La anaciclosis en la filosofía antigua

Carlos Delgadillo Macías
Platón
Puede entenderse por “anaciclosis” la investigación del cambio de régimen político, que da lugar a una sucesión que además puede plantearse como un ciclo. Platón, en la República, sobre todo en el libro VIII, le pone nombre al mejor de los regímenes, la aristocracia, el gobierno de los mejores. Aquí, los individuos más aptos para la filosofía y, por tanto, para la dilucidación de lo verdadero, lo bello, lo bueno y lo justo, fungirían como gobernantes y realizarían para el Estado la virtud de la sabiduría y cumplirían la función directiva. Los guardianes, en cambio, harían cumplir las órdenes de los filósofos (función ejecutiva) y realizarían entonces la virtud de la fortaleza. Por último, los trabajadores tendrían a su cargo la función productiva y su virtud sería cumplir las órdenes de los filósofos a través de los guardianes, reprimiendo su natural concupiscencia, lo que permitiría llegar a la moderación. De esta manera, el todo del Estado sería justo como un todo, pues en él cada quien haría “lo suyo”, para lo que nació y para lo que fue educado de acuerdo con sus capacidades. Lo injusto, por tanto, sería que alguien que no nació para gobernar gobernara o que alguien que nació para ser guardián se ocupara de producir.
La única forma en que esta aristocracia pudiera perpetuarse sería con una estricta vigilancia de los matrimonios y los nacimientos, para que sólo miembros de la misma casta se unan, sin mezclarse con los de las otras. Cuidar de eso sería una tarea de los filósofos. Pero como, a final de cuentas, el Estado realizado en este plano de lo sensible está sujeto al tiempo, no puede ser perfecto e inalterado. Y su justicia no podría ser como la ideal, del plano inteligible, eterna. Su disolución se vuelve metafísicamente necesaria e inevitable. Los fallos en la eugenesia se presentan y nacen filósofos y guardianes de menor “calidad”, que pueden ser consumidos por la ambición.
Una primera degeneración de la aristocracia sería la llamada timocracia, donde más que gobernar los mejores (filósofos) gobernarían los guardianes, que han tomado el poder y desplazado a los filósofos. Así, no se persigue ya propiamente la sabiduría en esa casta ni la justicia en el todo, sino el honor. Los trabajadores comienzan a ser tratados más como siervos que como ciudadanos y se surgen entonces los resentimientos entre castas. La degeneración eugenésica continúa. Y entonces los guardianes que gobiernan comienzan a buscar no tanto el honor y la gloria, sino también las riquezas.
Esto degenera en la oligarquía o plutocracia, el gobierno de unos pocos, pero que no son ni los más sabios ni los más valientes u honorables, sino sólo los más ricos, que ahora además son los únicos que tienen plenos derechos ciudadanos. La ciudad se parte dramáticamente en dos, la de los potentados y las de los desposeídos. El resentimiento se transforma en odio, en medio de la extrema desigualdad. Finalmente, una revolución de los pobres derroca a los oligarcas.
Llegamos a la democracia, repudiada por Platón como el gobierno del populacho ignorante. Aquí los cargos de gobierno no recaen ni en los más sabios ni en los que acumulan más honores o los más ricos, sino en los que la mayoría elige e incluso en los que son favorecidos por la suerte en los sorteos. Se da rienda a la libertad excesiva, que degenera en caprichos y vaivenes sin fin. La amenaza del golpe oligárquico hace que el pueblo se arroje en brazos de demagogos, que prometen la repartición de la riqueza.
Llegamos al peor de los escenarios y de los regímenes, la tiranía, en la que el demagogo más hábil y más cruel se eleva por encima de todos los demás ciudadanos. Se entroniza entonces el peor de los hombres, el más dado a los apetitos más bajos, el menos racional y sabio, una suerte de hombre y bestia que instrumentaliza a toda la ciudad y gobierna sin freno ni regulación alguna. Ve a la población entera como una masa de esclavos y se ve dominado por la paranoia constante. De la extrema libertad de la democracia todo se derrumba en el peor estado de sumisión. Sólo, tal vez, la rebelión de los mejores ciudadanos podría corregir, si acaso, el rumbo del Estado.
Aristóteles
El discípulo más ilustre de Platón opta por un análisis un tanto más flexible, con dos ejes, el cuantitativo (cuántos gobiernan) y el cualitativo (si gobiernan para ellos mismos o para el todo), de aquí surge una taxonomía de tres regímenes rectos o virtuosos y sus respectivas desviaciones, los tres regímenes corruptos o viciosos.
El mejor de todos en teoría sería la monarquía, el gobierno absoluto de un solo varón excelente, el mejor nacido e instruido. El modelo sería Alejandro Magno, alumno del propio Aristóteles. Sería un hombre que reuniría las virtudes, comenzando por la sabiduría, y que gobernaría para todos, nunca para sí mismo, procurando el bien común sin dejarse llevar por la ambición. Esto, que en teoría sería lo óptimo, sin embargo, es complicadísimo de que se dé en la práctica. ¿Dónde podríamos encontrar un solo varón así de excelente que además quiera ponerse a la cabeza del Estado? El propio Alejandro se alejó de su maestro, adoptó otras costumbres y maneras en sus expediciones al oriente y terminó por morir muy joven.
