La Chilaca (cuento) / I
Mel Toro
Segunda parte:
A pesar de que El Grullo era el poblado más grande, también era chiquito. Apenas había una o dos cuadritas alrededor de la plaza. Llenas de casas estaban sólo las cuadras alineadas al camino real, que es el que apunta al río con rumbo a Autlán. Eso era lo que habían construido los viejos pobladores. Ese casco viejo del pueblo está bien diferenciado de los barrios nuevos, de todos los que vinieron a asentarse aquí por la causa de la bola de los cristeros y luego por las oleadas siguientes. El primer barrio en poblarse y nutrirse con gente de la zona fue éste, el de la Cachetada, del que digo que es el más bonito de todos, por haber nacido yo en él. Y si me dices que no estás de acuerdo, me levanto de mi piedra y te dejo hablando solo, a fin de que ya tienes callo.
Se llenó con gente de El Limón, de La Ciénega, de San Miguel, de San Juan, de La Labor, de Tonaya y de otros puntos circunvecinos. Nuestros papás y nuestros abuelos se revolvieron con la gente oriunda de aquí. Luego nacimos nosotros y por nuestra generación los viejos también terminaron tomando la encornadura de grullenses. Ahora, a todos, a los oriundos y a los intrusos, se nos hincha de orgullo el hocico por decir que somos puro grullenses.
Yo no sé si en otros pueblos haya sido la revoltura como aquí con nosotros. Pero aquí, por habernos revuelto todos, nadie se cree superior a otro, porque nadie lo es. Aquí todos somos iguales, o nos creemos iguales. Y eso nos hace ser muy grullenses, tan distintos a los de otros pueblos donde se nota bien la diferencia de línea entre criollos y fuereños. Y esa línea divisoria hace luego que no se quieran. Pero como aquí no hay raya que nos distinga, más que la del rabo, todos nos queremos. Será por eso o será por otra cosa, pero no somos racistas. Tal vez lo expliques mejor tú que yo, que eres comunista. Pero yo lo tengo así de claro y así que quede. No me interrumpas entonces, porque ya agarré vuelo.
Mucha gente de hoy ya no sabe cuál es este famoso barrio de la Cachetada, ni por qué le llamaban así. Lo confunden con el del Pocito Santo, que no existía. Cuando se armó el del Pocito, la Cachetada ya estaba entera. Ahora están juntos, pero son distintos. El de la Cachetada, como ya te dije, se formó con el tropel de la gente que fue concentrada aquí por la escaramuza cristera.
Había muchos solares baldíos por este lado. Los alfareros, los cantareros, los jarreros y comaleros sobre todo, tenían por aquí muchos patios limpios para exponer al sol sus cacharros. Al venirse la avalancha de gente, aquí se les dio cobijo. Mucha de esta gente nueva traía dinerito en la bolsa. Compró lotes y edificó su vivienda. Los talleres de los loceros desaparecieron, pero el nombre se quedó. Mientras fue zona de apasteros, todo el día atronaba en el ambiente el golpeteo de las palmas de las manos contra los cacharros del barro, con que forjaban cazuelas, jarros, platos, macetas, comales, cántaros, botijas y más enseres que hacen fácil la vida civilizada. Los talleres desaparecieron. Sólo perdura el nombre, que poco a poco también se pierde. Las viejas familias de loceros, los Lazareno, la de Canuto el yaqui, la de don Tranquilino Vera, le dejaron el espacio libre a la familia de don Jacinto Pimienta, la única que queda de cantareros, pero ya no en este barrio.
Al crecer el caserío nuevo hacia el oriente hubo necesidad de disecar la charca que formaba el ojito de agua llegando al plan. Era charca honda y bonita. Había patos y zacatales. También sapos y ranas, cuya sinfonía nos amenizaba la temporada de lluvias, sobre todo por las noches. Pero la necesidad de terrenos nos hizo robarle orillas hasta que desapareció. Ahora ya hasta el pocito santo, que la alimentaba, se secó. Entonces, en el lugar de los viejos talleres quedó asentado el barrio de la Cachetada y el de la charca lo ocupa ahora el del Pocito Santo. Muchos años después apareció el barrio de Talpita, donde termina el pueblo. Pero de éste, como es más reciente, mucha gente te puede dar razón.
[Continuará…]
