El periodismo nuestro de cada día

Puntos y Contrapuntos

Criterios

En su más reciente informe denominado “Democracia Simulada. Nada que aplaudir”, dado a conocer el martes 20 de marzo del 2018, la organización no gubernamental Artículo 19 documentó que, entre diciembre del 2012 y febrero del 2018, durante la administración del presidente priista Enrique Peña Nieto, se cometieron en México mil 986 agresiones contra medios de comunicación y periodistas.

Entre 2009 y 2017, las agresiones contra medios de comunicación y periodistas sumaron 2 mil 765 y los principales perpetradores de esos atentados fueron funcionarios públicos, en por lo menos mil 352 casos, el 48.89 por ciento. Otras 273 agresiones fueron cometidas por el crimen organizado, el 9.87 por ciento.

El reciente 2 de noviembre del 2018 Artículo 19 informó que prevalece la impunidad en el 99.2 por ciento del total de las investigaciones que realiza la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (Feadle, creada en 2006). De acuerdo con información de la propia Feadle, de las mil 120 investigaciones iniciadas, solamente en 8 se han dictado sentencias condenatorias.

El pasado viernes 4 de enero del 2019 circularon en redes sociales cientos de mensajes de felicitación por el Día del Periodista. Una información publicada ese día por El Universal argumenta que “esta fecha se festeja en honor de Manuel Caballero, periodista y escritor nacido en Tequila, Jalisco, que revolucionó el gremio periodístico en el país en la época del porfiriato, considerado el padre del arte de reportear, quien murió un 4 de enero de 1926 en la Ciudad de México”.

 

Simulaciones

El cumplimiento estricto de los deberes no implica mérito relevante o extraordinario, que obligue a reconocimiento alguno. Al asumir los imperativos vocacionales y éticos de su profesión, el periodista sólo debe aspirar al reconocimiento de la utilidad social de su trabajo, comprometido con la verdad, que se reafirma y se legitima cotidianamente por su independencia, rigor, veracidad, honradez y valor, más allá de conmemoraciones, homenajes, premios o reconocimientos, aún en el supuesto de que estos se expresen en forma sincera y desinteresada.

El periodismo es, por su propia naturaleza, eminentemente crítico, así como riguroso y tenaz en la búsqueda de la verdad, para poner luz en los rincones oscuros de la vida pública. Comprometido con la gente en la preservación de valores superiores contribuye a una saludable vida democrática y republicana, pero no requiere reconocimientos, ni aplausos, ni licencias de los poderes formales o fácticos.

La libertad de expresión y el derecho a la información no se negocian: se exigen, se conquistan, se ejercen y se defienden, hasta con la vida misma, si es necesario. Un periodista no es un académico ni un intelectual, ni aspira a la erudición; se guía por los impulsos de su corazón y de su conciencia. Su tarea está más determinada por las dudas que por las certezas.

Hay poderes formales y fácticos que pretenden conculcar estos derechos, porque saben o intuyen que la fragilidad de un sistema de medios de comunicación sometido por los intereses económicos, los amagos, las amenazas, las demandas o las agresiones físicas y hasta mortales, fortalece a un régimen de privilegios, en el que no hay lugar para los pobres, los desvalidos y los marginados, pues en las sombras y en la ignorancia se incuban los más deleznables abusos y las más agraviantes impunidades.

La realidad es cruda y terriblemente simple: frente a los acosos, las amenazas y los ataques de poderes formales o fácticos -estrechamente juntos en defensa de sus privilegios y de sus intereses- que atentan contra el derecho a la información y la libertad de expresión, los periodistas que trabajan al servicio de la verdad y de la gente, están solos.

Ninguna autoridad los defenderá en un país donde no ha estado vigente el Estado de Derecho y donde la justicia está fracturada, sometida a las fuerzas del mercado, del dinero, de la corrupción y de la violencia. A los periodistas sólo les queda el abrigo y el respaldo generoso de la sociedad, de sus lectores, de sus audiencias.

Sobran funcionarios públicos, de todos los niveles de gobierno, que llaman a los jefes de información o de redacción, a los editores, a los directivos de los medios de comunicación -prensa, radio, televisión e Internet- para quejarse de los periodistas rebeldes que no aplauden y son corrosivamente críticos de las conductas ligeras, abusivas o corruptas de esos poderosos circunstanciales, enquistados parasitariamente en amplios espacios de la vida pública.

