego. En muchos casos no se pega sólo el polvito del oro sino que pierden hasta pepitas finas. Verdaderos lingotes de peso pasan a su dominio, libres de polvo y paja. Claro está que ya en posesión de buenas fortunas, los personajes autofavorecidos con estas suertes se convierten en magnates, en individuos poderosos ante los que hay que inclinarse y pidiéndoles permiso para toda acción futura. Podrían armarse buenas listas de tan conspicuos personajes. Pero vayamos a otra cosa. No nos desviemos a revisar casos concretos, pues es inventario interminable.

Esa insaciable sed de tesoros pervierte hasta al más pintado. Nuestros viejos retrataron en sus inacabables refranes tal deformación: en arca abierta hasta el más justo peca, decían. No se sacaron la figura de la manga. Vieron cómo se modifica la personalidad de quienes abrevan en las fuentes del dinero público y lo plasmaron en sus dichos. Cuando se deforma lo que les llevó ahí, que se supone haber sido la vocación de servicio, Se vuelven pillos de tomo y lomo de quienes, aparte, hay que cuidarse. No resultó tan complicado a nuestros abuelos ponerles en solfa refranera. No se trata empero tan sólo de dibujarles con exactitud, sino de impedir que se sigan reproduciendo sus malos modos. Se trata de acabar ya con tan malas mañas.

A la insaciable sed del oro, que no es fácil de mitigar, se opuso como virtud ciudadana la idea de construir la fortuna propia a partir de la acumulación derivada del propio esfuerzo, de las propias capacidades. Se piensa que una fortuna así obtenida sería una riqueza bien habida, por haber sido amasada con el sudor de la frente. A este formato se le bendice en todos los foros. Es figura que tomó como exclusiva la llamada iniciativa privada y nos la hace transitar como virtud ciudadana. Nuestros ricardos nos la tienen endilgando en cuando discurso les viene a cuento. Individuo esforzado = empresario; empresario = ciudadano probo, por antonomasia.. Empresario pues, sinónimo de agente honesto de producción, de personalidad irreprochable y necesaria, para que funcione el cuerpo social. En ese garlito declamatorio caímos y no vemos todavía la forma de salir del hoyo.

Tenemos demasiados ejemplos vivos de que estos irreprochables varones de empresa no lo son tanto. Dicen los enterados que atrás de toda fortuna hay toda una historia de crímenes y trapacerías. Ya han trabajado estos siniestros túneles de la historia humana muy buenos analistas, a los que habrá que desempolvar para enterarnos, aunque tengan fama disminuida. Basta con referir ahora los trabajos por ejemplo de Carlos Marx y de Federico Engels, que le metieron en serio el bisturí a los hígados del modelo capitalista de acumulación, para darnos clara idea de lo que se fabrica en todas estas consejas con que se nos mueve a diario el tapete de las discusiones en torno al destino de nuestras comunas.

Si nadie permanece impoluto en esta cosa de los dineros, sean públicos o privados, hemos de abrir entonces muy bien los ojos y tomar decisiones eficientes cuando tengamos que poner el cuero a remojar. No se trata tan sólo de atarle las manos a quienes no se las amarraron de chiquitos, cuando veamos que ingresan al servicio público. Como no van a poder refrenar sus ansias de novilleros ni los que ya llegan con finta de rateros, sino tampoco los que van encriptados con el rostro de la magnífica, conviene entonces meter más frenos, para ahorrarnos descomposturas sociales.

Proponíamos tan sólo que no se pagaran retribuciones al trabajo público, como sabemos que se hace en Suiza. Pero como sería más o menos complicado que una medida radical de este tipo se implantara entre nosotros, la cambiamos por una en la que sólo llegue al bolsillo de los funcionarios el emolumento del salario mínimo, para que vean lo que se siente. No sería ninguna tragedia eso de ponerlos a pan y agua. Con los cinco mil pesos que ganarían cuando mucho (visto como retribución constitucional), nuestros mandatarios (en su sentido estricto de mandaderos), se darían cuenta de que hay topes salariales indecentes que no alcanzan; que sirven para maldito el cálculo; que vale más morir que quedar en el intento; que cómo le harán realmente los pobres de la tierra para salir adelante y muchas más proezas que nos flagelan cada día.

Veríamos cómo recula en serio la turba de aspirantes de tantos partidos en la refriega electoral. De golpe, o casi como por encanto, sólo saltarían a la arena unos cuantos candiditos, acompañados de quienes realmente tienen algo qué ofrecer y que van dispuestos a emprender trabajos colectivos, para el beneficio de la comuna, que también los hay. No habrá que ser tan negativos en nuestras prospectivas. Pero sola esta medida tal vez no inhiba a tanto suspirante de los dineros fáciles. Habría que meter pues un segundo candado necesario. Sería el de acabar con la inmunidad de los puestos públicos. Que el manto del fuero les quede lejos, fuera del alcance de quienes desempeñan tareas públicas. No dinero y no fueros, y ya veríamos si aun así se nos cuelan al corralito tantos pájaros de cuenta como tenemos que lidiar en cada escenario del país. Pero esta propuesta segunda da para mucho recorte de análisis y ya se nos acabó el espacio. Lo dejamos vivo pues para la siguiente entrega.

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