EL MUNDO QUE CREO A RULFO

Apulco-Frausto 1987.

Amasado y construido con sedimento y estructura telúricos nació el narrador, las historias germinaron como semillas coloniales de rígido contenido religioso y humor sarcástico. Al tiempo que ese mundo crea al narrador le implanta las imágenes poéticas descarnadas como vivencias del Bajo Sur de Jalisco, el valle que abarca de Autlán a los volcanes, en un círculo de montañas cuyo emblema es la Sierra de Manantlán.
Los elementos que perfilan la identidad del Bajo Sur se mantienen desconocidos, los únicos estudios antropológicos son de poblaciones indígenas y los hizo Isabel Kelly en la primera mitad del siglo veinte, patrocinados por la norteamericana Universidad de California. En ellos estudió Kelly las tribus otomíes y nahuas.
Un factor determinante fue la evangelización de los franciscanos que pervive no sólo en la cultura sino también en los restos de templos y en imágenes religiosas que se adoran en las poblaciones, como la Virgen de La Asunción de Tonaya. Vírgenes construidas por los artesanos de Michoacán de pasta de caña de maíz. Los frailes ejercieron la catequización en todas las poblaciones y crearon conventos en Tuxcacuesco, Ejutla y Autlán, hasta que en 1797 el obispo Cabañas ejecuta Cédula Real que decreta la secularización de los curatos franciscanos.
En tanto los grandes personajes de Autlán del siglo diecinueve son conservadores, ilustrados y altruistas, los seminarios de Autlán y Ejutla ejercieron poderosa influencia en la guerra cristera, alimentada por sacerdotes egresados de este último y formados bajo la tutela de Francisco Amezcua. Participaron en ella en Zapotitlán, Tolimán, Tuxcacuesco, San Gabriel y Autlán, para considerar solamente de las parroquias. Las versiones locales hablan de sacerdotes sacrificados en Autlán, Ejutla, Toxin y Apulco.
Las distintas revueltas fueron destructoras de archivos eclesiales y civiles. Insurgentes, liberales, villistas y cristeros tuvieron como denominador común la depredación. Fueron bandoleros, violadores y destructores de vidas y patrimonios y por consecuencia destructores de la cultura y la riqueza de la región. La zona la arrasaron bandas disfrazadas de reformadores o revolucionarios con sus despiadadas huestes como Antonio Rojas, Simón Gutiérrez o Pedro Zamora. No es casual que ahí haya encontrado alojo y simpatía el líder del Cártel Jalisco y su tropa de delincuentes.
En entrevista con Luis Harss en la ciudad de México y publicada en “Los nuestros, Sudamericana, Buenos Aires, 1966”, dice Rulfo que apellida Vizcaíno por lo materno, y continúa diciendo que todos los Vizcaíno eran delincuentes, que era muy común entre esos hombres cambiarse el nombre, en lugar del patronímico se ponían el geográfico.
En su obra aparecen personajes con características de familiares identificables como sociópatas, tal es el caso de su tío abuelo Librado Vizcaíno y sus hijos, quienes eran los propietarios del mesón de Zapotlán, lugar en el que asesinaban a los arrieros para despojarlos de sus bienes para luego enterrarlos en el baldío colindante. Otro personaje no menos siniestro de la familia es Rodolfo Paz Vizcaíno, originario de Tonaya, hijo de la tía abuela de Rulfo Magdalena Vizcaíno, dueño de la playa Tenacatita del poblado El Rebalse, en el que mantenía a sus trabajadores en esclavitud y que sus ejecutores asesinaban cuando intentaban escapar. En el extremo de su conducta desquiciada el personaje pasaba del asesinato más atroz al arrobo en la oración religiosa. Los días finales, Rodolfo los pasó como sacristán en la iglesia de Santa Rita de Casia en la colonia Chapalita en Guadalajara. Paz Vizcaíno fue identificado por Agustín Yáñez como El Amarillo, cacique de la costa en su novela La Tierra Pródiga.
