El enclenque estado nacional
Juan M. Negrete
Cuando abríamos los ojos al complicado mundo de la política, los chavos ilusos de la generación del 68, por llamarle de alguna manera, escuchábamos a los próceres catedráticos de la UdeG que pontificaban a nuestra atención con los retratos, variables e instituciones, que tenían que ver con la identificación del estado-nación. A diferencia de otras temáticas, con ésta nos capturaban a todos y nos sumergían en este complejo pantano que compone las entidades de la superestructura.
Una de las lecciones, a la que podríamos ajustar hasta como dogmática, no señalaba tres elementos fundamentales para tal identificación. Decía que al estado lo componían tres instancias que no podían faltar y que se entrelazaban entre sí, armando con ello un nudo gordiano: un territorio bien definido, la población que habitara dicho territorio y una ley fundamental con la que se regía y conducía dicha población.
Con los años, leyendo y releyendo a teóricos avezados a estas tareas, se impuso a esta explicación la inclusión de un cuarto elemento como indispensable en dicha presencia estatal: la emisión o acuñamiento de divisas propias. Está de más buscarle tres pies a este gato mágico que son los países o naciones. Se entiende que a la gran mayoría de la población le resultan entidades inconfundibles.
Es de suponerse que para la gran mayoría de la población resulta propio todo discurso positivo en torno a la entidad nacional a la que pertenece, por nacimiento o por adopción. Por tales canales discurren sus inducciones y deducciones por la materia. Acude a las intancias aceptadas como autoridad; paga los impuestos que se le tasan y buscará que la protección que brinde tal estado le cobije si no en todas sus necesidades, sí al menos en la gran mayoría de ellas.
Ya metidos en la dinámica de tales interrelaciones, los discursos cotidianos nos ilutran a todos en torno a la existencia de cerca de dos centenares de países en el planeta. Les llamamos de manera común naciones, países o estados e identificamos las variables que ostentan entre sí en el tinglado colectivo mundial. Como diría nuestro ranchero saleroso: cada una es cada una y tiene sus cadaunadas. Así andamos.
Pero lo que ya no nos resulta tan manejable viene a ser el asunto de su pervivencia. Algunas aparecen como nuevas, otras desaparecen. Y tal dinámica no nos es del todo clara. Por ejemplo, en la infancia y en la primera juventud de este tecleador, conocíamos todos un enorme país al que se le denominaba Unión Soviética. Se abreviaba su nombre con las siglas oficiales de su nombre completo: URSS. Y sabíamos que significaba: Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. No había más misterios. En el centro de Europa había por aquellos mismos días dos entidades estatales que luego vinieron a difuminarse en varios espacios diferenciados. Una era Checoeslovaquia y la otra, Yugoeslavia.
Del enorme tapete geográfico que componía la URSS, se habla ahora de como diecisiete países distintos. Ya no son tan nuevos, pero no nos ha resultado tan fácil memorizarlos. Lo mismo pasa con el tapete geográfico de lo que fueron Checoeslavaquia y Yugoeslavia. Se separaron entre sí y ahora componen un tinglado de seis o siete países nuevos cada una. Al proceso de este desmembramiento se le denominó balcanización, porque la vieja unión eslava (que eso quería decir Yugoeslavia) se ubicaba en la zona de los tales Balcanes.
Un vocablo también ajustado a estas entidades viene a ser el de pueblo. Pero la delimitación de su significado complica más que aclarar tal presencia. Si nos apegamos a la realidad de nuestra propia nación mexicana, al referirnos a los pueblos, nos tenemos que remontar o aplicarlo más que nada a los originarios. Y de éstos, en nuestro territorio, tenemos la presencia de unos sesenta. ¿Cómo utilizar este vocablo para otorgarle una identidad única o contenido solitario? Si hay sesenta de ellos, su presencia nos obliga a hacer distingos. Pero pasamos por encima de esta indefinición. Es más, nada más registremos que en los planos discursos politicos, la confusión de su contenido es pan del día.
A la hora de ajustar la interrelación de las naciones entre sí, vemos que la confusión no se difumina con nada. Aquí habría que establecer todos los distingos que provengan de las invasiones, de las colonizaciones, de las expansiones y despojos sufridos entre unos y otros. Los mexicanos conocemos de cerca y bien, o al menos eso se deduce de nuestros discursos cotidianos, el despojo que sufrimos de la mitad de nuestro territorio norteño por los primos güeros. Pero en el resto del mundo se dio y se da este fenómeno como cosa común.
Los repartos que se hicieron del mundo las potencias triunfadoras de la segunda guerra mundial obligó a redibujar los territorios, con los que se identificaban los viejos países. Dejaron a varios en disputa, para implantar el dominio de uno nada más, como Alemania, Corea, Viet Nam y otras. De ahí se alimentaba la disputa de la guerra fría tan famosa. Su víctima clave era eso que habíamos identificado ingenuamente como estado-nación soberano. Todo eran esos terrenos en disputa, menos soberanos. Y así podríamos seguirle buscando puntos oscuros.
De ahí que surgieran entre medio tantas instancias supranacionales, como el G-7, la UE, la OTAN, la ONU, que vino a suplir a una vieja Sociedad de Naciones, desplumada por los intereses de los ganones de los conflictos. Ya no le tiraban ni un quinto, como lo están haciendo los poderosos actuales con la misma ONU. Tampoco respetan a sus propias creaciones colaterales, levantadas para facilitar la tarea de la tal ONU. La referencia es al FMI, Banco Mundial y hasta al propio Wall Street. ¿Cuál es el contenido real del concepto de estado-nación? ¿Es una mera entelequia heurística?




