Juan M. Negrete

17 de septiembre de 2022.- Lo más concentrado de lo que se celebra cada año de los festejos patrios ya concluyó. De las crónicas de los acontecimientos de los que, se dice que, nos dieron patria, falta por festinar la consumación de la independencia. Fue el día del ingreso del ejército trigarante a la ciudad de México, capital de la Nueva España. Cobijaba el asiento de todos los poderes de aquel entonces. Fue el 27 de septiembre de 1821 con esa parada militar. Dio arranque a la vigencia de un país que acababa de separar su administración pública de sus vínculos con la corona española. De entonces acá provienen los avatares a los que identificamos con los conceptos de soberanía, independencia y más yerbas.

Habría que tender mejor un cendal de misericordia y guardarlo en los mejores relicarios que posea nuestra memoria colectiva, cuando nos refiramos al medio siglo que siguió a tal fecha. Tras el logro de independencia se desataron algaradas internas. No brindaron éstas calma alguna al país recién desempacado que querían nuestros abuelos poner de pie. Una guerra civil interminable; invasiones de potencias extranjeras, empezando por los embates de la corona española, que no perdió a gusto con el desgajamiento; siguiendo luego con la agresión gringa que nos separó el enorme territorio de Texas en 1836 y luego la mitad de todo nuestro territorio norteño, que llega hasta el océano pacífico.

Después vinieron los franceses a probar fortuna en someternos. No vinieron sólo por su cuenta, también hay que decirlo así, en estricto apego a la verdad histórica, aunque este concepto de las verdades oficiales esté tan devaluado. Nuestros compinches, llamados entonces conservadores, fueron a invitar a los franceses a que vinieran a adueñarse de nuestras riquezas, para que se despacharan con la cuchara grande. Si así procedió España a lo largo de tres siglos, ¿por qué no podrían intentarlo nuevamente otros extranjeros, aunque vinieran signados con otras banderas y con otro idioma, parecido al español pero no idéntico?

En fin, no pararon nuestros desórdenes, sino hasta el momento en el que nuestro indio benemérito, el patricio Benito Juárez, ordenó que el usurpador austríaco, Maximiliano, y sus achichincles locales fueran pasados por las armas del pelotón triunfante del pueblo mexicano en el cerro de las campanas. Esto ocurrió ya en 1867. Haciendo bien las cuentas, del ingreso del ejército trigarante a la ciudad capital a la ejecución de las cabezas imperialistas, iban pasando ya cuarenta y seis años. Medio siglo de turbulencias es mucho para un país nuevo, que ni siquiera había podido poner los pies en la tierra, como debe ser.

En nuestros textos escolares se finca este esfuerzo de identidad e integración nacional. A partir de esa visión un tanto superficial, si bien unitaria y continuada en todos los foros de lo público, nos da en festejar y a gritar a voz en cuello nuestro ya famoso ‘viva México, cabrones’. Y al que no le guste, el fuste; se dice por ahí, continuando la chacota. Nos sentimos bien mexicanos, a mucha honra, y de forma estentórea lo gritamos por estos días en cuanto espacio ocupemos, sea en territorio nacional o en el extranjero. Septiembre es el mes de la patria y eso nos autoriza a dar la cara, a exhibir nuestros sombrerotes, a cascarnos los sarapes aunque no haga frío y a pintar los escenarios de verde, blanco y rojo, que por eso provenimos de la tradición trigarante.

El evento central, o si se quiere el más vistoso de todo lo que armamos para estos festejos, viene a ser el grito primero (la noche del quince) y luego el desfile militar (el mero dieciséis) por algunas arterias de la capital, pasando revista ante el titular del poder ejecutivo y sus invitados especiales. No ha variado mucho esta liturgia ancestral del poder público desde que se le fue confeccionando, a decir de los bien enterados. Parece ser que la ceremonia central de estos festejos arrancó bien a bien y se ha sostenido desde el año de 1848, una vez que se desalojó de nuestros espacios visibles del poder establecido a los ocupantes gringos que nos habían invadido y que no se retiraron sino hasta que nos despojaron ‘legalmente’ de la mitad de nuestro territorio norteño.

En los festejos de ese año se tomó la determinación de poner como fecha príncipe el diez y seis de septiembre, por su inicio, y no la del veintisiete por su consumación. Por las mismas razones, el personaje central, contemplado como protagonista clave, vino a ser el cura Hidalgo, desbancando de este sitio a Agustín de Iturbide, al que tenían endiosado nuestros mochos o conservadores, como el gran héroe de esta gesta.

Vienen siendo importantes algunas de estas aclaraciones, porque cuando se rebasan los meros límites tan escasos de la liturgia civil, el altar de la patria se contempla un tanto deslucido, austero pues, y hasta escaso de figuras. El santoral cívico no convida mucho a ingresar a tales rituales. O como diría aquel famoso cacique de Guerrero, Rubén Figueroa, la caballada está flaca. No estoy tan seguro si fue él el autor de este dicho, u otro de nuestros eximios personajes públicos, Fidel Velázquez. Para el caso viene en son de lo mismo.

Pues cerramos. Estamos a la mera mitad del mes patrio, el de los inciensos en los altares de la patria, presentes y pasados, pero ya se acabaron sus hitos históricos. La atención regresa a lo actual, a lo nuevo, a lo injusto, a lo que nos va sorprendiendo y hasta nos quita la respiración. Bienvenida pues la voluta distractora de los festejos por las viejas retahílas del poder, pero que no nos quite más el sueño. Hemos de seguir despiertos, que es lo que más nos conviene a todos, no nomás a los que andan en la trifulca por treparse a o mantenerse en los altares del poder. Salud.

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