El viaje a la capital (cuento)

El viaje a la capital (cuento)

Gabriel Michel Padilla

[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato“, ubicado en la época cristera]

LA ESTACIÓN DE GUADALAJARA

A las 5.30 de la tarde partió el tren de México. Al dejar atrás Guadalajara y conforme el tren avanzaba nos fuimos acobardando cada vez más y más al faltarnos el valor que nos infundía el señor cura pues se había quedado en Guadalajara rescatado por un sobrino suyo que había conseguido su libertad.

No podíamos disimular la angustia y el Capitán nos decía “no teman” y dirigiéndose luego a los soldados añadió:

No hay permiso de pasar delante de los guardias. Esto lo decía porque ahí viajábamos nosotras. – y el que se atreva ya lo verá.

La guardia se cambiaba cada hora, mas nunca nos dijeron ni una sola palabra, Solamente el encargado contestaba a la madre Rosa alguna pregunta que le hacía.

Pronto cayó la noche sobre aquel tren desvencijado, lleno de agujeros y de olor a estiércol de caballos, en el que viajábamos las prisioneras. El viento helado soplaba por todas partes, la oscuridad reinaba, nuestro miedo se convirtió en pavor, unas oraban, otras se mantenía de pie. Sólo el gran cansancio hacía que algunas se acostaran sobre los manojos y pacas de pienso y forraje. La Madre no descansó ni se sentó en toda la noche. Pero comenzamos a notar que tosía con una tos como de ancianita, como de alguien que ya no puede respirar bien.

EN LA ESTACIÓN DE IRAPUATO

Amaneció el día  12, llegamos a la estación de Irapuato, y como es costumbre en las estaciones, se acercaban en enjambre los vendedores, y sobre todo las mujeres llenas de curiosidad se acercaban a vernos. Entonces los soldados les decían “– ¿qué tanto les ven?, son unas monjitas prisioneras, ¿acaso no les van a obsequiar algo, aunque sea un taco?  Entonces sin tardanza comenzaron a llegar a nuestras manos, jarras de leche y de café, huevos, jarrones de atole, tamales. –Coman madrecitas, nos decían cariñosamente, no diario nos toca ver prisioneras tan finas. Luego una jovencita, casi niña que aprendía seguro su oficio de comerciante vació en nuestras manos una talega llena de nueces y otra de cacahuates.

No pudimos más que esforzarnos en dibujar en nuestros rostros una sonrisa de agradecimiento a todas aquellas comerciantes generosas, capaces de obsequiar sus ganancias para la noble causa que les pareció que era dar alimento a unas pobres monjas presas tan alejadas de su casa, de los suyos, de su convento, de su Ejutla.

EL ESPÍA

Un espía de los cristeros, nos clavó la mirada a cada una de nosotras, yo pude notar que nos contaba y nos volvía a contar hasta tres veces. No llevaba carabina como los cristeros que yo conocí en Ejutla, no, éste parecía un hombre muy distinguido con su traje  su corbata muy bien puestos. Había subido al tren para estar seguro que ahí venían unas monjas. Lo hizo como con mucha urgencia. Con mucha discreción casi en voz baja nos preguntó. ¿Son religiosas?  Sí, le respondimos.  Casi en secreto dijo: ¡Cristo Rey vive!, Y sin  decirnos una sola palabra más, bajó del tren  se alejó precipitadamente.

Después supimos que gracias a sus informes el tren no fue saboteado, pues para ellos era sacrilegio descarrilar o atacar un tren cargado de monjas. Como si descarrilarlo cargado de masones no lo fuera también.

Allí mismo en Irapuato hubo cambio de guardia. El Capitán entregó la lista al nuevo Capitán, la lista contenía los nombres de las prisioneras y las prescripciones para su traslado. El nuevo Capitán se dirigió a la madre Rosa y le dijo: “Señoritas, no tengan ningún temor, estoy con ustedes, estoy a sus órdenes. Nosotras le dábamos las gracias con infinitad gratitud. Luego añadió:

Yo soy creyente como ustedes, y quiero pedirles una plegaria llena de fervor, pues estamos rodeados por tropas contrarias, tal vez tengamos un encuentro con los cristeros, pero yo sé que Dios puede hacer y deshacer cualquier plan, y un tren no se descarrila si su mano no lo permite, y ese Dios estoy seguro escuchará lo que ustedes le pidan.

Entonces nos tomamos todas de la mano y comenzamos a elevar plegarias para que Dios nos cuidara, y no permitiera que aquel tren fuera saboteado.

Cantamos de nuevo el Alabado. Los versos trascurrían:

No ha pasado por aquí                                                          

El hijo de mis entrañas

Sí señora aquí pasó,

Tres horas antes del alba.

El tren también corría feliz y confiado por las llanuras de Guanajuato. Los cristeros mientras tanto se apuraron a limpiar las vías que había regado con cuernos y huesos de vaca y a cerrar los rieles ahí donde los había abierto para que el tren pasara y se descarrilara. Habían escogido un barranca, para que  aparte de destruir el tren, sus pasajeros se murieran en el desbarranque. Pero ahora que ese tren iba cargado de monjas no estaba correcto descarrilarlo. Eso no estaba nada bien. Cristo Rey se lo iba a tomar a mal. Lo mismo su Virgen de Guadalupe. Como si matar un masón no fuera lo fuera también igual de malo.

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