El tesoro del filósofo
Alfonszo Rubio Delgado
Abstract
La vida entera es exigible a todo individuo que ha optado por el oficio de filósofo. La retribución no es segura. Puede ser en vida de forma temprana, tardía o postmortem. El asunto es que, para individuos que buscan fama y fortuna en ella, muy probablemente les resulte un fiasco. Con ella hay que soportar: burlas, calumnias, envidias, despidos, justificados o injustificados, humillaciones, tragos amargos, desempleo, marginación etcétera, etcétera. Y sabedores de ello quienes nos involucramos con ella tenemos que llevarla adelante. Advertidos de que el pago es mínimo y el posible fracaso máximo. Eso sí, la esperanza muere al último, pero el placer se da de por vida. Si le perteneces, seguro que no te quedarás sin recompensa. Porque ella como la diosa hindú, envenena con la leche de sus pechos a quienes le son ajenos. Y obvio, alimenta a los propios. La Demonia que intenta matar a Krishna con su leche envenenada es Putana. Pero el dios resiste y mata a Putana. ¡Ella es la Filosofía!
Texto central
Suele ocurrir que, para cristalizar ideas que llevan por objeto el beneficio de los demás, el pensador encuentra serios y abundantes obstáculos. Pues a confusión se presta la buena, buenísima o eminente voluntad, con aquella que no lo es. Al grado de confundirla incluso con aquella más bárbara y perversa. En ese sentido parece darse el dicho de la gente que sostiene que: “Vale más malo por conocido, que bueno por conocer”. Al grado que, las mayorías prefieren adherirse a teorías ya caladas, que a innovaciones propuestas por individuos pretendidamente revolucionarios. Si bien es cierto que las teorías innovadoras y vanguardistas traen consigo promesas de cambo y la maqueta que encausa lo actual a paraísos escondidos, también es cierto que: “No todo lo que brilla es oro”, ¡ni todo lo verde es billete gringo!. Y la gente de los pueblos y ciudades tiende a ridiculizar a todo individuo bien o mal intencionado. Pues lo bueno y lo malo son relativos. Y en política suele ocurrir, con una constancia escandalosa, que un individuo “bueno”, habiendo suplido al menos peor, la gente añore a éste. Pues se da cuenta que el otro salió más inepto y mañoso que su antecesor.
Lo mismo ocurre con las teorías filosóficas. En ellas lo bueno y lo malo se confunden. Y siempre permea la desconfianza en todos los productos ofrecidos. No resulta fácil la aceptación de obras prometedoras. El oscurantismo relativista permea en todos sus ámbitos. Se impone por doquier la teoría ya consolidada, por deficiente que pudiera parecer, a la que se muestra innovadora. Aún con sus muchos atributos, no es fácil para el revolucionario convencer a los miembros de la comunidad, sobre los beneficios de su posible reforma.
Así observamos cómo, nunca ha sido fácil para el filósofo, acomodar en la mente colectiva, el fruto de sus reflexiones. Pues la riqueza del pensamiento ofrecido chocará con intereses de todo tipo. Removerá estructuras y dejará los órdenes establecidos y sus principios, muy disminuidos. Ello obligará al rechazo y convertirá al postulante en pobre y acosado. Esto también es comprensible.
Luego, en el caso poco probable en que de pronto alguien en la calle nos ofrezca un millón de dólares o euros de regalo, la sensatez obligaría al rechazo. Luego, las implicaciones que pudiera traer el caso para el receptor de la suma, serían sopesadas y seguramente rechazada la oferta. Se antoja que, por experiencia, los perjuicios para el “beneficiario” serían superiores a las ventajas. Pero todo esto es apariencia. También puede ocurrir, que quien ofrece la suma, sea una persona noble en todos los aspectos y las repercusiones y condicionamientos por parte del benefactor, sean mínimos. Por su parte, el beneficiario, por necesidad de lo ofrecido, puede encontrar medida exacta en aquella oferta y disponer a plenitud del milagro. Este último desenlace, en nuestra desafortunada historia, es la que ofrece el filósofo. Aunque, del lado del receptor, siempre ha estado la desconfianza. Es decir que, el filósofo, que comparte sus tesoros de forma bien intencionada y noble, recibe, casi siempre, un revés por parte del receptor. Cosa que le ha ocurrido a la mayoría de los filósofos en la historia. Al filósofo nunca le ha sido fácil, acomodar sus tesoros en la sociedad. Ello les ha valido, el ser tragados por los perros, en el caso de Heráclito1. Quemados en la hoguera, en el caso de Giordano Bruno2. Tomar la cicuta, en el caso del gran Sócrates3. Exiliados como les ocurrió a Karl Marx4.
Luego, ¡no es fácil “regalar” tus tesoros! Si tú, estimado lector u oyente, sientes que la desesperanza toca tu puerta, no se la abras. Nuestras sociedades salvajes se mueven en ese sentido. Y para alcanzar grandes objetivos, son necesarios grandes sacrificios. Aquellos requieren grandes individuos. La vida entera, debe ser puesta al servicio de esta gran empresa: nuestra querida Filosofía…