Un elemento recurrente en la obra de Rulfo es el incesto, se localiza con frecuencia en las sociedades cerradas, en las que es común la convivencia sexual entre familiares cercanos y el aislamiento vuelve a sus gentes hacía dentro de sus propias comunidades y el entorno familiar, factores a los que no podía ser insensible el escritor.
Para sus biógrafos los hechos que marcaron al autor fueron las vivencias de la infancia, la violencia y la muerte en que se vieron envueltas la región y su familia. Su traumatizada niñez lo acerca a personajes como Dickens, Chaplin y Edith Piaf. La fuerza de la narración y las desgarradoras historias se alimentan de la experiencia propia, origen también de la angustia, de la inseguridad y de depresiones solo tolerables con el alcohol.
Las influencias culturales las encontramos en representaciones de reminiscencia del teatro del Siglo de Oro Español, en solares adaptados a donde asistía fascinada la población. Por su parte las pastorelas heredadas de la evangelización se presentaban en los patios y corrales de las casas de los vecinos y eran motivo de alegría y esparcimiento popular con su natural contenido religioso, en las que aparecía sin esfuerzo la picaresca con personajes como La Pereza, El diablo y El Bartolo. En aquello se percibía un claro sabor manchego.
Compositores e intérpretes reconocidos surgieron de entre los músicos de la región, la influencia de la cultura local se evidencia en personajes de San Gabriel como Blas Galindo, Felipe Santana y el tenor José Mojica. Músicos cultos y populares reconocidos los hay también en Autlán, Tonaya, Ejutla, El Limón y El Grullo. A la vez que los estudiosos ubican en el poblado de Copala a Nabor Rosales, creador de sones jaliscienses de los siglos diecinueve y veinte.
Más allá del Nevado hacia el oriente en Zapotlán surgen músicos como José Rolón, Consuelo Velázquez y Rubén Fuentes. Sin olvidar que la mayoría de las poblaciones como Zapotiltic, Tamazula, Tuxpan, Pihuamo y Tecalitlán son conocidas por su rica veta musical. Tiene la música como origen seminarios, conventos e iglesias, en cuyo entorno se creaban grupos musicales para los oficios religiosos y las fiestas profanas. No es ajeno a esa poderosa influencia cultural el surgimiento de escritores como Juan José Arreola o pintores como José Clemente Orozco.
Otro fenómeno que influyó en el perfil de la región fue la paulatina desaparición de las comunidades indígenas que conoció San Buenaventura, el sobrino de Hernán Cortés en su paso por la región. Como fantasmas deambulan en las historias de Rulfo los indios de Apango que bajan al tianguis de la mitológica Comala de Pedro Paramo o en la geografía real de la sierra de Manantlán a los poblados del llano, a vender loza, fruta, manzanilla y tomillo.
Hermann Hesse sostiene que el espacio creador se encuentra en el subconsciente del individuo, lo que nos induce a pensar que en los recuerdos olvidados del consciente está la veta creadora, José Gorostiza por su parte afirma que la belleza del arte nos permite evadirnos de la realidad que nos lastima. Esos razonamientos nos acercan al secreto de Rulfo, quien al intentar superar un mundo de experiencias traumáticas en especial de la niñez, producto del brutal criollismo regional con clara dosis de sadismo, lo sublimó hasta convertirlo en obra de arte.
Como en los países conquistadores, la violencia y la marginación convivían paralelas en El Bajo Sur con la cultura musical y literaria. El resultado de esa contradicción produjo creadores como Juan Rulfo, que tuvieron el lenguaje como paleta y las vivencias como motivo de la tela magistral.
Bibliografía:
Ascencio, Juan. Un extraño en la tierra. Biografía no autorizada de Juan Rulfo.
DEBATE, Random House Mondatori, S.A. de C.V. México, D.F. 2005.
Brambila, Crescenciano Pbro. El Nuevo Obispado de Autlán. Obispado de Colima. Colima, Col., 1962.
Campbell, Federico. La Ficción de la Memoria. Juan Rulfo Ante la Crítica. Ediciones ERA. UNAM. México, 2003.
Villaseñor y Villaseñor, Ramiro. Bibliografía. Juan Rulfo. UNED. Guadalajara, Jal., 1986.