El último texto de Habermas

El último texto de Habermas

Carlos Delgadillo Macías

El 19 de noviembre de 2025, Jürgen Habermas dictó en Múnich una conferencia auspiciada por la Fundación Carl Friedrich von Siemens. Unos días después, con algunas modificaciones, el texto fue publicado en varios diarios europeos, con el título “La (improbable) integración política de la Unión Europea (UE) es vital”, en el que ya se nota un aire de pesimismo e ironía.

Un cuadro sombrío

El filósofo diagnostica, por principio de cuentas, el declive de Estados Unidos como superpotencia hegemónica y el ascenso de la República Popular de China. Recuerda los años de George W. Bush y la “Guerra contra el terrorismo”, como señales de esa decadencia, así como la decepcionante presidencia de Barack Obama. Avizora la construcción de un “orden político mundial chinocéntrico”, diseñado estratégicamente por Pekín, a partir del sudeste asiático. Menciona a la India como una superpotencia emergente, que tendrá que encontrar su lugar en esta época de cambios.

En cuanto a Estados Unidos, es contundente: presenciamos una “liquidación ya prácticamente irreversible del régimen liberal-democrático”, en tiempos de Donald Trump, a quien llama “narcisista patológico”. Esa liquidación, además, sería “democráticamente legitimada” y estaría encaminada a la imposición de una “forma de gobierno libertaria-capitalista administrada por tecnócratas”.

Habermas menciona como ejemplos de esa deriva autoritaria la política arancelaria de Trump, en la que se estaría arrogando poderes legislativos, la restricción de la libertad de prensa, los ataques contra las universidades y la intimidación de la oposición con el despliegue de la Guardia Nacional en grandes ciudades. En política exterior, sus ataques contra embarcaciones en El Caribe demostrarían que al presidente norteamericano “tampoco le preocupa demasiado el derecho internacional”. Pero lo que más lamenta el pensador es “la pusilanimidad de la sociedad civil” estadounidense, a la que ve con poca voluntad de oponer resistencia.

En este escenario, no habría “ningún indicio convincente de un cambio de rumbo en el camino hacia un sistema social políticamente autoritario gestionado por tecnócratas, pero económicamente libertario”.

Autoritarismo libertario

Vale la pena detenerse en esa descripción. En textos recientes, Habermas habló del “populismo autoritario”, que surgiría como una reacción a la crisis del neoliberalismo. Los líderes de esta tendencia estarían explotando la inseguridad económica y cultural de la ciudadanía para destruir las garantías individuales consagradas en las constituciones y también para desmantelar la esfera pública deliberativa, minando las condiciones del debate y premiando las lealtades ciegas. En un régimen autoritario, el poder del Estado se desconecta de la voluntad popular y bloquea la comunicación necesaria para llegar a acuerdos. No hay condiciones para la argumentación racional.

En lo que respecta a la tecnocracia, el filósofo la describió como la sustitución de la deliberación moral y política por la lógica técnico-instrumental. Heredero de la tradición de la Escuela de Frankfurt, se opuso al tratamiento de los problemas políticos y sociales como si solamente fueran problemas técnicos de administración pública, en los que la solución estaría en manos de expertos y no en el debate permanente sobre valores, medios y fines. Las tecnocracias, según su visión, son antidemocráticas, pues tienden a depositar el poder efectivo en pequeños grupos que toman decisiones “técnicas” a puertas cerradas, sin consultar, comunicar ni informar a la mayoría. Así, sin debate, diálogo, ni argumentación, los gobiernos tecnócratas reducen a los ciudadanos a meros espectadores de la actividad política, que debería ser suya.

En cuanto al “libertarismo”, habría que decir que no es un término muy discutido o usado por Habermas, pero si lo asimilamos a lo que él llamo “radicalismo de mercado”, podemos decir que, para él, sería la postura que somete el mundo de la vida al imperativo mercantil, reduciendo al ciudadano ahora a un mero propietario o consumidor, un agente privado enfocado en su propio y limitado interés. Esta ilusión olvidaría que una sociedad no puede fundarse sólo en acuerdos monetarios y contratos privados, sino que requiere la solidaridad activa y un marco normativo democrático.

De manera que un “sistema social políticamente autoritario, gestionado por tecnócratas y económicamente libertario” sería uno en el que el poder político se ejercería de forma no democrática, cada vez con menos contrapesos y de forma arbitraria, con ciudadanos reducidos a espectadores de la política y categorizados como agentes privados (propietarios o consumidores), sin agencia para la solidaridad, la deliberación racional, la argumentación y la decisión mayoritaria, que habría sido usurpada por las élites tecnocráticas.

Europa y Estados Unidos

Con la guerra de Ucrania como trasfondo, Habermas describe la compleja situación de la Unión Europea, forzada a seguir colaborando con Estados Unidos en el marco de la OTAN, pero a sabiendas de que ya no puede confiar en Washington para su defensa. Para él, lo que se ha llamado “Occidente”, con mayúsculas, “todavía sigue actuando de forma conjunta, aunque ya no hable una sola voz desde el punto de vista normativo”. Refiriendo el discurso de Trump ante la Asamblea General de la ONU del 23 de septiembre de 2025, descalifica la retórica norteamericana sobre el apoyo a Kiev: si Estados Unidos no respeta el derecho internacional, ¿cómo podría llamar con legitimidad a apoyar a los ucranianos?

Sobre si la Unión Europea puede todavía afirmarse y consolidarse como un “sujeto propio” en el escenario internacional, el panorama no es prometedor, con el ascenso del populismo de derechas y los movimientos que intentan desarticular o debilitar los fundamentos de la comunidad de países europeos.

Casi como una despedida, el pensador de 96 años remató su texto con un párrafo que no cierra la esperanza, pero sí la condiciona:

Al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable.

Descanse en paz.