Hurgar con catalejos
Amado Aurelio Pérez
José Watanabe una propuesta interdiscursiva en la literatura peruana.

La osadía lo ha convirtió en referente ineludible que revela la atmosfera de los poetas pilares de la literatura peruana: Vallejo, Eguren, Enrique Verástegui, María Emilia Cornejo, Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruíz y Vladimir Herrera. En una fase posterior, que trascendió a los grupos y se volcó más al formalismo, la generación de poetas peruanos del 70 dio admirables frutos con las obras de Luis Alberto Castillo, Luis La Hoz, Juan Carlos Lázaro, Carlos López Degregori y Mario Montalbetti.
Watanabe, entre los poetas peruanos del 70, es un poeta basilar, la profunda relación de la tríada poesía-mito-símbolo, toma conciencia del propósito de ruptura con la tradición poética peruana anterior, en su poesía se mantuvo independiente de todo el trajín político que afectaba a su país, lo cual se hace evidente en su poesía.
En ella, las preocupaciones de la época si aparecen, pasan inadvertidas. Es más bien producto y gracias a sus vivencias e íntima forma de escribir que gana en 1970 el primer premio del concurso Poeta Joven del Perú con el poemario Álbum de familia (compartido con Después de caminar cierto tiempo hacia el este de Antonio Cillóniz).
Hijo de uno de los miles de inmigrantes japoneses que fueron a trabajar a los latifundios azucareros de la costa peruana, José Watanabe Varas (1945-2007) voz única que fusiona el coloquialismo con la reflexión oriental, influenciada por haikú.
Los versos que Watanabe creaba eran el resultado de un trabajo ingenioso, minucioso y depurado. Hay mucho tiempo, esfuerzo y paciencia detrás de cada una de sus estrofas, pero el resultado es siempre una obra que sorprende y conmueva a todo el lector, incluso a aquellos que no tienen mayor experiencia o contacto con la poesía, se deslumbraran con el par de poemas que pongo a su consideración:
El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
El lenguado.
Soy
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. Soy
un pequeño monstruo invisible
tendido siempre sobre el lecho del mar.
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy
una palada de órganos enterrados en la arena
y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.
Lamentablemente, la poesía laboriosamente rara, por sus singularidades, precisamente, no tiene difusión en las pocas librerías de la ciudad.