El humor de Simona (cuento) / II
Mel Toro
Segunda parte:
No tiene urgencia alguna Chuy por ingerir el vaso del agua fresca pedido. Por el contrario, le resulta excelente pretexto para dejar rodar el tiempo y que se le aparezcan sus buenos amigos. Está seguro que llegarán, porque a todos ellos les gusta fajarse las novedades de los desfiles, en los que se vuelca la inventiva de los profes por el vestuario que portarán; las suertes de calistecnia que ejecutarán y sobre todo los malabares a presumir. Es desfile deportivo. Lo que más les agrada a participantes y espectadores es la presunción de habilidades y adelantos.
Los desfiles deportivos difieren del resto. En los demás se resalta más bien el espíritu cívico, la rigidez militar de los desplazamientos y sus marchas, la musicalidad de las bandas y su apego a los redobles. Los protagonizan más bien el ayuntamiento y los poderes municipales. Quienes se llevan la palma general son los conscriptos. Como están recibiendo instrucción militar, pronto cobra presencia en ellos y en sus paradas la calidad de esas clases que reciben de la milicia. Pero en los desfiles deportivos, como en el de hoy, bullen más bien la espontaneidad y las iniciativas de los más creciditos de las escuelas. Son los capullos que abren y regalan su frescura a la comunidad.
Mal le ha dado dos tragos a su vaso, cuando aparece Pepe Quintero, el primero. Sabía Chuy que no faltaría y le ha cumplido el deseo, aunque no se hayan puesto de acuerdo. No viene solo. Trae consigo a su novia Toñita, tan hermosa como un capullo. Tras él, como si se hubieran puesto de acuerdo, llega Gilillo Torreros, hijo del carnicero que tiene su obrador en la esquina del portal.
Armada la tercia, el Chuy le pide a Gil que se vaya a la tienda de los almacenes de al lado a invitar al Chepe, por si le puede robar un espacio a su papá. Que se venga a chacotear con ellos, es la intención.
_ Mejor ve tú mismo por él – le retoba Gil -. A mí me va a mandar al cuerno su papá. Pero contigo sí creo que le dé permiso.
Chuy juzga atinada la observación del Gilillo, a la que Quintero asiente con silencioso movimiento afirmativo de la cabeza. Se levanta del asiento y se dirige a paso lento hasta los cajones en los que el abarrotero despacha frijol, maíz y garbanzo a su numerosa clientela. Esta vez la fila de compradores no es tan larga. Tal vez se deba a que la concurrencia abarrota más bien el filo de los portales, para degustar el espectáculo del desfile que ya llega a su destino final. El Chuy, sin violentar el cuadro, aborda al papá del Chepe, para ser reconocido:
_ ¿A cómo la papa, papá? -. Es coletilla familiar con la que el dueño de los almacenes le reconoce de inmediato. Interpreta el giro con su sentido de fondo, que encierra la pista de preguntarle por su hijo José.
_ Allá está adentro. Pásate. Ya sabes que él coordina a las dependientas. Ahora no hay tanta gente. Llévatelo un rato. Me imagino que quieres que te acompañe a ver el final del desfile.
_ Así es, tío. Gracias.
Chuy le devuelve la deferencia con una sonrisa que ilumina el portal. Se mete al interior de los almacenes y un minuto después sale abrazado de hombros con su gran amigo el Chepe, a quien se lleva gozoso a integrar a la chorcha en la mesa de la refresqueria de con Dimas.
A la chorcha se ha sumado, mientras se fue a buscar al Chepe, Pedro Guerrero, el buen muelón. El número ya es suficiente para irse a echar raspa e integrarse a la fila delantera, a contemplar el cierre del desfile. El tumulto de mirones se ha venido formando y ocupando el lugar señalado por los organizadores, para que escuchen con atención los discursos del cierre de la movilización.
[Continuará…]
