Encantador de serpientes (cuento)
Marcela Karrillo
Todo empezó aquella mañana, cuando Sofía vio a ese hombre en el puerto; el calor era intenso; el aire fresco, que llegaba en algunos momentos, movía su cabello claro; de vestimenta elegante, dorada, brillante como el sol; su mirada era distante al horizonte. Desde que llegó en el trasatlántico, toda la gente se preguntaba, ¿es rico? Era buen mozo; llegó con varias mujeres atractivas, que siempre lo rodean; son bellas, dentro de las rarezas que tiene la belleza; cubiertas de telas finas, delgadas y luminosas; sólo se observan sus ojos; él con su voz las atraía como pieza musical; encantaba serpientes.
Sofía regresó a casa por la tarde, después de estar en el puerto; en su habitación escribe en un papel la aflicción que sentía. Venía desde la boca del estómago, recorría su cuerpo y se quedaba a habitar en su pecho. Cansada de respirar el hartazgo intenso de su matrimonio, no sabía si era emocional, entre las ganas inmensas de tirarse al viento, gritar que estaba ahogada, casi muerta, entre la testarudez de su corazón y lo que dicta la razón: ¿volver a ver?
A ese hombre del puerto no le pertenece; la razón lo sabe; esa extraña agitación se convierte en una emoción intensa y hasta en ciertos momentos pasionales, angustiosos y desesperados. Le dio la vuelta a la hoja para ver si podía conseguir escribir algo diferente, pero nada. Salió al jardín, tomó aire, se peinó el cabello; recordó cómo ese hombre en el puerto la había inquietado tanto, desde que lo vio esa mañana.
Al dejar el jardín, regresa a la habitación, se recuesta, cierra los ojos, se cubre con la manta de los pies a la cabeza, tratando de ahogar las ideas y los sentimientos que tenía, pero nada. Al día siguiente es igual o más intenso que el anterior. Ese hombre le sigue inquietando a tal punto que no controla su ansiedad y nerviosismo, cuando está su marido en casa. Leyendo algo nuevo, sentada en el sillón de la sala, para ver si se entretiene la mente y se calla, aparece otra vez la imagen de ese hombre en el puerto, con su cabello claro movido por el viento.
Con el pretexto de ser administradora de varios negocios del puerto y que la gente le conoce bien, decidió enviar una carta a ese hombre desconocido, con su empleado Everardo. En ella lo invitaba a pasar por la casa, para tomar un café y conocer los negocios a que se dedica. Le entregó la carta a Everardo. Él la puso en la bolsa de la camisa, para llevarla al día siguiente a ese hombre extraño que le tenía atrapada la mente, absorta de los sentidos. Everardo por descuido la perdió. Para no ser descubierto, redactó una nueva. Sofía desconoce el contenido.
Al regresar Everardo, Sofía pregunta si había entregado la carta. Contesta por qué le preocupa tanto. Le dijo: Creo que en algún momento estuvieron juntos, no aquí sino mucho antes de llamarse como se llaman; parece que su alma es vieja como la de él; que tienen recorridos por todo el mundo fluyendo y diluyéndose en el tiempo. Hoy lo encontró en este espacio, pero sigue allá lejos de usted. Le cree inalcanzable, a pesar de ser almas tan conocidas desde hace tanto tiempo; su realidad no es la suya, su tiempo está fuera del tiempo de él.
El plano en que se mueven, sueñan y respiran, está algo distante. Terminó diciendo que ha llegado a pensar hasta de manera bíblica: una mirada bastaría para encontrar todo aquello que vivieron hace unos siglos.
Everardo tiene familia agorera, que predice el futuro; da a conocer las vidas pasadas. La llevó a visitar a su tía Camila, bruja de las profundidades más oscuras. Para saber quién es ese hombre en su vida y por qué le tiene atrapada la mente. Para predecir, su tía utiliza unas conchas y piedras de colores; las agita en sus manos; las sopla, para luego tirarlas sobre una tela roja. Entonces sucedió.
Apareció un ángel luminoso con alas grandes y cara de porcelana. Parecía ser lucifer, el ángel más bello. Le dijo: ¿Qué quieres saber de ese hombre si todo de él lo sabes? Fue tu marido; vivieron en un lugar muy lejano de aquí ya hace mucho tiempo, en el antiguo Egipto, donde fueron esclavos hebreos. Tu alma lo reconoce, pero él ya olvidó la tuya; regresa a tu casa; deja de atormentarte; él pronto se va del puerto. En ese momento desapareció. Sólo quedó un olor intenso de inciensos y mirra en todo el lugar. Escucho a la tía de Everardo decir: Me vas a pagar ya.
Salió de prisa, corriendo del lugar hacia el puerto. El trasatlántico se fue. Observa a ese hombre cómo se aleja. Tiene vida propia, ajena a la suya. Están en planos distintos y alejados.




