El padre Fidencio (cuento)

El padre Fidencio (cuento)

Gabriel Michel Padilla

Primera de tres partes:

Zapotitlán está desierto, desde la punta de sus volcanes se mira su soledad. En la montaña verde que a veces se pone blanca, se ha fundado un pueblo nuevo: “Zapotitlán de las Montañas” El padre Fidencio, su párroco, perseguido por el gobierno, decidió huir al monte y sus ovejas se negaron a dejarlo solo.

En la “Mesa del Gallo”,  un sitio muy alejado de la vista y de los caminos, se guardaron los cálices y las vestiduras sacerdotales. Las custodias, recibieron un trato de protección muy especial. Fueron escondidas en la parte más inaccesible de una cueva, fueron embaladas en contenedores de mezquite y sólo un pequeño grupo sabe su escondite. En caso de una persecución, cinco de ellos juraron ante un Cristo Viejo colgado de un roble, defender con la vida cualquier intento de profanación.

-Padre Fidencio le buscan, lo están esperando debajo de aquel pino grande, se ven gentes buenas, quieren hablar con usted.

-Diles por favor Benito Nava que pronto voy a atenderlos, nomás le llevo los santos oleos a don Cipriano, parece que el clima de las montaña no le ha caído, dice Timoteo el yerbero,  que tiene pulmonía. Yo les decía que no se vinieran al Cerro Grande a seguirme.

Lo bueno es que a Florencia, la que parió cuates a dos días de que llegamos, ya le salió la leche y la partera dice que el par de chilpayates están que rebozan de gusto a pesar del frío.

-Padre Fidencio nos enteramos que mañana usted viajará a Minatitlán. Si su mercé lo ha decidido así, Dios lo proteja, pero le traigo información de que en ese pueblo merodean los agraristas y andan armados buscando la forma de matar cristianos.

-Le vengo a ofrecer en nombre de los indios de Tetapán, Huizome, Tetlán, Copala y Santa Helena que acepte nuestra protección. Tenemos carabinas, machetes y buen armamento para impedir que le hagan algún daño, hemos sabido que en el pueblo de Minatitlán se esconde gente mala que no quiere a Nuestro Señor y a su Madrecita ni a sus ministros.

-Nosotros hemos molido  suficiente pinole y tortillas para no molestar a las gentes de ese pueblo.

-Usted es como nuestro padre, y lo queremos como si lo fuera. No queremos que le pase nada.

-Refugio Figueroa es un hombre malo y siempre trae cuatro agraristas que en gratitud de que les van a dar tierras son capaces de matar a quien sea.

recuerde los días bonitos que pasamos allá en Telcruz celebrando la llegada del torrente de agua que llegó cantando fresca desde el volcán mientras usted nos decía la misa. Ya que termine esta revolución seguiremos ayudando para que el agua fresca de la sierra llegue a todos nuestros ranchos con su ayuda.

-A usted lo aprecia el gobernador y usted nos ayudará a que los del gobierno volteen a ver a nuestros ranchos abandonados.

-Si a usted le pasa algo, se acaba nuestra esperanza.

Domingo 3 de marzo de 1929

-Aunque el frío de esta montaña sigue calando, no olviden que el calor de Dios nunca se va de nuestros corazones. Ya vayan preparando todo lo de la Semana Santa, Bartolo ya encontró donde hay palmas para el domingo de ramos. Al terminar la misa descansaré un poco.

-Yo madrugo mañana a Minatitlán. Espero pronto regresar y encontrarlos con bien  todos.

Lunes 4 de marzo de 1929

El padre Fidencio se negó a aceptar el pelotón de indios que ya estaban preparados con sus costalillas llenas de pinole y su arsenal de machetes para defenderlo en caso de agresión.

-Íbamos a llamar la atención, es mejor ser discretos, no debemos al cucar al gobierno.

En eso iba pensando mientras las chachalacas despertaban con sus rumorosos sonsonetes a toda la Mesa del Gallo, que es la parte del Cerro Grande que escogieron para vivir su destierro obligado por la persecución callista.

Ya iba cerca de la vereda de Temazcalillo rumbo a Minatitlán en su mula tordilla cuando le salieron al encuentro Benito Nava su peón de estribo y Epigmenio Rodríguez, éste tenía la fama de tener la mejor puntería de todos los pueblos del Llano Grande. Cuando se cambió del bando  carrancista y se fue con el general villista Pedro Zamora, era uno de sus mejores escoltas. Cuando el general se esfumó, Epigmenio se fue a Zapotitlán a resguardarse de todas sus maldades cometidas y de su conciencia que implacable, no lo dejaba en paz por tantos cristianos que por mano de su 30 había mandado al más allá.

Fue ahí donde conoció al padre Fidencio, quien lo llevó de nuevo a creer en Dios. Cuando se animó a confesarse, el padre le dijo: “Dios perdona todo, todo, el doble de lo que pecaste y el doble de muertos que hubieses ejecutado” Epigmenio salió de la iglesia con el propósito amar los mandamientos de Dios, de cuidar a la iglesia y al padre Fidencio, ese hombre lleno de carisma y amor que sabía pialar toretes mejor que cualquier peón de hacienda y lo había hecho volver a estar en paz.

-No podemos dejarlo solo señor cura, por eso le salimos al encuentro, no nos pida que lo dejemos porque con respeto de su meced y su negra sotana, no lo dejaremos.

Poco más adelante un grupo de indios de Copala, lo estaban esperando con frutas y pescados.

-No se irá sin que primero coma algo con nosotros, además queremos que nos bautice este chilpayate, se va a llamar Fidencio, si su mercé lo aprueba.

Entraron a Minatitlán, en la casa de don Quirino Figueroa las mesas ya estaban de manteles largos para recibirlo y para la boda del día siguiente.

Lo que no sabían era que muy escondido a las orillas del pueblo, Refugio Figueroa y un grupo de agraristas, iban a ejecutar una represalia en contra de Dolores y Anita hermanas del capitán Miguel Figueroa jefe cristero de aquella zona.

Acabo de confirmar que un cura y dos acompañantes entraron en la casa de don Quirino, que mañana dirá una misa para una boda. Llegaron en bestias.

No podemos intentar detenerlos, pueden venir armados y en este pueblo nadie nos quiere.

Yo voy y les digo que les ofrecemos garantías pero que entreguen las armas. Ustedes estén discretamente lejos y le hago la señal y los pescamos.

Entreguen sus armas, y tendrán garantías.

[Continuará…]