La Chilaca (cuento) / I

La Chilaca (cuento) / I

Mel Toro

Primera parte:

_ Pedro Pérez Pellicer, peluquero perfumista…

_ ¿Ya vas a empezar, cabrón comunista?

_ No te agüites, Chilaca. Ya te he dicho que es el inicio de un pícaro juego de palabras de Quevedo, el mejor poeta de nuestro idioma.

_ A mí no me enredes. Lo dices por burlarte de mí… Si no te conociera. Pero siéntate, acompáñame, aunque no lo merezcas. Deja platicarte una historia.

_ ¿Una?… muchas.

_ Hoy traigo ganas, y que me las quiten quiero. Aprovecha que no ando borracho.

_ Sale.

_ Pero prométeme que no me vas a interrumpir, como sabes.

_ De acuerdo, te escucho nomás.

_ Entonces chitón y a l’horca.

El apodo de Chilaca me lo estampó mi tío Manuel Negrete, desde que era chiquito. Cuando abrí los ojos, todo el barrio ya me decía así. Yo hasta creía que era mi nombre y no el de Pedro. Lo sacó de los xilacayotes. Todavía estoy güero, pero cuando nací, mi pelo era rubio, bien blanco, es más, transparente, como las hebras de los xilacayotes. De ahí me vino. Luego lo acortó la gente, que chilaca p’acá, que chilaca p’allá. Y ahí va tu pendejo. Después hubo otros que me lo quisieron acortar más. Que Chila, que Cecilia… Ahí sí ya no aguanté. Un día le puse de trompos a un baboso, al que se le hizo fácil tildarme en la cara eso de Cecilia. Y hasta ahí. Mi apodo volvió a su origen alto, sonoro y significativo, como el de Rocinante, el caballo de don Quijote. Chilaca nomás. Así me gusta y así lo acepto.

Pero que esto no te agüite, comunista. Lo importante es que soy puro grullense, igual que tú, lo que tampoco quiere decir que seamos los únicos grullenses. Son dos cosas distintas. Tan así que tú ves el mundo de una manera y yo de otra. Bueno, cuando lo veo, que ya ves que seguido agarro la jarra hasta que me lleno y entonces, ¡uta madre!, ni sé de mí, ni de nadie, menos del pinche mundo, que se me hace que ni existe, como te he oído decir algunas veces. Pero vengamos a las historias que te quiero platicar. No sé si algunas ya las sepas, pero ya sé que tú sabes escuchar. Así que ahí te van.

Yo nací aquí, en el barrio de la Cachetada. Bonito barrio, vale, como pocos. Todas las tardes se reúnen las familias en las esquinas. Los niños juegan rondas, las muchachas y los muchachos cantan y los viejos platican sentados en sus equipales, tomando el fresco antes de irse a dormir. Todos nos conocemos. Yo diría que hasta nos queremos. Nos vemos como si fuéramos de la familia. Trabajamos en las mismas parcelas, desgranamos las mismas mazorcas y cortamos las mismas calabazas. Son familias numerosas las nuestras. La que no tiene diez hijos, los rebasa. Y todos somos pobres. Pero eso no nos apura porque no se ocupa mucho dinero para vivir bien. Menos para ser feliz, que es el secreto de la vida. Más bien, según cantan algunos, estorba. El dinero no es la vida, / es tan sólo vanidad, tararea Luis Demetrio. Por algo lo dirá. Acá nos atenemos al dicho que dice: ¡bien haiga lo bien nacido, que ni trabajo da criarlo!

No es que se me haga bonita la pobreza. No vayas a interrumpirme con tus discursos políticos, que luego me dejas sin saber qué contestarte. Digo que el de la Cachetada es un barrio muy unido, trabajador y honrado. Y además, somos muy hermanables. Por eso se me hace bonito, el mejor de El Grullo. Como no conozco otro pueblo, también creo que éste, en el que me crié, es el más bonito del mundo. Así que el barrio de la Cachetada es el más bonito del mundo, porque es el mejor de El Grullo, que es el pueblo más chingón del mundo. ¿Mátame ésa, comunista? ¡No puedes conmigo! Así que mejor cállate. Y le sigo.

El Grullo, según yo, es lo que es gracias a la rebelión cristera. Si no hubiera habido esa refrasca, a lo mejor no fuéramos lo que somos. Pero esa escaramuza nos marcó. Y por eso somos como somos. Es lo que te voy a platicar, aunque lo sepas, porque luego tú sales con unas teorías con las que nos apantallas a todos. Pero ésta es la buena para este rancho. Toda la gente que vive aquí, en este barrio, no es criolla de aquí. Vino de fuera. Son fuereños, o migrantes como dices tú. Me decía mi abuelo Everardo que el gobierno llegó a todos los ranchos de la redonda, diciendo que se concentraran en el pueblo más grande del rumbo, que era El Grullo. Iba a barrer cerros y rancherías para limpiarlos de populares. Así les decían entonces. Después les empezaron a llamar cristeros y se les quedó.

[Continuará…]

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