Hispanistas e indigenistas, un juego de espejos

Hispanistas e indigenistas, un juego de espejos

Carlos Delgadillo Macías

Recientemente, con la visita a México de Isabel Díaz Ayuso, se desató tanto en México como en España una discusión sobre la Conquista y la Colonia. Por un lado, los que comparten la interpretación de la alcaldesa de Madrid, tienden a defender la Conquista como un proceso civilizador que dio origen a lo que hoy conocemos como México. Los excesos de Hernán Cortés y los conquistadores, según esta postura, no deberían juzgarse desde parámetros morales actuales. Lo que tendría que valorarse es la Hispanidad, esto es, la herencia de lo español en América y la conformación de una gran comunidad con rasgos identitarios como la lengua española y también el cristianismo. Frente a esto, los hispanistas suelen apuntar hacia los aspectos que podrían juzgarse como “incivilizados” o “salvajes” de civilizaciones como la mexica. Mencionan los sacrificios humanos o las prácticas rituales de antropofagia. En esto muchas veces se olvidan de su mismo principio de no trasladar al pasado los marcos morales del presente. Son indulgentes con Cortés, pero implacables con Moctezuma.

En el bando opuesto tenemos a los indigenistas, que en este tema suelen destacar más bien las crueldades de los conquistadores españoles, las matanzas, la destrucción de códices, la ejecución de líderes como Cuauhtémoc, la anatematización de las religiones indígenas como herejías, el fanatismo cristiano, la ambición de riquezas, el abuso, el expolio y la explotación del Imperio español en América. Contra los señalamientos del sacrificio humano y la antropofagia suelen responder ya sea de manera similar a los hispanistas, con el argumento de que no se puede juzgar lo antiguo desde lo actual. O, como el expresidente Andrés Manuel López Obrador en su libro “Grandeza”, llegan incluso a negar que hayan existido prácticas así en Mesoamérica, incluso en contra de las evidencias históricas y antropológicas. En lugar de eso, plantean escenarios con cierto tono idílico sobre las formas de convivencia vigentes en los siglos anteriores a la llegada de los españoles. Los pueblos originarios habrían tenido un mayor contacto con la naturaleza, sus sociedades habrían sido más igualitarias y menos violentas, hasta que los conquistadores, que aquí serían realmente los “bárbaros”, destruyeron su cultura.

Se dibuja así un escenario binario, de oscuridad y luz, bien y mal, cultura y salvajismo. Los hispanistas intentan argumentar que la Conquista y la Colonia significaron un progreso. Los indigenistas, en cambio, presentan ese proceso como una desgracia generalizada. Es una herida abierta y lo mejor que podríamos hacer es recuperar lo más posible la herencia prehispánica. Una visión similar fue la que condujo al expresidente López Obrador a enviar la ya famosa carta al rey de España, buscando unas disculpas que nunca llegaron y que terminaron por provocar una crisis diplomática que apenas hoy, siete años después, parece distenderse.

El indigenismo mexicano suele enlazarse con el nacionalismo. Finalmente, el proyecto criollo de Independencia retomó símbolos y motivos indígenas, como el águila y la serpiente del mito mexica. Y presentó el proceso libertador como un ajuste cuentas contra los invasores españoles. Fue una forma de construir una identidad propia, distinta de lo peninsular. Reivindicar lo indígena significó apoyar el proyecto de la nueva nación independiente. Lo indígena pasó a ser lo “propio”, frente a lo español, que sería “ajeno”. Por supuesto, la realidad del mestizaje no permite caer en un esquema tan sencillo. México no es un país ni indígena ni español, sino esencialmente mestizo. No podemos decir con propiedad que “nos” conquistaron o que nosotros “conquistamos”. Ni la Hispanidad ni el indigenismo a ultranza recogen con justicia la identidad mestiza que nos caracteriza.

Entendemos que en México hay grupos que se identifican más con lo español, por lo regular en los sectores conservadores y ultraconservadores. Y también que el indigenismo tiene más presencia en la izquierda. Esto agrega otra capa al conflicto. Ya no sólo el nacionalismo está implicado, sino que también la pugna identitaria permea en los partidos y las posiciones políticas. No es casualidad que los que invitaron a Ayuso hayan sido del Partido Acción Nacional (PAN). Y tampoco lo es que quienes hayan apoyado a López Obrador en su diferendo con la Corona española se alineen en la izquierda, ahora convertida en oficialismo.

Y quizá ese contraste sea realmente una consecuencia de la realidad mestiza: finalmente es el mestizo el que puede optar por una u otra alternativa, por el hispanismo o el indigenismo, porque no está identificado o definido irremediablemente por uno u otro. El mestizo no es un español ni un indígena. Su identidad es diferente y no es la mera suma de ambos factores. En cierto nivel de su consciencia política y cultural puede cargarse hacia uno u otro polo, pero en el fondo es algo diferente. El mestizo habla un español mestizo, su catolicismo es un catolicismo mestizo. Su gastronomía, sus fiestas, su cultura completa no es ni española ni indígena, sino aquella que se ha fraguado en siglos de combinación y recombinación constantes.

Quizá sea muy mestiza la tendencia a participar en el debate de lo español o lo indígena. Quizá también sea muy mestizo el conflicto entre reivindicar o condenar la Conquista o entre condenar o valorar la herencia indígena. El mestizo, siendo algo diferente, pero con fundamento en ambos mundos, no puede evitar ese choque dentro de sí. Su mismo ser está abierto a la diferencia, la lucha de opuestos, la reconciliación y la pugna renovada. Siempre está en construcción, nunca está terminado o acabado, integra, desecha, reformula, codifica y resignifica. El hispanismo y el indigenismo son para él sólo un terreno de disputa más, donde se juega, como apuntó Bolívar Echeverría, su propia identidad evanescente.