¿Fin del estado-nación? / II

¿Fin del estado-nación? / II

Juan M. Negrete

En la colaboración de la semana anterior de este espacio, solicitamos invitar a los sufridos lectores a dar un breve paseo histórico, para ir conociendo algunos de los aspectos presentes en la conformación de la estructura del estado nacional. Ha estado presente en el mundo los últimos tres siglos, lo que justifica pasarle la lupa. Así que, seguimos.

Se inició con la referencia obligada a los estados grandes. No dijimos mucho de ellos. Eso impone entonces obsequiarnos algunos datos más, sobre ellos, para su mejor entendimiento. Con dicha denominación nos estamos refiriendo a los imperios medievales, las viejas teocracias dominantes que fueron muy parecidas al despotismo oriental. No vemos tan necesario lanzar el rastreo mucho ´más atrás, porque se pierden los ajustes, dado que tenemos al centro hoy el interés actual por entender mejor lo que estamos presenciando los días que corren.

En la antigüedad hubo muchas figuras de acomodo social. Se dieron alianzas entre clanes. Las tribus fueron las figuras sociales que prevalecieron, pero no permanecieron estáticas sino que se ampliaron con el tiempo, se aglutinaron unas con otras. De esta dinámica entre ellas surgieron las viejas polis. Las identificamos hoy como ciudades-estado. Estas viejas figuras fueron las que subsumieron a los pueblos existentes desde antiguo. Éstos no desaparecieron. O, al menos, no del todo, como lo hemos venido viendo y lo constatamos aún en el presente.

Pues bien, los nombrados como ‘grandes estados’ son las estructuras fungentes sobre todo en el medioevo. Terminaron o aglutinando o sometiendo a las antiguas ciudades-estado. A ellos los vino a sustituir el estado-nación. Se diferenciarán aquellos de éstos, sobre todo por no haber creado una banca estatal. Funcionaron siempre con déficit financiero crónico. Para solventar sus grandes gastos acudieron siempre al empréstito particular. Sostuvieron guerras permanentes y ejércitos costosos. Armaron expediciones, cruzadas y, sobre todo, un aparato protocolario muy voluminoso. Hay que insistir pues en su dinámica financiera: al no poseer una cartera propia eficiente, negociaron siempre los costos de sus empresas con fueros y prebendas.

Los ejemplos mejor conocidos de estos tales grandes estados vienen a ser España, Roma y el Imperio turco -otomano. También aludimos a la experiencia concreta de Savonarola. Éste se propuso construir en la ciudad de Florencia un modelo de democracia directa. En el fondo trataba de restaurar el modelo de la vieja polis ateniense. No había otro referente histórico conocido, al cual recurrir. Roma lo interpretó como desobediencia y contestó con la excomunión. (1496)

Expusimos además que tras la paz de Westfalia de 1636, un pacto generalizado de tolerancia entre los pueblos y al que se recurrió tras la larga guera de los treinta años, se construyó el primer modelo de estado-nación, denominado latino. Fue el primero y se exportó a todo el mundo. Este formato despertó el interés de los pueblos bajos por caminar a una revolución, que preconizara el beneficio colectivo, a cargo del estado y aún la desaparición del estado mismo. Todavía no se predicaba el socialismo, pero hacia él parecían tender sus esfuerzos. Sus banderas centrales tremolaban el colectivismo y el cooperativismo, respetando desde luego las viejas tradiciones de los pueblos.

La presencia de este formato, que pronto fue adoptado por muchas corrientes populares, sirvió de presión, con la que se le limó el filo a las uñas del capitalismo también emergente. El ejemplo más claro, de inicio, fue la república alemana de Bismark: estado social o benefactor. Pero al igual que antes señalamos las revoluciones burguesas que dieron origen al estado-nación capitalista, puede indicarse aquí un listado de revoluciones populares cuyo objetivo tendió a la construcción del socialismo.

Anteriores a la construcción del estado alemán de Bismark hubo dos intentos de revolución social: las revueltas de 1848, en Berlín-Frankfurt y en Baden, que fueron derrotadas. Habría que señalar también la revolución que incendió la comuna de París, en 1871, que fue cauterizada. El capitalismo europeo efervescente no estaba para tolerar lo que calificaba como ‘desvíos’ revolucionarios.

Tras estos dos ensayos fallidos de revolución social habrá que apuntalar, aparte de la república del bienestar prusiana, a otras dos experiencias. Una, La gran experiencia de revolución social que vino a ser la revolución de octubre o bolchevique de 1917. Esta dio origen al primer experimento socialista y sacudió los cimientos de lo que construía con furia en el mundo occidental el capitalismo, que es el tan cantado estado-nación o estructura nacional capitalista.

El otro experimento social es nuestra revolución mexicana, que incendió al país desde 1910 hasta 1917, y que concluyó con el pacto social contenido en la promulgación de la constitución de Querétaro del año de 1917. Como es tema que conocemos en casita mejor que otras lecciones históricas, juzgamos pertinente dedicarle más espacio. Trasladaremos entonces su análisis más detallado para la próxima entrega. Y que conste que lo prometido es deuda.

El crecimiento y expansión del capitalismo en el mundo conoció varios frenos sólidos. El primero que habría que señalar debería ser el de la competencia endógena. Tanto los capitalistas británicos como los franceses, los portugueses y los alemanes se esforzaron siempre por conquistar territorios e imponer sus intereses en los territorios de los estados vecinos y aún en los lejanos. Esta dinámica de confrontación les metió en confrontaciones dolorosas y sangrientas, que no conocen parangón en la historia humana. Baste mencionar las dos guerras denominadas como mundiales, para no ir más lejos. Le seguimos.