La Chilaca (cuento) / V
Mel Toro
Quinta parte:
La necesidad de buenas escuelas hizo que el gobierno del estado nos construyera un centro escolar en forma. Le pusieron de nombre el del presidente de la república, Manuel Ávila Camacho. Se levantó fuera del pueblo, a la salida al Corcovado. La gente del rumbo seguía considerando al pueblo como buen destino para venir a asentarse. Después de cada función de enero o de las fiestas patrias, se quedaban a vivir aquí muchos visitantes. Decían que era un norte chiquito. Decían que había mucha vida. También decían que el que bebía del agua zarca, tanto de la que brotaba del pocito santo como de la que acarreaban los piponeros de la noria del Colomo, ya no se iba.
Y luego, con la conseja de que a uno lo amarra la cuerda umbilical enterrada en el patio de cada casa, pues creció el pueblo. Los que nacimos aquí, de aquí no nos vamos. Y los que llegan y beben el agua zarca que nos alimenta, quedan embrujados y tampoco se van. Ve tú a saber dónde va a caber en un futuro tamaño hormiguero. Pero eso a ti te tiene sin cuidado, porque para ti no hay cielo ni infierno.
Las casas de los nuevos avecindados se fueron construyendo donde se les fue haciendo campito. La gente advenediza no fue fijada. Lo importante era quedarse aquí. O montaban residencia en espacios pegados al centro escolar, o en Mandanagua, o en La Cachetada, o en la Palmita, o en Las Pilas, o en La Alameda. Donde fuera. Lo importante era no irse de este centro paradisíaco, envidia de tirios y troyanos. Esta pinchi frase te la he oído decir a ti, comunista, y no sé qué quiera decir, pero creo que aplica.
Volviendo a cómo fue construido el centro escolar, al principio contó con su parcela escolar, como lo manda el reglamento. Pero pasó con el tiempo que, al no haber espacios donde jugara la muchachada, la raza armó equipos y se metió a la parcela, medio autorizada y medio a güevo. Ya nadie la sacó de ahí. Por un tiempo, hubo profes que no se resignaban a perder la parcela. Pero a la larga el pueblo lo destinó para el deporte de todos. Ahora funciona como unidad deportiva.
No me alcanzaría el día para reseñarte la aparición de los demás barrios, que son más recientes. Te conté la historia de los más viejos. La gente joven ha visto nacer y crecer los más nuevos. Me voy a ahorrar su relación. Para cerrar, te diré que la mancha de casas del casco viejo llegaba al oriente hasta las calles de Texcoco y Matamoros; al poniente se acababa en la Jalisco y la de Venustiano Carranza. Al sur, no había nada más allá de media cuadra atrás de la alameda. Todo estaba bordeado por lienzos de piedra, que dividían los caseríos de los campos de cultivo, maizales, huertas y establos.
Por el lado norte linda la frontera del cerrito. El caserío no se salía de lo parejo. Se empezó a trepar la gente a la loma cuando se saturó el casco viejo. En el plan no crecía el pueblo porque lo impedía la red hidráulica de los canales de la presa de Tacotán. Mucho tiempo se respetó este tope. Todo mundo vio que los regadíos eran oro molido. De este tipo de agricultura sí se podía vivir. El riego fue un nuevo estirón en la cuenta de los bienes del pueblo. La riqueza hidráulica y su aprovechamiento racional vinieron a perfilar el rostro definitivo de nuestra personalidad como pueblo.
De él estamos más que orgullosos los que aquí vivimos. Hasta tú, pinche comunista. ¿O dije mal? Tú estás más orgulloso que nosotros de que haya riqueza en este pueblo y que sea para todos, que se distribuya más equitativamente que en otros lugares del país. Por eso eres comunista y por eso trabajas aquí con tanta alegría y tanta enjundia. Ya se me está pegando tu manera de hablar ¿Ya ves? Aunque no entienda bien lo que digo, repito lo que te oigo. Creo que, si las dices tú, no son malas razones. Yo nomás te repito, como los pericos. Me atengo a que eres buena gente, aunque seas comunista.
El piso de los terrenos del valle siempre está húmedo, desde que hay canales. La gente empezó a treparse al cerrito. Así fue como se pobló esta lomita. La gente, sobre todo la más pobre, levantó sus casas en espacios que antes no aceptaba ni dados. Pero la necesidad tiene cara de hereje. Y cuando la gente ya no cupo ni en el cerrito, ni adentro del viejo casco, empezó la invasión de los terrenos del riego, que habían sido respetados. El crecimiento descontrolado sigue. Los espacios disponibles ya no dan abasto. La gente se finca donde puede y ya no respeta ni pedregueras, ni cinturones de canales, ni nada. Quién sabe a dónde iremos a parar con esta expansión a lo pendejo.
[Continuará…]




