Exégesis de la Carne

Carlos Delgadillo Macías
En la madrugada del sábado 26 de julio, aterricé en Tijuana. Dormí muy poco. Mi mente estaba inundada de ideas, que me desbordaban. Pensaba en los ritos al aire libre no sólo de culturas antiguas sino incluso de pueblos prehistóricos.
Es un error común de nuestra mente, habituada al concreto y a los muros, el concebir un templo como una estructura necesaria para la fe. Muchas culturas antiguas intuyeron que el santuario más profundo no era una construcción, sino un descubrimiento.
Era una parte del mundo natural que se reconocía como un portal, un lugar imbuido de la presencia directa y a menudo terrible de los dioses.
Esto lo expresa con claridad Tácito en su “Germania”, al describir las costumbres de los antiguos pueblos germanos:
Ceterum nec cohibere parietibus deos neque in ullam humani oris speciem adsimulare ex magnitudine caelestium arbitrantur; lucos ac nemora consecrant deorumque nominibus appellant secretum illud, quod sola reverentia vident.
“Por otra parte, no consideran propio de la grandeza de los seres celestiales confinarlos entre muros ni representarlos con forma humana; consagran bosques y arboledas, y llaman con los nombres de los dioses a ese misterio que solo contemplan con reverencia”.
Esta cosmovisión —la de un misterio divino hallado en la naturaleza y no confinado por el hombre— ha sido la clave para entender lo que me he encontrado en Baja California.
El sábado a las 10 a. m., en la comandancia de la policía ministerial del estado, me recibió el Capitán Morales. Su oficina olía a café fuerte. Había diez o doce personas, todos agentes. La frustración era palpable.
—Bienvenido, profesor —dijo, señalando una silla—. Aprecio que haya hecho el viaje. El caso está en un punto muerto.
—¿El muchacho que detuvieron? ¿El que tenía el cuaderno? —pregunté.
El capitán, un hombre moreno y grande, con rasgos toscos y curtidos, se recargó en su escritorio y cruzó los brazos. Su expresión era una mezcla de frustración y profundo cansancio.
—El muchacho. Lo apodamos “El Sapo”. Llevamos semanas con él, profesor. No sacamos nada. O es el disco rayado de la serie “Dexter”, o es un muro de silencio. Y le voy a ser franco. Yo no creo que ese muchacho sea nuestro asesino. Mis hombres tampoco.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando la voz.
—Es un chivo expiatorio. Su familia vive en la miseria, en una casa rodante. El chico apenas sabe leer y escribir, ¿y de pronto es un experto en poetas latinos? El cuaderno no es suyo, estoy seguro. Y sus dibujos… un psicólogo forense nos dijo que no son de planificación, son de terror. Son los dibujos de alguien que vio algo espantoso, no de quien lo cometió.
La revelación, aunque la sospechaba, me dejó mudo. El abismo entre la erudición del crimen y el supuesto autor era aún más profundo de lo que había imaginado. Alguien había colocado el cuaderno, había sacrificado a la niña y había dejado a ese pobre chico para que el sistema lo devorara.
Mi presencia aquí, sentí, es más un acto de desesperación por parte de la policía que una estrategia clara. Había hecho mi parte, había identificado al dios y el rito. Pero el verdadero culpable, el “Druida” de esta liturgia, seguía oculto en las sombras.
La mañana apenas comenzaba.
—Tengo que decirle, profesor, que hemos identificado algunos casos no resueltos que pueden estar involucrados con esto.
El corazón me dio un vuelco. Leí el boletín informativo y eché un vistazo a las fotografías forenses. En un canal dentro de un ejido de Mexicali habían encontrado en 2021 el cuerpo hinchado de un hombre (https://bit.ly/4ftBvH3). Y allí, pintado con un plumón, el nuevo fragmento: “In plenum semicupium…”. Era una ofrenda a Teutates. Mi predicción se había cumplido. Ya no era un teórico. Era el cronista de una plaga.
Abrí una segunda carpeta. Sentía la mirada pesada de todos los asistentes. Estaba sudando. El contenido era aún más brutal. Y más reciente, en mayo de este año. Se trataba del descubrimiento de un cuerpo completamente calcinado dentro de un vehículo incendiado también en Mexicali (https://bit.ly/4oqIUej). El fuego había sido tan intenso que la identificación fue imposible. La policía asumió un ajuste de cuentas, otro crimen del narco en una estadística sombría. Pero yo vi algo diferente. Vi la pira moderna. Vi el alueo ligneo, la “estructura” de metal y plástico que había servido como horno. Vi el tributo a Taranis, el dios del trueno.
—Doctor —dijo Morales, confundiendo mi grado académico—, estos… locos. Tienen su iglesia. Pero, ¿qué clase de iglesia? ¿Qué es esa “arboleda” de la que hablaba? Necesito entender qué buscan, qué aspecto tiene el infierno que quieren construir en mi estado.
Comprendí que ninguna descripción seca sería suficiente. Abrí mi mochila y saqué mi edición de la Farsalia.
—Capitán, lo que buscan no es un edificio. Es un estado de la naturaleza. Es un lugar donde el mundo conocido se detiene. Lucano lo describió hace casi dos mil años. Permítame leerle.
