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Fratelli tutti (Todos hermanos)

Fratelli tutti (Todos hermanos)

Más allá de lo meramente religioso y sociológico de la encíclica Fratelli tutti (Todos hermanos), el Papa Francisco encamina su pensamiento, “con sabor a Evangelio”, a partir de las enseñanzas de San Francisco de Asís, al corazón del hombre, en busca de la amistad y fraternidad entre los humanos.

A continuación entresaco y resumo algunos de los puntos sobresalientes y que de una u otra forma pueden ser aplicables al caso mexicano: San Francisco –dice el Papa en referencia a lo que ocurre hoy en el mundo– “no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas; comunicaba el amor de Dios para ayudarles a ser más ellos mismos cuando se sufrían guerras sangrientas entre familias poderosas, al mismo tiempo que crecían las zonas miserables de las periferias excluidas”.

De entrada afirma que cuando redactaba esta carta, irrumpió la pandemia de Covid-19 y “dejó al descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente”. A pesar de estar hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos. Afirma que el virus despertó durante un tiempo la consciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal de uno perjudica a todos.

Puntualiza más adelante que “con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos. Pero olvidamos pronto las lecciones de la historia. “Pasada la crisis sanitaria la peor reacción sería la de caer aún más en la fiebre consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo nosotros. Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia el que no hayamos sido capaces de aprender. “Ojalá que tanto dolor no sea inútil y que demos un salto hacia una nueva vida… y más allá de las fronteras que hemos creado”

Durante décadas parecía que el mundo había aprendido de tantas guerras y fracasos y se dirigía lentamente hacia diversas formas de integración. Por ejemplo, avanzó el sueño de la Unión Europea, capaz de reconocer raíces comunes y de alegrarse con la diversidad que la habita, que era la firme convicción de los Padres fundadores, pero la historia da muestras de estar volviendo atrás y, “penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social por un supuesto nacionalismo, en tanto se habla de abrirse al mundo”, pero que no es sino una cooptación de la economía y las finanzas, donde los intereses extranjeros, con el fin de imponer un modelo cultural único que divide a las personas y a las naciones, nos globaliza, “nos hace más cercanos pero no más hermanos”, porque se favorece al más fuerte y licua la identidad de las regiones más débiles y pobres haciéndolas más vulnerables y dependientes de las transnacionales que aplican el “divide y reinarás”.

Advierte del fin de la conciencia histórica, de esa penetración cultural, una especie de “deconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero. Esos entes dominantes necesitan a las personas vacías, desarraigadas, desconfiadas de todo, para que sólo confíen en sus promesas y se sometan a sus planes. Así funcionan las ideologías de distintos colores, que destruyen —o se construyen— todo lo que sea diferente y de ese modo pueden reinar sin oposiciones. “Para esto necesitan jóvenes que desprecien la historia, que rechacen la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones, que ignoren todo lo que los ha precedido”.

La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores. Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar, y se niega a otros el derecho a existir y a opinar. Para ello se acude a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad, sus valores. De este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la prepotencia del más fuerte. La política ya no es así una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común. Son “recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación.

“En esta pugna de intereses que nos enfrenta a todos contra todos, donde vencer pasa a ser sinónimo de destruir, ¿cómo es posible levantar la cabeza para reconocer al vecino o para ponerse al lado del que está caído en el camino? Un proyecto con grandes objetivos para el desarrollo de toda la humanidad hoy suena a delirio.

“No se considera a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si ‘todavía no son útiles’ —como los no nacidos—, o si ‘ya no sirven’ —como los ancianos—. Nos hemos hecho insensibles a cualquier forma de despilfarro de los alimentos, que es uno de los más vergonzosos”.

