El padre Fidencio (cuento)

El padre Fidencio (cuento)

Gabriel Michel Padilla

Segunda de tres partes:

El padre Fidencio, que pronto se dio cuenta de la trampa, prefirió hacerse el ignorante antes de que una gota de sangre se derramara por su causa. Les pidió a sus acompañantes que por favor entregaran sus armas.

Con heroica obediencia ellos lo hicieron. Epigmenio, el tirador, le clavó la mirada al padre Fidencio. Las palabras dichas con los puros ojos las entendió perfectamente: “Padre, déjenos actuar y yo me echo al plato a todos”. Pero el padre Fidencio le contestó con palabras muy sonoras, salidas no de sus ojos sino de sus labios: “Los testigos de Cristo, sus mártires, no matan”

– Diga a quienes los mandaron  que nosotros no estamos levantados en armas, que aquí estoy a sus órdenes

El grupo de agraristas despojó al padre de su mula y a sus acompañantes también. Catearon la casa con toda la prepotencia de la que fueron capaces. Ya en calidad de prisioneros comenzaron a retirarse de Minatitlán y al llegar al tendejón de don Félix Serratos se detuvieron. También a él lo detuvieron por ser amigo del padre Fidencio. Desde el tendejón, fueron por las hermanas Lola y Anita Figueroa, que eran el objeto de su incursión y las incorporaron al grupo de prisioneros. Eran entre las 7 y las 8 de la mañana cuando salieron por el camino que pasando por Camotlán, lleva a Manzanillo. Los agraristas, montados a la retaguardia del grupo, obligaban a los presos a caminar de prisa; pues tenían miedo de que les dieran alcance los cristeros. O que los mismos vecinos de Minatitlán armaran alboroto y les arrebataran los prisioneros.

A poco rato de caminar se enteraron de que soldados del movimiento cristero estaban enterados de los hechos. Entonces dejaron el camino ordinario y tomaron hacia la derecha, que a veces no tenía ni vereda para tomar el camino que lleva al aserradero de La Lima, aunque fuese un gran rodeo. Los prisioneros, que iban a pie, caían frecuentemente a causa de la piedras con fatiga, hambre y sed. Pasando el mediodía llegaron al aserradero de La Lima. Su dueño era don Gregorio Ochoa  Gutiérrez. Fue cuando, por boca del mismo dueño del aserradero, se enteraron de que el cura que llevaban preso era hombre de mucho prestigio.

– Déjenlo libre, señores, este hombre es muy importante y es un hombre lleno de bondad, que estoy seguro que no ha cometido ninguna maldad. Digan qué piden para soltarlo.

– Ahora, que sabemos que es famoso, con mayor razón lo entregaremos al gobierno. A lo mejor con eso más pronto nos dan las tierras.

Muy entrada la noche llegaron a Santiago, después de 16 horas de caminar con hambre y sed y llenos de cansancio y lesiones por sus múltiples caídas. Se dirigieron con los presos a la hacienda  para exigir un camión que los llevara a Manzanillo por el temor de ser alcanzados por los del bando contrario.

Sucedió que, mientras exigían del camión para poder huir con los prisioneros, apareció de sorpresa Margarita Cárdenas, que estaba hospedada en dicha hacienda. Ella era pariente del padre Fidencio y lo había conocido en 1906 cuando era párroco de Villa de Álvarez.

Cuando lo vio, se le partió el corazón de ver aquel espantajo lleno de polvo en estado de cautivo junto con los demás presos, nada parecido al joven sacerdote veinte años atrás.

– Ahora mismo vamos a preparar una cena. Tenemos todo para hacerlo. Llevan 16 horas sin comer nada. Eso no es posible.

-Nada de cena, señorita. Se trata de malhechores rebeldes, no son huéspedes de honor.

– Regálanos un poco de agua, querida prima. Las circunstancias no permiten lo que pides-, dijo el padre Fidencio.

Entonces les ofrecieron lo único que podían: mucha agua de coco que el padre y los demás presos aceptaron con mucho agradecimiento. En ese mismo instante muchos trabajadores de la hacienda se percataron de la presencia del padre y le pidieron que bautizara unos niños.

– Aquí nos agarran lejos los padres y nuestros patroncitos no nos dejan casi salir.

