La Chilaca (cuento) / X
Mel Toro
Décima parte:
Las trompetas abrieron las primeras notas de nuestro himno local, tan inconfundible. Bien cortados sus tiempos, bien afinados todos ellos. Yo no me turbé en el primer verso. Ni siquiera me supo a cajeta. Me salió con mi mejor voz: Yo soy de esta tierra querida… Y así iba a seguir mi canto esa vez, estoy seguro. Sentía en mi galillo anidar al mejor de los tenores que ha dado esta tierra. Me sentía el mismo Orestes López Pimienta, hijo de Porfirio López y de Chana Pimienta, el autor de nuestro son tan bello. En pocas palabras, me sentía a mis anchas. Los que hayan cantado con mariachi alguna vez ya saben cómo son estos momentos. Extasían a los oyentes con el torrente sinfónico de las cuerdas y los metales. Pero más se extasían los cantores que quedan en medio de dicha cascada.
Mas no contaba yo con que se me iba a cuatrapear el mundo en momento tan bello y lucidor. Arrancando el segundo verso de mi canto, el que dice con todas sus letras: Soy puro grullense, sentí un barrunto inconfundible de náusea, el mareo típico del que no soporta el contenido del bolo alimenticio en la panza y que tiene que arrojarlo afuera. Yo no sé si se me vino la vasca porque había estado jalando antes mucho aire a los pulmones, para que me saliera clara y fuerte la voz. Y sí que la saqué con fuerza y a mi gusto, además afinada, como digo.
Pero también se me vino lo que traía dentro de la panza y junto con la bella letra de que soy puro grullense, arrojé las tripas, los pellejos de frijoles, los pedazos mal masticados de tortilla y de chicharrones. Depuse una y otra vez, hasta que descansó mi corazón. Yo no sé de dónde me brotaron tantas cacayacas, pero bañé todo el mantel de la mesa de honor, porque tenía que agarrarme de algo, para resistir los espasmos y las contracciones involuntarias que provoca la guácara. Bañé manteles, el piso recién pulido para el baile y hasta los trajes de los invitados, tan curros, tan prendiditos.
Aún tengo fresca en mí la imagen del señor obispo, impertérrito, sorprendido, pero sin perder un momento la compostura, retirándose de la esclavina morada, con la puntita de los dedos, las cacayacas que le alcanzaron a salpicar de mi vómito, tan súbito como feroz. Pero ya no les puedo contar más, porque ya no supe más de esta historia. De inmediato acudieron en mi auxilio mis amigos coleros. Me levantaron en vilo y me sacaron de la pista. Yo no perdí del todo la vertical. Ya en la puerta del casino iba caminando por mi propio pie. Todos iban carcajeándose. Entre sus bolsas y escondrijos corporales llevaban suficientes botellas, sustraídas de la barra, y también botanas y cacahuates.
Con el inmejorable humor que nos caracteriza, nos vinimos acá, a celebrar tan exitosa incursión de coleros incorregibles, a nuestros dominios, al barrio de la Cachetada, al que pertenecemos. O sea que nos regresamos de bolón, pimpón, al ombligo del mundo. Ya quedamos que éste es el mejor barrio de todos en El Grullo.
Y si El Grullo es la tierra de dios y maría santísima, entonces vinimos a dar al mejor de los mundos posibles, según decía ese filósofo alemán que tú mientas, comunista. ¿Cómo se llama? Leibniz, sí, ése. Ya sé que tú, pinche rojo, no estás de acuerdo con esta escala taxativa de valores que yo expongo, por muy populista y enamorado que te digas de la clase trabajadora, que sostiene los pilares del mundo.
Y ultimadamente te juro que ya no me voy a juntar más contigo. De tanto traerte a mi lado, me he ido aprendiendo tus frases. Eso no sería malo. Lo que no está bien es que luego las ande yo repitiendo, sin saber exactamente qué chingados digo con tu jerga socialista y bolchevique. Tú sí sabrás lo que dices, pero yo no. Yo nomás lo repito. Pero te aclaro que me gustan tus discursos. Lo confieso. Y los ando repitiendo, como antes deponía mis vómitos. Los digo porque repican bonito en mis oídos. Yo también siento épico echar preces y loas por la gente productiva, por los que trabajan y hacen posible que la vida se reproduzca y siga. Y sobre todo eso de que no descansaremos hasta poner sobre sus pies todo lo que está de cabeza; hasta que extirpemos de la tierra la explotación del hombre por el hombre. Todo esto me suena chingón en las orejas Mi buen sentido musical me dice pues que su contenido debe ser moralmente positivo.
_ Sé que ya los enfadé – remata poniendo fin a su larga perorata -. Aquí le paro. Pásenme, por favor, otra teporocha para remojar el galillo, que se me secó de tanto hablar. Salud.
Fin




