Juan M. Negrete

02 de julio de 2022.- Resulta complicado controlar los contenidos de los discursos que pronunciamos. Emitimos mensajes, buscamos comunicarnos con otros. Cuando encontramos gente educada y razonable, en este intercambio se consigue armar diálogos y hasta llegar a acuerdos. Pero no siempre ocurre así.

Por los días que corren se le han parapetado hasta extrañamientos públicos a AMLO por el uso del adjetivo hitleriano, calificando a su crítico el publicista Carlos Alazraki. Sería un pasaje irrelevante, pues el crítico está en todo su derecho de cuestionar a Obrador, sus acciones y discursos. El mismo derecho que le asiste a éste para retobarle su crítica. Es parte del ejercicio de la libertad de expresión y del derecho de réplica. No estamos poniendo aquí, sobre este tapete particular, la validez de sus juicios sino tan sólo el derecho de la emisión de sus puntos de vista. Pero nada menos también.

Fabrizio Mejía Madrid le da una repasada al asunto (La Jornada, Hitleriano, 2/VII/2022). Refiere como desafortunado, o tal vez más bien parcial, el comunicado que emitió el comité central de la comunidad judía en México el día 29 de junio pasado. Sostiene dicha publicación que “toda comparación con el régimen más sanguinario de la historia es lamentable e inaceptable”.  En un fondo medio inconsciente o velado, la comunidad judía hace suponer con su dicho quizás que el fenómeno del nazismo les pertenece en propiedad exclusiva, con todas las secuelas que una afirmación de esta naturaleza implicara. Habría que verlo con más detalle. Pero sigamos adelante.

En dicho artículo el autor rememora, de pasadita nada más, la insistencia de las paradas que se hicieron desde el PAN en campañas presidenciales anteriores para embijar a Obrador asemejándolo a este personaje; también trae al retortero la infeliz comparación que hizo el analista Javier Sicilia en la revista Proceso en los mismos términos. Obrador y Hitler venían resultando un fenómeno idéntico, según ellos. El reproche a la comunidad judía va en el sentido de no haber cuestionado el empleo de esta comparación cuando se le aplicó a Obrador, pero sí brincan ahora que AMLO se lo embona a Alazraki. Como que resulta atinado o desafortunado el empleo de tales analogías, según la fuente que las emita. ¿O cómo y cuándo darles beligerancia?

Aquí se ve que en tales pasajes, como dicen los políticos o los deportistas, no hay piso parejo. Se impone emparejar los cartones, siempre. Porque en los certámenes es condición indispensable y fundamental la simetría y la equidad, para obtener un resultado justo de la competencia. Las ventajas otorgadas a uno u otro partido descomponen el cuadro. Así, no tiene caso continuar adelante. Fue lo que siempre le criticamos al PRI a lo largo de su historia, cuando nos resultó simplemente y siempre invicto. Ni siquiera le entraban las balas. Hasta que nos dimos cuenta de que era el partido del estado y contra eso resultaban inútiles todos los esfuerzos ciudadanos por enfrentarlo con ánimo de vencerlo. Hasta que lo tiramos de su pedestal, lo cual es ya un pasado histórico más que conocido para reiterarlo ahora.,

En las mismas páginas del diario mencionado antes (La Jornada, 29/junio/2022: ¿Y Lutero por qué?) el analista Carlos Martínez García pone su lupa crítica en torno a una expresión popular, bien asentada entre nuestras figuras comparativas. En muchas ocasiones lo escuchamos decir y hasta lo pronunciamos todos tal cual: Poner la iglesia en manos de Lutero. Y nos quedamos tan campantes, orondos por haber citado un refrán o por haber asentado una comparación atinada.

El analista señala como un símil desatinado la crítica que realizó Verónica Malo Guzmán en el medio digital sdpnoticias, cuando buscó descalificar el nombramiento que se hizo de Clara Luz Flores Carrales como secretaria ejecutiva del sistema nacional de Seguridad Pública. El nombramiento proviene, como debe ser, del titular del poder ejecutivo federal (léase AMLO). La periodista tituló su análisis justo con esta figura ya retórica, conocida de medio mundo: poner la iglesia en manos de Lutero.

¿Qué se quiere figurar con esta expresión? Nada más y nada menos que una visión extendida por la comunidad católica, que imbrica prácticamente a toda la cultura occidental. El reformador protestante, alemán por más señas, era un fraile agustino. Terminó separando amplias regiones de su área de influencia de los controles que ejercía el poder vaticano sobre ellas. Para el papado romano, la rebeldía de Lutero vino a ser una traición, una infidencia, de las que no se consigue perdón. ¿Cómo un miembro hasta favorito de la corona termina siéndole infiel, y no sólo de palabra, al monarca mismo y hasta encabeza la separación de los creyentes que le hacen caso?

Estamos parados ante un mismo fenómeno semántico. Los significados contenidos en nuestras expresiones populares pueden y deben ser revisados con precisión, para evitar andar profiriendo mentiras. Pero cuando su uso generalizado ya los consagró, así sean falaces, parciales y hasta cargados de mendacidad, ¿qué se puede hacer con ello? El lenguaje tiene su propia dinámica y sí es plausible el esfuerzo por mantener los discursos apegados a la verdad objetiva. Pero cuando se nos van de control, es muy complicado revertirlo. Se recomienda pues mantener siempre los ojos abiertos, pues al mejor cocinero se le va un tomate entero. Gracias.

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