Se abre entonces la posibilidad del segundo mejor en teoría, la aristocracia, de nueva cuenta el gobierno de los mejores, que serían necesariamente muy pocos. Quizá sea más sencillo encontrar no a un solo varón casi perfecto sino a unos pocos virtuosos, que logren ponerse de acuerdo para gobernar en beneficio de los demás y nunca de ellos mismos. Pero esto que parece relativamente más viable que la monarquía sigue siendo muy complicado, sin que haya garantía de que esos pocos gobernantes no se corrompan o entren en disputas.
Por tanto, podemos pensar en el tercero mejor en teoría, pero el mejor en la práctica, la politeia, que sería el gobierno de la clase media. Se trataría de un régimen en el que las decisiones más fuertes recaerían ya en una cantidad significativa de personas, que por su posición social no estarían ni en lo más alto de la riqueza ni en lo más bajo de la pobreza y podrían servir como una suerte de punto medio o centro que mediaría entre los extremos, procurando también, como régimen virtuoso, el bien común, no sólo de una de las clases.
En cuanto a los regímenes desviados, es curioso que el peor de todos sea la contracara del mejor de todos. La monarquía en su versión degenerada sería la tiranía. En lugar del mejor varón en el poder tendríamos al peor, que no gobernaría para nadie más que para sí mismo, para una sola persona, en perjuicio de todas las demás. Sería la pesadilla de toda la ciudadanía, el poder concentrado en un varón corrupto, venal y visceral.
El segundo peor sería la degeneración del segundo mejor. La aristocracia de unos pocos virtuosos tiene su inversión en la oligarquía de unos pocos ambiciosos. Aquí toda la ciudad se pone al servicio de una élite de ricos, con ambiciones desmedidas, que explotan y utilizan al resto para satisfacer sus deseos sin freno, sobre todo de riqueza.
Y el tercero peor devendría del tercero mejor. En lugar del gobierno de la clase media de la politeia tendríamos el gobierno del populacho de la democracia. El bien común también es dejado de lado. Los pobres gobiernan sólo para los pobres, en perjuicio de los demás. Esto tarde o temprano provocará fricciones sociales irrefrenables.
Lo común a los regímenes virtuosos es que buscan el bien de todos y, por tanto, gozan de estabilidad. En cambio, los regímenes corruptos o desviados, al ver sólo por una parte de la sociedad, provocan una situación inestable, proclive a la violencia de la guerra civil. La injusticia precipita a la sociedad en el torbellino de la brutalidad.
Polibio
Con un enfoque que se puede denominar “biológico”, Polibio describió el proceso del ascenso de Roma, siendo él mismo griego. Para él se trata de un ciclo cerrado de nacimiento, crecimiento, apogeo y decadencia. Es lo que propiamente se denomina “anaciclosis”.
Del caos natural de la guerra de todos contra todos primitiva, donde el más fuerte se impone, surge la monarquía, que se puede considerar legítima o virtuosa si el rey es justo y razonable. El carácter hereditario de este régimen lo condena a la degeneración. Los descendientes, al no conocer las dificultades sino haber nacido en el poder, caen en la arrogancia y los lujos, se convierten más bien en tiranos.
En la tiranía predominan el miedo y la fuerza sin justicia ni sabiduría. Pero los nobles, unidos en defensa de su dignidad, conspiran y logran sumar al pueblo, derrocando así al tirano.
Se inaugura entonces la aristocracia, ese gobierno virtuoso de unos pocos que administran cuidadosamente los asuntos públicos. Sin embargo, nuevamente las prácticas hereditarias llevan al poder a los descendientes de los aristócratas, blandos y codiciosos, que se guían por la búsqueda de comodidades.
Degenera todo en la oligarquía, el gobierno corrupto de los ricos. El pueblo, enfurecido, se levanta en armas y mata, encierra o destierra a los oligarcas.
La democracia, al menos al principio, vela por la igualdad, la libertad y el bien común. El tiempo, sin embargo, trae nuevas generaciones que no conocieron la lucha de los padres y los abuelos. Se elevan los demagogos, que sobornan a las masas y las acostumbran a vivir de dádivas (clientelismo).
Llega entonces la oclocracia, el gobierno de los peores, que manipulan a las masas haciéndoles creer que gobiernan en su beneficio o corrompiéndolas. Las leyes desaparecen, la muchedumbre se impone y, al final, vuelve todo al caos generalizado, al salvajismo primitivo de la fuerza bruta y el todos contra todos. Hasta que un hombre fuerte logra imponerse como monarca y se reinicia el ciclo.
La rotación de regímenes y constituciones en Platón, Aristóteles y Polibio ha sido muy influyente. Aún hoy hay quienes retoman sus conceptos para describir fenómenos políticos o intentan construir su propia versión del ciclo político, intentando captar las causas del cambio.
Tal vez no haya un régimen perfecto, pero seguimos creyendo, como estos autores, que unos regímenes son mejores o al menos preferibles a los otros. Lo que no es tan claro es que tengamos esa visión serena que asume que incluso el mejor de los proyectos ha de degenerar y, por otro lado, que incluso el peor puede ser un paso necesario hacia algo mejor.