En San Gabriel (cuento)
Gabriel Michel Padilla
[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato“, ubicado en la época cristera]
Luego se dio la orden de proseguir la marcha. Al llegar a la entrada de San Gabriel, nos hicieron bajar de los carros. Decían los soldados que lo hacían con el fin de darnos un pequeño escarmiento y para que la gente viera que no está correcto eso de andar de monjas.
Tantas cosas a las que se pueden dedicar, y se ponen a dedicarse a algo que no le gusta nada al Supremo Gobierno.
Por eso nos obligaron a entrar caminando por media calle. Yo para mis adentros pensaba: de nada sirve que vayamos por la calle pues toda la gente está encerrada de miedo en lo más adentro de sus casas, algunos, estoy segura, hasta a sus hijas metieron al pozo, han de pensar: si son capaces de llevarse unas monjas ¿a qué no se atreverán? Eso es lo que yo venía pensando, pero como que un soldado me adivinó el pensamiento y sin más respondió:
Yo estoy seguro que aunque las puertas estén cerradas, la gente está viendo. ¡Mire cómo las ventanas están entreabiertas! Por allí precisamente están viendo con sus ojos bien abiertos, casi se alcanzan a ver sus dientes blancos entre el claroscuro de las ventanas entreabiertas. Sí, estoy seguro de que nos están viendo más gentes de las que se imaginan.
Caminen, por favor, por el centro de la calle. Que las vean.
Una anciana que no por su exceso de años le faltaba garbo, al ver a las pobres monjas caminando por la calle, cubiertas de polvo sus cabezas, custodiadas por los militares, se concretó a clavarle la vista a un sargento y luego le dijo: ¿Qué le hacen, esas pobres monjas? Y luego le recitó muchas palabras de esas que usan los arrieros cuando les dan de pajuelazos a los burros que se quedan rezagados. El militar interpelado se concretó a inclinar la cabeza.
Llegamos a la casa de don Alberto Corona, un señor que ya conocíamos, ahí nos hospedaron. Nos trató con mucha cortesía, porque varias de sus hijas y sobrinas habían sido alumnas de nuestro colegio.
La gente de San Gabriel nos trató con mucho cariño. Antes de que llegáramos, ya habían tenido noticia de que pasaríamos, y sin perder tiempo las personas importantes del pueblo se pusieron a juntar centenarios de oro, y los pobres a colectar veintes y tostones y toda clase de moneditas, para ofrecerlas al general a cambio de nuestra libertad. Y los más pobres habían vaciado sus corrales de guajolotes para suplicarle al general que nos dejaran libres.
En cuanto el general se instaló donde iba a pasar la noche con su comitiva, se presentó una comisión para gestionar nuestra libertad.
Mire mi general, acotó un importante personaje de San Gabriel, de poco o de nada le servirán en la cárcel estas pobres e indefensas monjas. ¿Qué mal pudieron haber hecho, si al puro verles la cara empobrecida por el polvo, y sus pies enronchados de tanto piquete de zancudo, se ve que no pueden ser otra cosa que unas inocentes torcacitas? En cambio esto que usted está viendo aquí, de mucho le puede servir.
Y con el dedo señaló veinte centenarios con el ángel pintado, y dos talegas llenas de dinero que habían juntado los pobres para liberarlas.
Y los 150 guajolotes que se juntaron de todas las casas, además de una vaquillita y dos puercos, le pueden servir a su tropa para que al menos al pasar por estas tierras no se malpasen. Si considera que no ajusta lo que le estamos ofreciendo, hay vacas, de ésas que dan más de cinco litros en una sola ordeñada, hay marranos y muchas gallinas que por pena no se las hemos ofrecido.
El general se quedó mirando primero los centenarios y luego le dio un pasón a las talegas llenas de metal y también pensó en los guajolotes y las gallinas mencionadas nomás como pilón.
Por un rato parecía que tenía trabado el pensamiento, pero al final tan sólo respondió, fue todo lo que pudo balbucear:
No. Esto no se puede. Y se levantó.
Mi general, dijo el mismo que intentó conseguir nuestra libertad.
Acepten de cualquier modo, le pedimos de favor, esta comida que hemos preparado con gusto para usted y sus prisioneras.
Luego nos sentamos en una mesa grande. El señor cura se sentó en la cabecera, nosotras por un costado y los generales al otro y quedamos frente a frente con ellos.
Al iniciar la comida, el señor cura bendijo la mesa y nosotras le contestábamos, los generales también se santiguaban y nos veían con mucho respeto y como avergonzados, reinando siempre un profundo silencio. De vez en cuando hablaban algo con el señor cura y con las personas que servían la mesa, pero lo hacían como en voz baja.
El día 8 de marzo salimos para Sayula, pero esta vez el general aceptó un estipendio para que nos permitieran caminar por la banqueta y no tuviéramos que ir por media calle. En esa ocasión la gente sí salió a despedirnos, pero mientras pasábamos por las casas, se escuchaba un murmullo de sollozos de lástima por dondequiera. Mucha gente miraba desde las ventanas, otras desde las azoteas. Una niñita de escasos siete años se me acercó y me dijo:
¿A dónde vas, monjita? ¿Por qué van soldados detrás de ti?
No tuve más que responderle:
Vamos al cielo, donde hay angelitos, tan tiernos como tú.
¿También los soldados? ¿Ellos también van al cielo?
Así es, todos vamos a ir al cielo, nadie debe quedarse aquí.
Luego comenzamos a subir la cuesta después de abordar los carros a la salida de San Gabriel.