El silencio se apoderó de la sala mientras mi voz llenaba el espacio, primero en el latín rítmico y opresivo del poeta, y luego en su traducción. La lectura me dio algo de tranquilidad y seguridad. No en vano había viajado hasta Tijuana. Y tenía que transmitir algo de confianza.
Lucus erat longo numquam violatus ab aevo, obscurum et tectis frondibus atrum / hunc non ruricolae Panes nemorumque potentes Silvani Nymphaeque tenent, sed barbara ritu sacra deum, structae diris altaribus arae, omnisque humanis lustrata cruoribus arbos / si qua fidem meruit superos mirata vetustas, illis et volucres metuunt insistere ramis et lustris recubare ferae; nec ventus in illas incubuit silvas, non fulminis edita ulla fulgura; cum ramis iactantibus aera nullis sponte sua silvae se magnae commovent / adde undae nigrae colles, taxo imminente, profusae / effigies non arte humana, sed robore secto deformes, truncis et pallida tectorum tabe simulacra.
Hice una pausa y luego traduje, dejando que el peso de cada imagen cayera sobre ellos
“Había una arboleda jamás violada por el largo tiempo, oscura y negra por sus frondas protectoras. No la habitan los Panes campestres, ni los Silvanos señores de los bosques, ni las Ninfas, sino cultos bárbaros con sus ritos divinos, altares erigidos sobre construcciones siniestras, y cada árbol estaba rociado con sangre humana. Si la antigüedad, que admira a los dioses, merece algún crédito, las aves temen posarse en sus ramas y las fieras guarecerse en sus cubiles; ningún viento se abatió sobre aquellos bosques, ni los rayos producidos por el relámpago; aunque las ramas no son agitadas por ninguna brisa, los grandes árboles se mueven por sí mismos. Además, hay abundancia de agua negra en los estanques, con tejos que se ciernen sobre ellos. Las efigies de los dioses, no hechas con arte humano, sino deformes troncos de madera cortada, y pálidos simulacros carcomidos”.
Como si se tratara de una clase de universidad, les ofrecí una explicación del pasaje, con su contexto.
— Durante el asedio de Massilia (la actual Marsella) en el 49 a.C., César ordenó a sus soldados talar una arboleda sagrada cercana que era temida por los habitantes. Necesitaba la madera para fabricar máquinas de asedio. Se trataba de un nemeton celta, un locus horridus o lugar horrible.
La arboleda es un lugar primordial. Es un bosque que nunca ha sido talado, donde la luz del sol no puede penetrar. No hay ninfas ni silvanos rústicos, sino dioses crueles y sin nombre. Lucano describe fenómenos espantosos. El agua negra corre por manantiales oscuros, las efigies de los dioses son toscos troncos sin tallar, la madera no arde incluso cuando es alcanzada por un rayo y las serpientes se anudan en los robles.
Los propios sacerdotes y la gente local no se atreven a entrar excepto al mediodía o a medianoche, temiendo encontrarse con los dioses del lugar. El poeta termina su descripción con la parálisis de los soldados de César, aterrorizados por el poder del bosque.
—Dios Santo —susurró Morales—. Eso no es un lugar. Es una pesadilla.
—Exactamente —dije, limpiándose el sudor de los ojos y acomodándome el armazón de los lentes—. Y tienen que entender por qué esto era tan aterrador para un romano. Para ellos, un lugar sagrado era ordenado, cívico, un templo a Júpiter o Apolo. Este bosque es lo opuesto.
Es un locus horridus, un lugar de caos primordial. Lucano deja claro que aquí no viven los espíritus familiares de la naturaleza, ni faunos ni ninfas. Está vacío de todo lo que un romano consideraría divino y lleno de un terror sin nombre.
El poema crea un espacio donde la naturaleza, la deidad y el cuerpo sacrificado se funden en una sola cosa abominable. Este poema, capitán, era propaganda de guerra y literatura de terror para los romanos. Les decía que sus enemigos no eran simplemente otros pueblos, sino devotos de la aniquilación misma. Y esta secta ha tomado esta pesadilla literaria y la está usando como un manual de instrucciones.
Morales asintió lentamente, su mandíbula apretada. —Están buscando una pesadilla en la tierra para hacer sus ritos. —O ya la encontraron —corregí—. Y la han estado usando. Ahora debemos buscarla nosotros. Un lugar alto, antiguo, boscoso. Aislado. El dominio de Esos, Teutates y Taranis.
Vamos a la caza no de un asesino, sino de una fe. La exégesis ya no es de palabras, sino de carne. Según ha indicado el capitán Morales, en la semana nos adentraremos en la negrura de las montañas de San Pedro Mártir, donde los pinos retorcidos se recortan contra las estrellas como los troncos deformes del poema de Lucano. Al parecer, seguimos alguna pista.
¿Ascenderemos estas montañas para interrumpir una letanía de muerte que ya ha resonado antes, o simplemente para ser los testigos eruditos del primer verso de su nueva y terrible canción? Ya puedo escuchar cómo aúlla el viento de la sierra, y suena como si susurrara una respuesta en un latín que aún no alcanzo a comprender.




