Como ingeniero en sistemas, muchas veces escucho que la ciberseguridad es un tema para expertos, empresas o personas que manejan información sensible. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que la ciberseguridad es un asunto que nos involucra a todas las personas que utilizamos un teléfono celular, una red social o una aplicación de citas. No porque todos podamos ser víctimas de un sofisticado ataque informático, sino porque gran parte de nuestra información personal se encuentra expuesta sin que seamos plenamente conscientes de ello.
Vivimos en una época donde compartir se ha vuelto algo natural. Publicamos fotografías de nuestras vacaciones, mostramos dónde estamos comiendo, anunciamos nuestros viajes, compartimos momentos con amistades y familiares, e incluso revelamos aspectos de nuestra vida personal que antes permanecían en la intimidad. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué puede hacer una persona con toda esa información. ¿Qué podría descubrir alguien que observara nuestras redes sociales durante una semana? Probablemente mucho más de lo que imaginamos.
Una fotografía aparentemente inocente puede mostrar la fachada de nuestra vivienda, la placa de nuestro vehículo o los lugares que frecuentamos. Una historia publicada en tiempo real puede revelar que estamos fuera de casa. Un comentario puede exponer información sobre nuestra familia. Varias publicaciones juntas pueden mostrar nuestras rutinas diarias, los horarios en los que trabajamos, los sitios que visitamos y las personas con las que nos relacionamos. Lo preocupante es que esta información no suele obtenerse mediante complejos sistemas de espionaje o sofisticados hackeos. Muchas veces somos nosotros quienes la entregamos voluntariamente.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿realmente sabemos quién está viendo nuestras publicaciones? ¿Conocemos a todas las personas que tenemos agregadas en nuestras redes sociales? ¿Estamos seguros de que quienes siguen nuestras cuentas tienen buenas intenciones? La realidad es que internet ha eliminado muchas de las barreras que antes existían entre nuestra vida pública y nuestra vida privada. Hoy, una persona desconocida puede conocer detalles de nuestra rutina sin habernos dirigido una sola palabra.
Una vulnerabilidad amplificada para mujeres y la comunidad LGBTI
Esta situación se vuelve aún más delicada cuando hablamos de mujeres y personas LGBTI. Las redes sociales han permitido construir comunidades, encontrar apoyo y visibilizar realidades que durante años permanecieron ocultas. Sin embargo, también han sido utilizadas para acosar, perseguir, amenazar y discriminar. ¿Por qué una mujer debe pensar dos veces antes de publicar una fotografía? ¿Por qué una persona LGBTI debe evaluar constantemente qué información comparte? La respuesta es incómoda: porque todavía existen personas dispuestas a utilizar la información disponible en internet para ejercer control, intimidación o violencia.
Las aplicaciones de citas representan otro espacio donde la confianza puede convertirse rápidamente en vulnerabilidad. Muchas veces vemos una fotografía, leemos una breve descripción y creemos conocer a la persona que está detrás del perfil. Pero ¿qué tan seguros estamos de que esa identidad es real? ¿Cuántas personas verifican quién está al otro lado de la conversación antes de compartir información privada?
En algunos casos, perfiles falsos son utilizados para obtener fotografías íntimas, recopilar información personal o manipular emocionalmente a otras personas. En otros, las aplicaciones han sido utilizadas para localizar, identificar o tender trampas a personas LGBTI aprovechando la información que ellas mismas comparten.
Medidas simples para proteger nuestra vida digital
Por eso es importante adoptar medidas de seguridad que muchas veces pasamos por alto. Antes de concretar una cita con alguien conocido en línea, conviene realizar una videollamada para verificar su identidad. También es recomendable evitar compartir direcciones de vivienda, lugares de trabajo, información financiera o detalles familiares durante las primeras conversaciones. Si se acuerda un encuentro presencial, este debería realizarse en un lugar público, informando previamente a una persona de confianza sobre el lugar y la hora de la reunión. Son acciones simples, pero pueden marcar una diferencia importante.
Del mismo modo, en las redes sociales es fundamental revisar quién puede ver nuestras publicaciones, limitar el acceso a nuestra información personal, evitar compartir ubicaciones en tiempo real y activar mecanismos de seguridad como la verificación en dos pasos. Estas medidas no eliminan todos los riesgos, pero reducen considerablemente la posibilidad de que nuestra información sea utilizada de forma indebida.
Lo que más me preocupa no es la tecnología. La tecnología, por sí sola, no es buena ni mala. Lo que me preocupa es la facilidad con la que hemos normalizado exponer aspectos de nuestra vida sin reflexionar sobre las consecuencias.
Hemos aprendido a cerrar las puertas de nuestras casas, a proteger nuestras pertenencias y a tomar precauciones cuando caminamos por determinados lugares. Sin embargo, muchas veces dejamos completamente abierta la puerta de nuestra vida digital.
La mayoría de las personas cree que la ciberseguridad consiste en proteger computadoras. Yo creo que consiste en proteger vidas. Porque detrás de cada cuenta existe una persona. Detrás de cada fotografía existe una historia. Detrás de cada dato personal existe una oportunidad para que alguien lo utilice de manera responsable o para que alguien lo convierta en una herramienta de daño.
Por eso, la próxima vez que publiquemos una fotografía, compartamos una ubicación o entreguemos información personal a alguien que acabamos de conocer en internet, tal vez deberíamos hacernos una pregunta sencilla: si supiera exactamente quién está observando, ¿seguiría compartiendo lo mismo?
La respuesta podría decirnos mucho más sobre nuestra seguridad digital de lo que imaginamos.
Alex Izán Hernández
Activista Transmasculino de Honduras
alexizanhn@gmail.com




