El reflejo frío de la muerte
Marcela Karrillo
Los ventanales cristalinos observaron cómo esa tarde en la finca, después de algún tiempo de no estar allí, el hombre discutió con el mayordomo; ellos permanecieron expectantes ante la luz que entra al estudio donde se sienta el hombre a retomar la novela que había dejado tiempo atrás.
Los ventanales detenían las ráfagas de viento que hacían mover los robles, y, al mismo tiempo, contemplaban cómo las pupilas del lector se adentran en el encuentro de los amantes en la cabaña del monte.
Los espectros de luz que dejan pasar las vidrieras le permiten adentrarse para ser testigo de un encuentro entre los amantes. Lo cristalino de las claraboyas permite que vea más allá de las líneas de la novela e introducirse entre las caricias que ella quiere y las que él rechaza; la dureza de los rosetones materializa el plan, donde el puñal a cada instante se vuelve más tibio. En los ventanales se refleja el sillón verde donde está el hombre que los amantes deben destruir.
Se ven, en el reflejo del ventanal, los párrafos de la novela que atrapó al hombre; aparecían como imágenes vivas los amantes repasando el plan para aniquilar al hombre. De vez en cuando se daba una caricia entre ellos, algo fría como los cristales. Al separarse los amantes se dibuja la ruta que ambos seguirán: ella al norte y él al lado opuesto.
En los ventanales se refleja la imagen de la llegada del amante a la finca. Los perros no hacen vibrar las ventanillas con sus ladridos; están callados.
En la casa, los ventanales vibraron de nerviosismo cuando el amante cerró la puerta. Ellos son la fuente de donde emana la luz para descubrir el contenido de la novela. Separan el parque donde se mueven los robles, mientras el amante recorre la casa con la voz que le cuchichea al oído. La sala azul, la galería, la escalera alfombrada y, en lo alto, dos puertas de cristal. No hay nadie en ninguna habitación.
En el salón el hombre, con la espalda hacia la puerta y de frente al ventanal, es incapaz de avisar lo que sucederá; pues sólo, en el reflejo, se ven los párrafos de la novela que lo tienen atrapado.
La cabeza del hombre, recargada en el sillón de terciopelo verde, se convierte en un personaje más; el ventanal, mudo y frío, sólo refleja el puñal, que se recarga en el hombre de manera rápida y silenciosa, terminando la novela.