Medita sobre el envejecimiento de las poblaciones, “junto con el abandono de los ancianos a una dolorosa soledad, es un modo sutil de expresar que todo termina con nosotros, que sólo cuentan nuestros intereses individuales. Así, «objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos. Vimos lo que sucedió con las personas mayores en algunos lugares del mundo a causa del coronavirus. No tenían que morir así”, y terminan privando a los jóvenes del necesario contacto con sus raíces y con la sabiduría que la juventud no puede alcanzar por sí sola. También apunta que este descarte “es como una obsesión por reducir los costos laborales”, sin advertir las graves consecuencias, porque el desempleo que se produce “tiene como efecto expandir las fronteras de la pobreza”. El descarte asume formas miserables que creíamos superadas como el racismo y sus expresiones que vuelven a avergonzarnos”.

Sobre los derechos humanos universales señala el Papa Francisco que donde se respeta la dignidad del hombre, florecen la creatividad y el ingenio y el humano despliega sus múltiples iniciativas a favor del bien común. Pero en el mundo persisten numerosas formas de injusticia, nutridas de visiones antropológicas reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, y que es un hecho que “doblemente pobres son las mujeres que sufren exclusión, maltrato y violencia”, porque se encuentran con menos posibilidades de defender sus derechos.

En el apartado “Sin dignidad en las fronteras”, la encíclica se refiere a los derechos que tienen las crecientes migraciones en el mundo ante la falta de oportunidades, por pobreza extrema o simple sobrevivencia de miles que escapan de lugares en conflicto. Lamenta su utilización, lo mismo con fines políticos que de cooptación, por parte de grupos criminales como traficantes de personas y de drogas, independientemente del fomento de la xenofobia por parte de grupos de interés y personas.

Sobre la comunicación y el mundo hiperinterconectado, menciona el Papa algo que no tomamos suficientemente en cuenta e implica graves riesgos, y que mientras haya actitudes cerradas e intolerantes, se acortan o desaparecen distancias hasta que deja de existir el derecho a la intimidad. “Todo se convierte en una especie de espectáculo que puede ser espiado, vigilado, y la vida se expone a un control constante. En la comunicación digital se quiere mostrar todo y cada individuo se convierte en objeto de miradas que hurgan, desnudan y divulgan, frecuentemente de manera anónima. El respeto al otro se hace pedazos y, de esa manera, al mismo tiempo que lo desplazo, lo ignoro y lo mantengo lejos, sin pudor alguno puedo invadir su vida hasta el extremo”, por un lado y, por el otro, que hay movimientos digitales de odio y destrucción, sin percibir que hay “riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas” que eximen del cultivo de una amistad, de reciprocidad estable. En cambio, se fomenta el individualismo, la xenofobia y el desprecio de los débiles y, en suma, que lo digital “no basta para tender puentes, no alcanza a unir a la humanidad”.

En cambio, previene contra el aislamiento consumista y cómodo. Esa comunicación constante y febril “favorece la ebullición de formas insólitas de agresividad, de insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos verbales hasta destrozar la figura del otro, en un desenfreno” que existiría en el contacto directo. La agresividad social encuentra en los dispositivos móviles y ordenadores un espacio de ampliación sin igual. Esto ha permitido “que las ideologías pierdan todo pudor”; lo que hasta hace poco no podía ser dicho por alguien sin el riesgo de perder el respeto de todo el mundo, hoy puede ser expresado con crudeza, aun por autoridades políticas, y permanecer impune. El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo…, y estos circuitos cerrados facilitan la difusión de noticias falsas fomentando prejuicios y odios. La situación se da aun en personas religiosas, “sin excluir a los cristianos que pueden formar parte de la violencia verbal a través de Internet”…. Aun en medios católicos se pueden perder límites, se suelen naturalizar la difamación y la calumnia y parece quedar fuera toda ética y respeto por la fama ajena”.

Próximamente habrá oportunidad de dar a conocer más sobre la extensa  encíclica papal.

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Acerca del autor

Felipe Cobián Rosales

Ex jefe de Información de Notisistema y Noticentro. Excorresponsal de Excelsior, La Jornada y Proceso. Fundador de Semanario Diez y Proceso Jalisco.

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