Muchos de esos funcionarios que públicamente se conduelen de los males que aquejan a los comunicadores, son los mismos que amagan o amenazan a los periodistas con agredirlos físicamente, demandarlos judicialmente o inclusive, asesinarlos, si no cierran la boca y dejan de publicar lo que tanto les incomoda.

Es muy amplia la hipócrita cofradía que desde el poder dice defender la libertad de expresión, mientras le pone precio a la cabeza de los periodistas incómodos y ofrece jugosas pautas publicitarias a medios de comunicación ineficientes, de muy dudosa ética y calidad editorial, que viven subsidiados por el dinero público, debido a que son incapaces de generar ingresos legítimos que les hagan sustentables, independientes y libres.

 

Sumisiones

Entre las conmemoraciones que carecen de sentido en este país, está otra que ha prevalecido durante décadas y que todavía está vigente en amplias regiones de México: el día del periodista, de la prensa o de la libertad de expresión, el 7 de junio de cada calendario, definida, desde su origen, por la cortesanía que determinaba la institucionalización de la complicidad y el sometimiento de los medios de comunicación al poder público.

La formalización de esta conmemoración fue relatada por la revista Tiempo -que dirigía su dueño, el escritor Martín Luis Guzmán-, en junio de 1951, según relata en su libro “Prensa Vendida” (Editorial Grijalbo, México, 1993), el actual director de la revista Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda.

“Por primera vez en México, desde que la Revolución hizo posible la franca espontaneidad del apoyo popular al poder, los periodistas de todo el país se reunieron a rendir homenaje a un Presidente de la República. En efecto, el jueves 7, a las 2:30 p.m., 128 directores y gerentes de diarios y revistas de la capital y de los estados compartieron con don Miguel Alemán la sal, el pan y el vino en una espléndida minuta”, decía la reseña de la revista Tiempo.

Agregaba: “Asistieron al banquete, además, 30 invitados especiales, entre miembros del gabinete y altos funcionarios del régimen; 13 corresponsales extranjeros y los catorce reporteros encargados de las informaciones de la Presidencia”.

“La prensa mexicana -advertía jubilosa la revista-, integrada por todos los diarios, semanarios y revistas serios y de carácter informativo, se halla en deuda con el Presidente de la República, licenciado Miguel Alemán. Durante los cuatro años y medio ya transcurridos dentro de su periodo (1946-1952) ha sido él constante y escrupuloso mantenedor de la libertad de prensa, así como la de pensamiento y palabra, cosa que, si es natural y propia en el jefe de un Estado que como México garantiza constitucionalmente dichas libertades, no por ello ha de encomiarse menos”.

Entre los más destacados anfitriones a esa conmemoración -refiere Rodríguez Castañeda-, se hallaba quien se atribuía la idea original del homenaje: el coronel José García Valseca, presidente de la cadena de periódicos que llevaba su nombre (actual Organización Editorial Mexicana, vendida por el gobierno de Luis Echeverría Álvarez a Mario Vázquez Raña en 1976 y actualmente en poder de su viuda y heredera Paquita Ramos); Martín Luis Guzmán, secretario del comité organizador; y el multimillonario gerente de Novedades, Rómulo O’Farril, tesorero.

A partir de entonces, la conmemoración llamada “Día de la Libertad de Prensa”, fue un acto de sometimiento el emperador en turno, más que un tributo a la verdadera libertad e independencia de los medios de comunicación.

El 3 de mayo del 1993 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) instauró el Día Mundial de la Libertad de Prensa. La iniciativa se fundamentó en un documento publicado en 1991 titulado “Fomento de la Libertad de Prensa en el Mundo”, en el cual se advertía que una prensa libre, pluralista e independiente era un componente esencial de toda sociedad democrática.

La fecha se eligió para conmemorar la Declaración de Windhoek, Namibia, aprobada el 3 de mayo de 1991 en el Seminario para el Fomento de una Prensa Africana Independiente y Pluralista, organizado por la Unesco y las Naciones Unidas.

Más allá de las conmemoraciones y los homenajes, todos los días son días del periodista que cumple con independencia, profesionalismo, honradez y valentía las tareas que le imponen su vocación y los imperativos éticos de su conciencia.

La tarea es clara y simple para los periodistas comprometidos con su profesión: investigar, documentar y publicar, porque la gente tiene derecho a saber. Todos los días hay algo nuevo por descubrir, una verdad que desentrañar, que la gente espera impaciente leer, ver o escuchar.