Grandezas de Nueva Galicia / XXVII

Grandezas de la Nueva Galicia / XXVII

Gabriel Michel Padilla

Zapotitlán indios a caballo lo reciben con arcos y flechas

llegó temprano al pueblo y convento de Zapotitlán, tres leguas de Teuhtlán; salieron a recibirle muchos indios de a caballo y otros de a pie, en trajes de chichimecas con sus arcos y flechas, dando gritos y alaridos y espantando los caballos, salió asimismo todo el pueblo con música de trompetas, flautas, y chirimías y con ello y una danza, llegó a la iglesia y convento a donde acudieron los indios de las guardianías con ofrendas de bagres, truchas, melones, plátanos, piñas y pan de Castilla.

El convento es de aposentos bajos, hechos de adobes y cubiertos de terrados, la iglesia de lo mismo, cubierta de paja, su vocación es de Santa María Magdalena; moraban en él dos religiosos, visitólos y detúvose allí hasta otro día por la tarde. El pueblo es de mediana vecindad, no hay en él agua, tráese a cuestas de un río, grande trecho de allí: tienen los indios tres cisternas grandes junto al convento, las cuales antiguamente se henchían de buen agua que traían encañada desde la sierra, pero con un terremoto se hundió el manantial y se fue el agua por otra parte, y los aljibes quedaron perdidos, pero el padre Comisario dio orden a los indios para que los limpiasen y aderezasen y se hinchasen cada año de agua llovediza, porque habría harta para el pueblo; hay en aquel pueblo muchos zapotes de los comunes, y muchos de los árboles que llevan la fruta llamada bonetes de abad. Los indios de aquel pueblo y los demás de la guardianía hablan una lengua particular, excepto los de uno llamado Amollan, que hablan otro diferente, pero los más entienden la mexicana, y en ella se confiesan y se les predica y caen todos en la jurisdicción de México y en el Obispado de Xalisco; en la visita de aquella guardianía se cogen algún trigo, y en otra moraba un español.

Cuatro leguas de Zapotitlán, está una sierra muy alta que todo el año tiene nieve, poca o mucha, y no muy lejos de ella está un volcán que de cuando en cuando echa de sí mucho humo, óyese dentro del volcán muy gran ruido y tiembla algunas veces la tierra en sus alrededores, parécense mucho al volcán, y a la sierra nevada junto a México, aunque por las profundas barrancas que hay en su circuito no se puede subir a lo alto.

Hechiceros, fuego misterioso apagado con agua bendita

Hay entre los indios de aquella guardianía (según certificaron al padre Comisario) muchos hechiceros y ora fuese por sus hechicerías, ora por alguna virtud y secreto de la naturaleza o por otra vía sobrenatural, sucedió estando un indio cavando un hormiguero allí en Zapotitlán para sacarle de cuajo, en las casas de la comunidad, hecho un hoyo que le llegaba hasta la cintura, salieron del mimo hoyo tantas y tan grandes llamas de fuego, que hicieron salir al pobre indio de muy prisa, y más que de paso, saltando y dando voces, a las cuales acudió el alcalde mayor, y vio salir las llamas y viendo que no cesaban, hizo traer agua bendita, y echándola dentro del hoyo cesaron y luego le mandó a cegar.

Remolinos, llamas de fuego en el hospital, bulto negro grande

A este mismo alcalde mayor le cogió una vez, según él mismo contaba, un torbellino o remolino tan recio, que lo llevaba tras sí y le levantaba de la tierra de tal manera, que tuvo necesidad de asirse muy fuertemente a un poste; y aun los frailes de aquel convento certificaron que vieron una noche grandísimas llamas de fuego en el hospital, que está junto al mismo convento, que parecía quemarse todo, y que habiendo ido a ver lo que era, no hallaron ni llama ni fuego ninguno, sino un bulto negro y grande, el cual se les desapareció delante de sus ojos.

Capítulo 15 (89)

De un monstruo que nació en el pueblo de Zapotitlán  

En aquel convento de Zapotitlán moraba un religioso sacerdote, el cual certificó al padre Comisario, afirmándolo con juramentos, que a veinticuatro de febrero del año ochenta y seis, día de San Mathías, pario una india de aquel pueblo llamada Elena, un monstruo, el cual se baptizó, y le puso por nombre Pablo, y vivió doce horas. Tenía este monstruo la proporción y particularidades siguientes, las cuales son bien de notar: la cabeza era hechura de un sombrero de copa muy alta, la frente tenía muy grande y salida en demasía, y algo blanca, las sienes muy hundidas, los ojos de color azul, y las niñetas negras y sin cejas ni pestañas; las narices tenía muy chicas y chatas, y los carrillos muy grandes y muy salidos, y la boca asimismo muy grande y muy abierta, tenía las orejas debajo de los carrillos, y no tenía pescuezo ninguno; desde lo alto de las espaldas, hasta lo bajo de los lomos está cubierto de cabello negro, algo largo y por debajo de este cabello le iba un hueso delgado, en toda la cabeza no tenía hueso ni casco, sino todo era carne y sus brazos y manos eran pequeños y bien proporcionados, pero sin canillas ni huesos; la barriga y el vientre con el pecho era de hechura de un costal, sin costilla ninguna sino solo dos huesos en el pecho, tenía el miembro viril muy pequeño y los testículos muy grandes, las piernas pequeños y bien sacados, pero sin canillas ni huesos, como los brazos y las manos, medida la cabeza era mayor que el cuerpo, con pierna y todo; vieron este monstruo muchas personas, y el padre que  le baptizó sacó dél un retrato y se le dio al padre Comisario, y de él se saco el que va puesto aquí.

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