Hurgar con catalejos
Amado Aurelio Pérez
1990aapc@gmail.com

Leer no es sólo ejercitar narcisista o automáticamente un tipo de instrucción adquirida.
(…) Qué importa que este fuego puro se haya limitado a consumirse en sí mismo. Ha querido sinceramente ser puro. Y esta pureza la ha intentado en todos los planos posibles: amor, espíritu, sexualidad.
Antonin Artaud Surrealismo y Revolución Conferencia pronunciada en la Universidad de México 26 de febrero de 1936
Hoy “se lee y no se lee”. Esta afirmación es interesante, por un lado, por su condición paradójica. ¿Cómo es posible que “se lea” y “no se lea” al mismo tiempo en una coyuntura, cultura o sociedad determinada o aun en términos atemporales?
En enero del 1936, Antonin Artaud (1896-1948); decepcionado por el desarrollo de la civilización europea, decidió embarcarse rumbo a México, motivado por la idea de encontrar los principios vivos de una auténtica cultura. Artaud, tenía la creencia que la Revolución Mexicana de 1910 había resucitado la civilización prehispánica. “No fui a México a hacer un viaje de placer, fui a encontrarme con una raza que pudiera entender mis ideas”, dejó escrito en su libro: Viaje al país de los Tarahumaras.
Artaud, buscó la “raza-principio” que vivía en “la montaña de los signos”, donde “los grandes mitos antiguos vuelven a ser actuales” y “no existe pleitesía a un Dios” sino “al principio trascendente de la naturaleza” que une “las fuerzas del Macho y la Hembra, representadas por las raíces hermafroditas del peyote”.
Varios artículos dispersos referentes a su viaje a la sierra tarahumara, reunidos en México bajo el titulo Viaje al país de los tarahumaras, por Luis Mario Schneider, así lo testifican las cartas dirigidas a Jean Paulhan y a ministros franceses, explicando los motivos de su interés en viajar a México. “No me parece malo […] que alguien vaya a investigar lo que queda en México de un naturalismo en plena magia”, escribe a Paulhan, mientras que al ministro de Relaciones Exteriores y al de Educación intenta convencerlos, en aras de conseguir apoyo económico, con la tesis de que el país americano y su filosofía concreta tenía mucho que ofrecer a los franceses.
La relación entre Artaud y México no comienza en 1936, a partir de su desembarco en el puerto de Veracruz, aquel 7 de febrero, sino mucho antes; cuando, desilusionado de la cultura europea, Artaud abriga esperanzas y confía en que México le aportará al hombre occidental un conocimiento perdido.
Finalmente, después de tres meses de buscar apoyos y mantenerse fiel a la postura más interesante de sus intuiciones, en la relación con la cultura; Artaud reflexiona y particulariza; “la cultura no está en los libros, ni en las pinturas, ni en las estatuas, ni en la danza, está en los nervios y en la fluidez de los nervios, en la fluidez de los órganos sensibles”. Y esto lo atestiguan los “antiguos mexicanos”, quienes, según el dramaturgo francés, no separaban la cultura del conocimiento personal integrado al organismo; era en sus órganos y en sus sentidos donde habían aprendido a llevar la cultura.
Postura que rompe con los postulados en boja en las vanguardias literarias de la tercera década del siglo XX. El rito del peyote entre los tarahumaras relata los ritos, su experiencia al consumir la planta sagrada y las posteriores reflexiones a las que llegó. Después de que le ofrecieran, en dosis precisas, peyote, Artaud se sintió “volteado y revertido al otro lado de las cosas”. “Jamás un europeo aceptará pensar que lo que ha sentido y percibido en su cuerpo, la emoción que lo ha sacudido, que la idea extraña que acaba de tener […] no fuera suya”. El tarahumara, según Artaud, sí, y no sólo eso, sino que sabe distinguir entre lo que es suyo y lo que es de otro. (la divinidad).
pho ti ti ananti phatiame
fa ti tiame ta fatridi
(…)
Señor Latrémoliere, ya no creo en los demonios del infierno como creía hace dos años cuando llegué aquí. Porque justamente no quiero tener el cerebro obstruido por todas esas fantasmagorías de iluminación y de mística sagrada. Me di cuenta de que el ser del hombre, tal como somos en este mundo, no comprende nada. No podemos abordar esas cuestiones en el plano terrestre y de la vida, porque el hombre, como somos nosotros y como yo, es demasiado pequeño para esos problemas.




