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El lento avance a la libertad y a la salud social

El lento avance a la libertad y a la salud social

El lento avance a la libertad y a la salud social

 

Lograr una sociedad libre y sana, ambición de cualquier individuo, es un propósito de alta dificultad, a lo que se le invierte enorme esfuerzo y considerable tiempo. Es indiscutible que para lograr una convivencia de alto valor, es necesario el cambio de paradigmas culturales, lo que debe desembocar en conceptos como la tolerancia y la solidaridad con los demás. En este proceso va implícito primero un cambio de actitud, para consecuentemente llegar al cambio de conducta.

Superar etapas históricas no es cuestión sencilla para ninguna comunidad, los cambios generan ansiedad,  inseguridad y resistencia, aun cuando se tenga conciencia que serán benéficos. Nuestra sociedad carga dos tradiciones convertidas en pilares culturales, negativas ambas. El afán de acumular riqueza por un lado,  por otro la paternalista. La primera heredada del mundo que nos conquistó, la segunda procreada por un sistema de partido dominante, en el que a través de dádivas mantenía el control de la sociedad.

Otro enfoque sería la lucha dialéctica entre los intereses individual y colectivo. Tanto la búsqueda de mejora personal como la social se enfrentan constantemente, generando tensión y rompimiento en no pocos casos. En paralelo camina la búsqueda inconsciente del equilibrio entre ambas posiciones, como valor social inmanente.

Podemos caracterizar los fenómenos como comunes, antes que conductas particulares de determinada comunidad. Por ejemplo hemos visto grandes avances en la democracia en España al rebasar periodos ignominiosos de dominio dictatorial, para luego entrar en etapas regresivas, en que los mismos partidos que lograron los avances se convierten en lastre. Así los partidos, que no todos sus líderes que avanzaron en la lucha democrática, acabaron pervirtiendo partidos y gobierno, hundiéndolos en la corrupción, como los casos del Partido Socialista Obrero Español y el Partido Popular, que al arribar los cuadros de segundo nivel, destrozaron los avances de sus antecesores.

La explicación que cabe, es que el proceso de consolidación de la democracia corre por vías sinuosas y en algunos casos regresivas. Que podemos decir si en otras democracias como la norteamericana, necesarios referentes de civilidad, tienen retrocesos inexplicables. Gobernantes electos mediante el convencimiento social de la tolerancia y el respeto a las minorías, son sustituidos por agresivos personajes que regresan a estadios superados, de fuerte contenido racista y resentimiento social.

Para nuestro caso podríamos ubicar en dos géneros el origen de las actitudes y conductas regresivas sociales, la primera el afán de acumular riqueza a costa del entorno humano y de la naturaleza, que trae como consecuencia la utilización de los instrumentos al alcance, de manera recurrente las políticas y acciones públicas, mediante mecanismos de depredación.

El segundo se encuentra en una faceta particular, producto de cerca de un siglo de dominio político de un sistema. La práctica llevó a los gobiernos surgidos de la lucha violenta a repartir a todos los sectores y sus líderes, bienes públicos, evitando se convirtiesen en opositores. Esas prácticas condujeron a un sistema político paternalista, que derivó en un enfermizo asistencialismo y como consecuencia del clientelismo electoral. Vicios aun sin superar, innegable lastre de la tierna democracia.

Como subgénero aparece la simulación, derivada de la cultura religiosa caracterizada por un afán de mostrar públicamente una cara impecable, en tanto en la realidad se hace lo contrario. La condena evangélica de los sepulcros blanqueados nos recuerda la antigüedad de la práctica, que persiste en individuos y sociedades, más allá de las conductas religiosas.

La educación es potencialmente el punto de apoyo para modificar el círculo vicioso y convertirlo en virtuoso. En nuestro caso no lo hemos logrado no obstante el empeño social, porque debiendo ser el eje estratégico del cambio de paradigmas está atrapada en la corrupción y el paternalismo, además de cargar con sus propios lastres.

Además de la irritación que generan las prácticas viciadas, influyen en el deprimido estado de ánimo de la sociedad, los constantes retrocesos de los gobiernos. Sin caer en el extremo de buscar la utopía de que nos administren los más sabios, sería deseable que condujesen los destinos de la sociedad personas con un saludable equilibrio entre valores individuales y sociales. Por las experiencias vividas, podemos sentir que nos gobierna el lumpen. Una apreciación más exacta sería decir, que la pobreza moral de las personas se manifiesta en las acciones, cuando administran la cosa pública.

Sin exagerar, vemos acciones que bien pudiera haber descrito Víctor Hugo al hablar de los grupos marginados de su Corte de los Milagros, pululando en los entornos miserables de la Catedral de Nuestra Señora de París. Una sociedad que busca salir de la pobreza moral, dirigida por seres con ese nivel ético, no tiene posibilidad de mejorar su vida.

La calidad del individuo repercute en la mejora de la sociedad y por consecuencia en la convivencia social. Los hechos de quienes administran los bienes públicos que tanto nos irritan, son reflejo de una  visión distorsionada a pesar nuestro de una sociedad permeada por antivalores. Esto a su vez es consecuencia de un enfermizo deseo de acumulación de bienes. Explicación que nos lleva a entender el menosprecio por la naturaleza, como consecuencia del escaso valor que se concede al entorno y a  las personas con quienes se convive.

Quizá debiéramos insistir en que la acumulación de bienes y por consecuencia de poder, no resuelve la angustia existencial, antes bien, la solución está en la convivencia armoniosa, con los otros individuos y con la naturaleza.

 

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Acerca del autor

Andrés Gómez Rosales

Analista de temas sociales, políticos y culturales

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