Hurgar con catalejos

Hurgar con catalejos

Amado Aurelio Pérez

1990aapc@gmail.com

Sonido de gardenias (BUAP, 2023)

El más reciente libro de poemas de Víctor Toledo es una apuesta por la memoria que transita por los diversos territorios que el poeta ha conocido a lo largo de su vida, entre ellos y el más entrañable: el origen, las raíces del autor.

Visto desde hoy, el título de esta obra, remite inmediatamente, en el ámbito literario, a lo amado, lo vivido o soñado. La obra alcanza la mística y mítica de nuestro ser mexicano, como se afirma en la cuarta de forros.

Víctor Toledo nació en Córdoba, Veracruz, es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM (1985) y Doctor en Filosofía y Filología Rusa en la Universidad Estatal Lomonósov de Moscú (1991). Ha sido merecedor de premios y distinciones como: M. H. Premio Regional de cuento (Córdoba, Veracruz en 1973), Premio Nacional de Poesía Joven (INBA, 1983), ha sido becario también por el Centro Mexicano de Escritores entre los años 1984-85, por el Instituto Nacional de Bellas Artes en 1986; becario CONACULTA-FONCA de Puebla, Creadores con trayectoria, Poesía, (de 1997 a 1998) y Veracruz (de 1998 a 1999); becario de traducción del CONACULTA (poesía del ruso al español en 2003) y merecedor de la Medalla de Honor Presidencial del Gobierno de Chile, centenario Pablo Neruda en 2004.

                     CARMELITA

Carmelita era un hada vieja,
Convertida en rigurosa institutriz
De una hacienda porfiriana de Tlaxcala.
Era muy blanca con elegante porte y cabellera de alba ensortijada.
Su altura se detenía un poco en sus severos lentes
Que enmarcaban la prosélita mirada.
Llegó a Córdoba desterrada por la Revolución
Maestra genial, mi abuelita le rentaba
Un galerón donde enseñaba
Todos los grados de primaria y secundaria
Separados por grupos en bancas de traviesas
Y traviesos.
Ella iba recorriendo el «salón», repasando problemas y lecciones
Enseñando todas las materias, de historia a matemáticas.
El lugar estaba todo el día iluminado
De niños reprobados o atrasados
Que recuperaba milagrosamente (cobrando centavitos)
También iban los niños ambiciosos (o de padres estrictos)
Para asegurar el primer sitio
De la escuela oficial.
Era un poco mi caso (por mi madre tehuana)
Pero la realidad es que fui adoptado por ella y encantado
Por sus clases de historia fabulada, donde el gigante Maxtla
Era mi héroe favorito.
Antes de entrar a la primaria
Ya sabía leer, y hasta que recuperé mi libertad de niño
(Las tardes de juegos, ya algo tarde,
En las mañanas iba yo a mi escuela,
Después de la comida a Carmelita)
No dejé de obtener el primer lugar.
Un día, como a los cinco años, vislumbré por primera vez el Paraíso:
Al pasar por el salón del hada, desde afuera, vi un color maravilloso
Que brotaba con profunda sinestesia:
Esa luz se vertía en música silenciosa y perfumada.
Desde entonces me convertí en su alumno consentido
Hechizado por aquella luz sonora en su fragancia.
(No le cobraba a mamá
Su pago era el orgullo por mis logros en la escuela de gobierno).
Cuando crecí, por el cuarto año de primaria,
Le dije a mi madre que no iba a ir más con Carmelita
Pues me perdía los fabulosos
Juegos y rondas de las calles de mi barrio
Quería también disfrutar de mi niñez vital
Que ya era muy libresca
(Por cierto, la Maestra
acostumbraba un ejercicio:
Daba en voz alta —para todos— una serie larga de números
Que establecía restar, sumar, dividir, sacar quebrados —mentalmente—
Era un concurso diario, y quien decía al final
Primero el resultado
Triunfaba, llevándose unos dulces.
Yo gané varias veces porque el número
Lo dictaba una voz: el relámpago de una intuición,
Como ahora me dicta el universo la poesía).
Cuando abandoné la escuela maravillosa
Del hada vieja Carmelita
Jamás dejé de sentir
Su honda mirada de reproche.
Libre quedé
Pero desamparado.