El padre Fidencio (cuento)
Gabriel Michel Padilla
Tercera y última parte
Jueves 7 de marzo de 1929
Sabiendo el padre Fidencio que era el último amanecer, que le tocaría en esta tierra antes de partir a la tierra prometida, exhortó a sus compañeros Benito, Epigmenio y Félix. Les dio la absolución sacramental.
– Sean santamente valientes y agradezcan a Dios, Nuestro Padre Celestial, por concederles la oportunidad de ser sus valiosos testigos. En un momento estaremos en el paraíso, la tierra prometida.
A sus verdugos los perdonó y al jefe del pelotón de fusilamiento le entregó el crucifijo que llevaba sobre su pecho. Mucha gente estuvo mirando los cuatro cuerpos tirados en el patio de la cárcel. Todo Manzanillo supo que lo del tren descompuesto fue una coartada para que no fueran llevados a la capital.
Fue una confabulación entre el alcalde municipal, “El Choncho” quien, como sectario, odiaba a la Iglesia. El maquinista fue sobornado para decir que el tren se había descompuesto. El jefe de la guarnición y los agraristas, todos, se empeñaron tenazmente en que su muerte fuera en Manzanillo. Sabían perfectamente que el respeto y aprecio, que los políticos de Colima y Jalisco le tenían, podían impedir su muerte. Cuando el general Heliodoro Charis, jefe de operaciones en el Estado, se enteró de aquellos fusilamientos, se indignó y se distanció con el gobierno civil del Estado.
Doña Julia Pain de Stoll, la norteamericana de la agencia marítima que no pudo impedir su muerte, se aprestó a proporcionar los féretros para su traslado a Colima, como fue ordenado. Pero no le permitieron cajones ordinarios sino simplemente cajones de tabla rústica, descubiertos como artesas para que los cuerpos pudieran ser exhibidos para escarmiento.
Viernes 8 de marzo de 1929. Exhibición e inhumación.
Desde muy temprano estuvieron los cuerpos del padre Fidencio y los de sus compañeros fusilados con él, sobre el suelo de la calle del lado oriente del jardín de La Libertad, frente a Palacio de Gobierno y la Catedral, exhibiéndose en los cajones estilo artesa, en que habían sido trasladados desde Manzanillo.
Respecto a las señoras Dolores y Anita Figueroa, aprehendidas junto con el padre, fueron llevadas y puestas en la cárcel en el mismo tren en que los cuerpos fusilados fueron trasladados. Ya con el sol sobre los cadáveres, acertó a pasar por allí don Salvador Michel, hombre piadoso e influyente, padre de Carlota Michel, muchacha cristiana y valiente que, con el patrocinio de la jefatura militar, había sido elegida Reina del Carnaval unos días atrás. Se detuvo ante aquel cuadro, que lo llenó de tristeza y pesadumbre al par que avivó sus sentimientos humanos, para darle cristiana sepultura al padre y a sus compañeros.
Don Antonio Michel y sus hijas, Carlota y Antonia, se presentaron a la Jefatura Militar ante el general Charis. No fue poca la sorpresa en la Jefatura de Operaciones Militares cuando aquella comitiva se presentó.
– ¿Qué trae y qué se le ofrece a la reina? – Dijo el general Charis.
– General, venimos a rogarle que nos permita recoger el cuerpo de mi tío, el padre Fidencio Michel, a quien mataron las autoridades de Manzanillo.
– Sí, lo fusilaron porque era cristero -. Replicó el general.
– Perdone, general, pero mi tío no era cristero; lo mataron porque era sacerdote. Porque era el señor cura de Zapotitlán. Él no era de los levantados en armas, como pretenden hacerlo creer.
– Afirman que sí era – , dijo el general.
– Perdone, general. Los que lo mataron pusieron ese pretexto para justificar una muerte injusta, porque ninguno de los fusilados era cristero.
– Sí, pero siempre hemos sabido que un jefe cristero Michel, como su tío, ha operado en aquella zona.
– Eso sí es cierto, pero su nombre es Manuel Michel, de San Gabriel, Jalisco. Los que mataron a mi tío invocan el apellido para sembrar confusión y justificar su acción. Usted puede entregarnos su cuerpo para sepultarlo. ¿Verdad que sí?
– Por tratarse de la reina, se le concede el cuerpo del cura, pero sin llevarlo a ninguna casa a velar. Se les concede una hora para que lo sepulten y el teniente coronel Orrico de los Llanos los acompañará y velará porque todo se cumpla como yo ordeno.
Al teniente Orrico le pidieron de favor poder cambiar la artesa ensangrentada en que el cuerpo era exhibido por un féretro más decente, que fue adquirido en la cajonería de la viuda de Mercado, mediante un chofer de sitio. Durante todo el tiempo en que los cadáveres de los mártires estuvieron en el cementerio para ser sepultados, los soldados del ejército federal hicieron guardia. La autoridad civil no intervino para nada.
Don Salvador Michel, su hija Carlota y su hermana Antonia, vistiendo aún de luto, regresaron a la Jefatura Militar a dar las gracias al general Charis. Éste les dijo:
– Cuando ordené el traslado del cura a Colima y los otros prisioneros, mi intención era que se aclararan las cosas. Yo no hubiese fusilado a un cura nomás por ser cura. De ser así, tan sólo lo hubiese desterrado a otro lugar del país.
Trece años después, en 1942, fueron exhumados del cementerio civil de la ciudad los restos del señor cura Fidencio Guadalupe Michel González y colocados en una urna de granito en la Catedral de Colima, en la cripta de los mártires.
Fin
