La Chilaca (cuento) / IV

La Chilaca (cuento) / IV

Mel Toro

Cuarta parte:

El Caco había levantado la plaza de toros en la orilla del pueblo. Al lado oriente de la plaza también había construido unas casitas. Todas esas casas del Caco, con las nuevas que levantaron los del ejido de Las Pilas, vinieron a conformar otro nuevo barrio. La comunidad construyó en medio de estos lotes su casona para su comité. Pero había muchos niños y no tenían dónde estudiar. El ejido les prestó la casona.

Con el tiempo, como suele suceder con otros pasajes igual de ingratos, los maestros terminaron echando a los ejidatarios y se quedaron con la finca, que es grande. La gente identificó mucho tiempo a la escuelita con el nombre del ejido. Al barrio se le nombra también así, con sobrada razón. Al paso del tiempo se impuso a la escuela el nombre oficial: Escuela primaria federal ‘Niños Héroes’. Pero el barrio se sigue conociendo con el nombre de las Pilas.

Confrontado a la dinámica ejidal, pero azuzado por los mismos ocotes de necesidad de vivienda, apareció el barrio de la Alameda, contiguo al sur de la plaza y al poniente del de las Pilas. Como rescoldo doloroso de la cristiada, muchos católicos de la redonda, de los que no se avecinaron aquí cuando la concentración, cayeron buscando refugio seguro. Firmados los arreglos, empezaron las matanzas selectivas de viejos alzados. En El Grullo, gracias precisamente a que los agraristas se habían hecho fuertes y habían fortalecido la plaza, consiguieron que fuera el pueblo más seguro de la zona. Paradójicamente, todos los viejos cristeros que se sentían perseguidos o inseguros en su lugar de origen, escogieron nuestro pueblo para protegerse. No sólo fueron bien acogidos, sino que algunos llegaron hasta a ocupar la presidencia municipal.

Aquí no hubo venganzas ni cacerías. Hubo algunas muertes muy sonadas. Pero en general el pueblo aceptó de buena gana que se asentaran, con sus familias, esos viejos combatientes, por ser buenos mexicanos y por tener derecho a la vida, igual que los demás. Habían sido valientes en sus trincheras, cuando las batallas. En tiempos de paz, no debían portar más el sambenito de perseguidos, aunque hubieran sido derrotados. No son fáciles de cicatrizar tamañas heridas. Pero en este Grullo tan bonito se le hizo la lucha a conseguirlo y se logró.

Es otro de nuestros timbres de orgullo. Así como no se incubaron los prejuicios raciales, al no distinguir a nadie por el color de su piel, tampoco han sido motivo de señalamiento las creencias religiosas. Hay fanáticos. Pero no discriminamos a nadie por ser o no ser católico. Aquí hay hasta comunistas, como tú, y nadie les dice nada. ¿O alguien te ha cerrado la puerta alguna vez?

_ Me dijiste que no te interrumpiera. Así que no te contesto. Sigue tu relato.

_ Eres trucha, cabrón, bueno para salirte de los piales. Por eso me caes bien. Sigo pues.

Te voy a platicar cómo se levantó el barrio de la Alameda, producto de la iniciativa de estos refugiados católicos. Armaron una cooperativa. Compraron un extenso terreno al sur de la parroquia y del casco de la hacienda de don Alfonso Corona. Luego se lo repartieron como socios. Otra vez buenos solares, amplios de frente y fondo. Dejaron al centro un espacio grande, el de una cuadra, para que fuera jardín. Dijeron un tiempo que don Hilario Álvarez, el líder, ensayó a quedarse con lo que ahora es la alameda. La convirtió en el corral de sus vacas. Pero se le parapetaron y exigieron que lo devolviera. Ahí está como parque municipal.

Cada familia fue levantando su mansión en torno a ese centro ceremonial. Muchos descendientes de los socios originales están todavía en posesión de tales propiedades: los Michel, los Barragán, los Álvarez y otros más.  Como eran muy católicos todos ellos, a la iglesia le dejaron dos lotes grandes. Uno lo ocupa ahora el templo de San José. El otro fue un tiempo colegio de niños y después asilo de ancianos. También el señor cura Gómez, que los comandaba, construyó una casa al lado del colegio.

[Continuará…]