La Chilaca (cuento) / VI

La Chilaca (cuento) / VI

Mel Toro

Sexta parte:

Chilaca se toma de respiro una larga pausa. Calla. Se le fue acabando la cinta a su casete. Levanta la vista, aturrullado, e implora a la tendera:

_ Páseme un refresco, doña Rosa, que se me está secando el galillo de tanto hablar. Se lo paga el comunista ¿O no?

_ ¿Lo quieres con pisto o solo? -. Riposta la aludida.

_ Con piquete, seño. ¿A qué me va a saber un agua negra y endulzada?

La dueña del changarro prepara la teporocha solicitada: un deshilachado para media botella de refresco. Escancia el alcohol en el envase. La pasa a Jesús, su marido, quien, con el compás del brazo bien estirado, da tres giros completos a la bebida preparada y la pone en manos del relator. Chilaca remoja sus labios. Bebe despacio. Calla, poniendo orden en sus recuerdos. Una vez acomodados, se dispone a reanudar su relato. Es buen conversador, cuando no anda briago. Al verlo, los que pasan por la acera se acercan y le hacen rueda. Pronto el vestíbulo de la tiendita del Cucaracho resulta insuficiente para albergar al auditorio que lo rodea para escucharlo. Don Jesús les invita a pasar al patio.

_ Allá les llevaré lo que quieran beber – les dice, al mismo tiempo que traslada sillas a la sombra del mandarino a medio patio. El Chilaca se desplaza sin urgencia a su nueva cátedra y toma asiento, recargando su lomo en el tronco umbroso del arbolito.

Algunos de los nuevos integrantes del corro son chicos imberbes. Chilaca no varía su tono arisco y alburero, pues entiende que hasta los más chicos soportan ya el doble sentido de sus picardías. Antes de que se retire el dueño, Chilaca lo interroga, señalando con la mano la puerta trasera del patio que da a la calle.

_ ¿Por esta puerta, Chuy, lanzó el bote alcoholero el Peyote, para salvar a la gente del estallido? Porque aquí veo la pila de esos botes.

_ No – contesta el dueño -. Fue en la tienda. Cogió el bote, ya de entre las llamas, y salió a la calle corriendo, para impedir que estallara adentro de la tienda. Ahí hubiéramos muerto muchos, porque está encerrado. Era domingo y había mucha clientela. Nos salvó la vida a nosotros. Pero a él no le ajustó su valentía. Murió en la acción.

_ Fue un héroe – agrega ceremonioso la Chilaca.

_ ¿Cuál de los Peyotes fue, Chilaca? – pregunta un chiquillo vivaracho -. ¿El que te cargó en la carretilla desde el jardín?

_ ¡Tu madre, buey! – responde rápido aquel -. Está bien que, por lo borrachote, me apliques lo de ‘culo dormido, culo perdido’. Cuando me lleno, no sé de mí. Me quedo tirado en cualquier basurero. Pero ese Peyote, al que te refieres, todavía vive. Y no fue a mí al que cargó en la carretilla, sino a tu abuelo. No te hagas nango.

_ ¿Es cierto que le decías – insiste el gracioso – que te sentías malo y que él te contestó que estabas bien bueno?

_ No. Lo que es cierto – revira Chilaca impaciente – es que tu abuelo le preguntó que a dónde lo llevaba y el Peyote le contestó que ya lo traía a tirar de regreso, de donde lo había levantado. Pregúntale a él. No te quedes con la duda. Hasta dejó de tomar, por la vergüenza. Antes tragábamos mierda juntos. Ahora no lo hago beber ni a chingadazos. Pero déjenme seguir con la historia que ofrecí contarle al comunista. ¿Están de acuerdo?

Unos asienten con la cabeza, otros esbozan sonrisas. La Chilaca retoma la alocución interrumpida de donde la dejó y rehíla para los presentes:

_ Ya no voy a platicar más cómo fueron apareciendo los barrios. Ahora les diré cómo tuve una vez la fortuna de cantarle al señor obispo nuestra canción local, la que dice que ‘soy puro grullense’.

_ Lo dice para todo el que la cante – le interrumpe otro.

_ Y también si nomás la tararea o la piensa – completa la Chilaca.

Calla de nuevo. Tras un breve lapso se dirige a su primer interlocutor y le pide.

_ Si no me los callas, comunista, y les dices que no me estén interrumpiendo, ya no voy a contar nada. Quedan advertidos.

El interpelado les hace saber la cláusula con que condicionó Chilaca su relato y les hace jurar que ya no lo interrumpirán. Algunos hacen gesto de disgusto, pues les gusta estar metiendo su cuchara y pasar el rato choteando la mercancía. Conceden de mala gana, aunque son los menos. La mayoría toma la directriz sin chistar y se dispone a escuchar al narrador. Hecho el silencio, Chilaca vuelve a su historia.

[Continuará…]