La agitada vida de las normales rurales / I

Juan M. Negrete

Los días 27 y 28 de octubre pasado, el presidente electo, AMLO, desahogó con la CNTE una amplia sesión de trabajo. Designó a un equipo de enlace, tutelado por Esteban Moctezuma, futuro titular de la SEP, para acordar lo que se necesite para echar a andar en la cuarta transformación lo pertinente en materia educativa. Según lo registra Luis Hernández (La jornada, 6/XI/2018), Obrador les dijo: “Vamos a recoger los puntos de vista de ustedes sobre contenidos educativos. Se van a fortalecer las escuelas normales. Se va a reabrir El Mexe. Vamos a invertir en becas, como nunca. Van a recibir becas en todos los niveles de escolaridad alrededor de 10 millones de estudiantes.”

De entre las medidas a tomar del próximo gobierno hay que enumerar las siguientes: se cancela la evaluación; se deroga la reforma educativa; desaparece el INEE; se reincorpora al servicio a los cesados; se libera a los maestros detenidos a causa del movimiento magisterial; se atenderá a las víctimas de Nochixtlán y la democracia sindical. Éstos serán puntos de atención inmediata. En segunda fase del diálogo vendrá la revisión de los problemas con el ISSSTE y las pensiones, un plan de reforma para el magisterio y más puntos.

El solo aviso de todas estas medidas por revisar implica ya la modificación del trato que ha dispensado el gobierno a los maestros, vilipendiados en la era neoliberal. Eso tocará a su fin. Se volverá al sentido del pacto que el estado asumió con los maestros, cuando apareció el SNTE, en 1943. Parando este listado de promesas frente a lo que ha vivido el magisterio hasta hoy, es evidente la ruptura con la dinámica y la práctica, observadas por el gobernantes de los sexenios anteriores, quienes terminaron satanizando a los maestros, a causa del fracaso escolar en el campo de la formación de las nuevas generaciones.

Dijimos antes que nos estaríamos ocupando a detalle del manchón que nos vino a significar el caso Ayotzinapa a nivel nacional. Conviene asociar la sevicia e impunidad, de quienes realizaron semejante atropello en la humanidad de estos humildes normalistas, con el silencio impenetrable y la falta de voluntad de las autoridades por esclarecer tamaña desgracia. Ligando los móviles del proceso educativo oficial con lo que han defendido explícitamente los egresados de las normales rurales a lo largo de su historia, le será útil al amable lector esta información histórica de estas escuelas, que esclarece un poco capítulos tan oscuros. Seguimos pues la talacha indicada.

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En 1921, Álvaro Obregón sustituyó el viejo Ministerio de Instrucción Pública, por la Secretaría de Educación Pública (SEP). Puso a José Vasconcelos al frente de ella. Éste efectuó de inmediato el plan de fundación de escuelas rurales, escuelas de artes y oficios, bibliotecas y la formación de nuevos maestros. A pesar del plan voluntarioso de Vasconcelos, no vino con él la apertura de escuelas normales rurales, sino hasta la gestión de Moisés Sáenz y de Rafael Ramírez. La primera fue la de Tacámbaro Michoacán. Las primeras escuelas se normaron bajo el criterio de, en dos años, combinar materias académicas con el aprendizaje de labores agrícolas y oficios. Debido a su falta de contacto con el normalismo, la SEP permitió que cada director trabajara con el esquema que considerara más conveniente. Fue hasta un lustro después de la aparición de la SEP, en 1926, cuando se les diseñó ya un plan formal de estudios.

En la legislación de 1927 se estipuló que todas tendrían internado y que los alumnos contarían con becas. En 1928, Moisés Sáenz declaró que las normales rurales eran un gran acierto en la construcción del México moderno. Según la SEP, su base organizativa respondía al formato de una familia: El director era el padre, su esposa la madre, los maestros los hermanos mayores, todos ellos al cuidado de los hermanos menores, los alumnos.

El interés de estas instituciones se centraba en la formación de maestros rurales. Se ponía énfasis especial a la autodisciplina, la formación del autogobierno y las formas de convivencia democrática. Las primeras que se crearon fueron las de Tacámbaro, Michoacán; Molango, Hidalgo; Acámbaro, Guanajuato, e Izúcar de Matamoros, Puebla. En 1932 pasaron a depender del Departamento de Enseñanza Agrícola y Normal Rural.

De inmediato surgieron las Escuelas Regionales Campesinas, que vinieron a ser la fusión de todas las normales rurales y las centrales agrícolas e incluso misiones culturales. En la década de los treintas la preocupación oficial era incrementar la producción y los medios de sobrevivencia del campesinado, meta propuesta de la década anterior. En 1934 se dio otro cambio importante con la creación de los consejos técnicos, que participarían en su regulación. La escuela quedó a cargo del director de la escuela y del consejo técnico, que valoraría las faltas al reglamento y aplicaría las sanciones correspondientes.

Según algunos analistas, el impulso libertario inicial y la convivencia horizontal y democrática, que imperaba en estas escuelas, sufrieron un serio descalabro. De ahí que los normalistas hayan fundado en 1935, como contrapeso para su defensa, la “Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México” (FECSM). Esta organización política es la que descuella en la historia del dolor de cabeza que ha significado el normalismo rural para todos los gobiernos desde el de Ávila Camacho. Ha sido pues su dolor de muelas.

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