HURGAR CON CATALEJOS
Amado Aurelio Pérez

LOS ESTRATOS SOCIALES Y LA OBRA DE J. JESÚS MORALES VÁZQUEZ
El pasado 30 de enero, tuvo lugar la presentación social de un libro, singular: MOLONCOS, antología de prosas poéticas, de J. Jesús Morales Vázquez, autor originario de Agua Rica, delegación de Tacotán, municipio de Ixtlahuacán, Jalisco.
Lugar donde tuvo lugar la fundación de la tercera Guadalajara, actual capital del Estado de Jalisco.
Las prosas poéticas se caracterizan por explorar temas como el amor, la naturaleza, la soledad y la búsqueda de la belleza. Su estilo poético nos remite, por su musicalidad y su uso de imágenes evocadoras de la identidad popular, a buscar una explicación diferente de aquella formula acuñada por las elites políticas, que fue ente vacío imposible de definir.
Además del modernismo y el simbolismo, la prosa poética de nuestro autor, J. Jesús Morales, se nutre de las enseñanzas de Juan Ramón Jiménez, también influenciado por corrientes vanguardistas como el surrealismo y el ultraísmo. Estos movimientos literarios, surgidos en la primera mitad del siglo XX, buscaban romper con las convenciones literarias establecidas y explorar nuevas formas de expresión. Jiménez experimentó con la escritura automática y la yuxtaposición de imágenes en sus poemas, creando así una poesía más libre y vanguardista.
En esta edición, liderada por el profesor Michel, destaca el enfoque colaborativo, en el prefacio presenta reflexiones desde diferentes posiciones del sujeto frente a su cultura. Se incluyen visiones y formas de generar conocimiento identificado tanto por etnia como por la relación con el territorio de origen del autor.
Las trasgresiones del autor de Moloncos, fueron detectadas desde la publicación del primer libro con nombre Tochi, editado también por el presentador y seleccionador del título que nos ocupa, Rene Michel, que, en la nota introductoria, destaca, “Moloncos se concibió, entre tazas de café y denso humo de cigarros Delicados sin filtro”.
Tochi vio la luz en el pueblo mágico de Tequila, hace una década, y para ser justos hay que señalar, que una historia de amor – para que se entienda- debe ser leída en el contexto de su época de producción, no en el de su aparición como libro; Después de dos décadas, el libro, como usted amable lector sospecha, corrió por caminos sinuosos, para combatir las ideas religiosas sobre el pecado y los ámbitos laicos de la civilidad moderna.
Al mexicano, la religión católica le fue impuesta, los modos religiosos indígenas, y sus símbolos, representaban esencias femeninas: La tierra fecunda, la madre tierra, las cosechas fructíferas, la virgen de Guadalupe, la madre, que impera en la subconciencia.
Pero de esa imagen, hace ya cinco décadas, que los tenían la intención de adherirse al análisis social desde un punto de vista de clase, fueron tachados de populistas; los criterios literarios no mostraron interés en el asunto, y se rindieron a los encantos del estructuralismo francés. De ahí, tal vez, la dificultad para situar los textos de una publicación añejada por cinco décadas de fuerte subjetividad lirica.
Sirva como ejemplo a estas divagaciones, el siguiente pasaje que encaja como guante, en la polarización vivida en la segunda mitad de la década de 1960.
El maguey se cardó los muslos y los donó al malacate, para que las tejedoras cubrieran las vergüenzas del Anáhuac… La carne del bronce crepita los maxtles y dentro de los huipiles … La castidad del Ixtle.
Cerrando esta digresión, solo me resta, una invitación para leerlo, único modo de dialogar con un autor y sus cómplices: Carlos Axel Valdovinos, Elva Ventura (Editorial Tzapotlatena), Helio Estévez, presbítero Tomás de Híjar, Dr. Sergio Aguayo.
El juicio definitivo sobre esta obra, corresponde al lector, su vigencia, espero caduque cuando sea superado el problema social, que le sirve de argumento.