El estado nacional mexicano
Juan M. Negrete
Lo que nuestra generación vino a conocer, e identifica como estado mexicano, ha cruzado distintas etapas a lo largo del último medio milenio. Una visión simplista o a-histórica, que es la que prevalece en la información popular, la reduce a dos etapas nada más: la primera, el período colonial que duró tres siglos y la segunda, los dos siglos siguientes, que llevamos desarrollando y en la cual nos encontramos. Pero no es tan sencillo el cuadro. Demos un vistazo somero para puntualizar las diferencias que han existido y que ahora se presentan en la disputa actual por la sobrevivencia de la nación-estado en el mundo.
Está claro que cuando los peninsulares ibéricos llegaron al continente americano, de inmediato nos incorporaron al gran estado español. Los ibéricos vivían en Europa serias diferencias con sus vecinos. Estas diferencias les mantenían en un estado permanente de conflicto bélico. Ya planteamos antes que alcanzaron un convenio final con su famosa paz de Westfalia, en 1636. De esta provino el modelo latino de estado moderno. Más adelante se construyó el modelo estatal sajón. Era obvio que las tales diferencias generarían conflictos a fondo. Es lo que vino.
Los espacios que controlaban, tanto España como Portugal, implantaron aquí pues el modelo latino. No había aún presencia sajona en el continente americano, aunque no tardó en llegar aquí con la colonización de las famosas trece colonias del norte de nuestro continente, de las que arrancó lo que es ahora Estados Unidos. Quedémonos con la información prima de que en lo que ahora es América Latina había sido integrada al gran estado español y pasemos adelante.
Hay un pasaje interesante en la evolución de lo que ahora somos, México, que habrá de registrarse como una rareza histórica: la creación del patronato guadalupano en 1747. En 1924, el jesuita Bernardo Bergöend sostuvo la tesis de que la nación mexicana terminó de ser constituida el 12 de diciembre de 1747, con la jura nacional del patronato de la guadalupana en la Nueva España. Vendría siendo una especie de actualización del gran estado español en nuestras tierras, ya con la inclusión de variables mexicanas muy propias. Tiene sus bemoles esta tesis, pero nos distraemos si le entramos. Así que sigamos adelante.
En 1783, don Pedro Pablo Abarca de Bolea, mejor conocido en la historia como ‘El conde de Aranda’, logró su más sonado éxito con el tratado de paz con Inglaterra. Este acuerdo puso fin a la guerra de independencia de los Estados Unidos. Gracias a él, España consiguió la devolución de Menorca, de las dos Floridas, la oriental y la occidental, así como parte de las costas de Nicaragua, Honduras, Campeche y la colonia de Providencia. A cambio de ello, España reconoció la soberanía inglesa en las Bahamas.
Luego, este distinguido personaje envió una propuesta a Carlos III, para que la corona española pudiera conservar sus dominios de ultramar. Sugirió la constitución de cuatro regiones en las que podría desarrollarse un modelo estatal vinculado y unitario. Un reino unido, como el británico. Propuso dividir las posesiones americanas en tres regiones y otorgarles autonomía necesaria, la suficiente para que fuera posible la unión. Una tendría su centro en México, la segundo en Perú y la tercera en la Costa Firme, lo que era Nueva Granada, hoy Colombia.
Le propuso al rey enviar tres infantes para dirigir esos reinos y que conservara él la corona imperial en España, manteniendo Cuba y Puerto Rico como escala para sus desplazamientos; deshacerse de las demás posesiones, manteniéndolas integradas a cualquiera las tres regiones antedichas, no sueltas al garete. La ciudad de México sería la capital de la primera región. Le proponía al rey montar un intercambio mercantil entre estas nuevas regiones, que no existía; incorporar en ese tráfico a Francia y excluir de él a Inglaterra. El rey Carlos III no le hizo caso.
Como resultado de su miopía, con los años sufrimos en México el desmantelamiento de lo que España había conseguido armar en tres siglos de expansión colonial y luego la pérdida del control de los territorios que manejaba, que pasaron al control político y comercial del modelo sajón. Fue el origen de la expansión gringa a nuestras costillas. Esto sí nos es mejor conocido, aunque nunca bien explicado.
Volvamos a las figuras del manejo histórico que prevalece en nuestras consejas populares y que difunden nuestras autoridades educativas. Primero habría que decir que, cuando vino el triunfo de la bandera insurgente, éstos tomaron el modelo latino, para construir la nueva nación independizada. Se dieron dos o tres momentos incómodos que obstaculizaron la construcción de este nuevo estado: el efímero imperio de Iturbide, la república centralista o monarquista promovida por los conservadores y luego el imperio de Maximiliano. Pero como haya sido, nuestros liberales lograron imponerse y suplieron al viejo modelo latino, que nunca prendió, por el sajón. Del triunfo liberal nos vino la instauración del capitalismo entre nosotros.
Fue tan descarado y excesivo en su rapiña ese primer ensayo liberal ya nuestro, que la población se hartó de ello y estalló con furia la revolución mexicana del 1910 al 1917. El final de este conflicto implantó para nuestra economía un estado de bienestar, que viene a ser la variante keynesiana del capitalismo o economía mixta. Su logro, que no deja de ser festinado en todos los foros, es el pacto social mexicano. Nos duró hasta 1982, cuando regresó a nuestros lares el capitalismo salvaje, ahora muy mentado como neoliberalismo.
Este famoso pacto social mexicano es muy importante en nuestra historia reciente y nos obliga a detener nuestra mirada, paciente y escrutadora, en sus muy finos detalles. Es lo que nos entretendrá en la siguiente entrega y esperamos poder cumplir como se debe lo prometido. En esto quedamos.