El padre dirigió el Padre Nuestro y el Credo, que rezaron todos juntos. Acercaron un perol lleno de agua y comenzó a bautizar.

– Quiero que lleve su nombre, por favor. Me lo pidió mi esposo -. Dijo tímidamente una de las madres.

La gente de todo el pueblo, sabiendo la suerte que le esperaba, no obstante las exigencias de los militares, llorando pidieron la bendición.

– Ya no hay tiempo -, dijo un sargento.

Sin embargo, el conductor del camión no arrancó hasta que el padre Fidencio bendijo a todo el pueblo, y a los que lloraban de rodillas. Sabiendo la suerte que le esperaba al padre, les dijo:

– Todo lo que Dios permite es por nuestro bien, para sus hijos que depositan su confianza en Él.

Con rapidez partieron en el camión hacia Manzanillo agraristas y prisioneros. Estos últimos fueron entregados en el cuartel después de la media noche. Ya para entonces la alerta de posibles represalias de cristeros hizo que el coronel jefe del destacamento del puerto pusiera en estado de alerta a sus soldados. La Presidencia Municipal alertó a sus gendarmes.

Fue el presidente municipal, don Benjamín Rodríguez, a quien apodaban “el Choncho” por su odio a la iglesia. Ordenó a sus gendarmes que los presos fueran tratados como malhechores y rebeldes contra el supremo gobierno. Para eso tenía a un torturador profesional, quien pronto se dedicó a propinar puntapiés al padre Fidencio y a sus tres compañeros.

Amaneció el día siguiente, miércoles 6 de marzo, mientras los presos resistían con paciencia los maltratos esperando su destino. Las autoridades de Manzanillo se dirigieron, por teléfono, a la militar y la civil, de Colima, la capital del Estado.

Los vecinos católicos del puerto, por su parte, se movilizaron con el fin de salvar la vida del padre y de sus compañeros. Muchos de ellos lo recordaban con cariño, pues estuvo allí en 1918. Doña Julia Pain de Stoll, de la agencia marítima, valientemente, habló con las autoridades, afirmando que el padre Fidencio era víctima de un mal entendido o de su mala voluntad.

– Es falso que pertenezca al movimiento armado, y menos que lo dirija en la región de Zapotitlán.

– No se puede hacer nada. Ya supimos que este padrecito es una pieza muy valiosa.

La señora entonces se dirigió a las oficinas de la representación federal, tratando de obtener un amparo, pero todo fue inútil. El general Heliodoro Charis, jefe de las operaciones militares en el Estado, ordenó que de inmediato se le enviaran los presos, para decretar lo conducente.

– Ya ordené a don Vicente Torres, el ferrocarrilero, que traiga a los presos que trajeron de Minatitlán y a los otros detenidos.

En acato a esa orden, el señor cura y sus compañeros fueron llevados al vagón de presos, que fue custodiado por soldados. El último en mirarlo fue don Ricardo González, su amigo desde que estuvo en Coquimatlán, en los años 1912-1918. Ahora trabajaba en Santiago como administrador de la hacienda. Un día antes lo había visto cuando llegaron después de 18 horas de caminar a pie. Obtuvo los permisos necesarios para subir al tren. Quería saber en qué podía servirlos. Atravesó por entre los soldados y llegó al carro que iba a transportar los presos.

Al entrar al carro de los presos vio al padre Fidencio, amarrado, sumamente pálido y rodeado de tanto aparato bélico, que también él palideció y enmudeció totalmente. En aquellos momentos sólo se miraron, quizá porque la escena lo decía todo. Las palabras sobraban. Apenas habían salido de Manzanillo y el tren se detuvo. Pasaron unos momentos. En eso llega un oficial y ordena que los presos sean bajados de inmediato.

– Se rompió una pieza del tren. Tenemos que bajar todos. Guardias, bajen a sus presos y custódienlos perfectamente. No debe escapara ninguno.

Las autoridades de Manzanillo hablaron a Colima, exponiendo que una pieza principal de la máquina se había descompuesto.

– Además se rumora que fuerzas cristeras se aproximan a rescatarlo. Necesitamos esconder los presos, que no se sepa dónde los escondemos.

[ Continuará…]

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