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La derecha en México

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La derecha en México

Juan M. Negrete

No debería admirarnos mucho el registro de los bamboleos que se sufren en el país como resultado de las posturas y las decisiones concretas que toman en el mundo de la política los personeros y las bases de lo que calificamos como derechas. Y claramente habría que establecer de entrada que esta inclinación política no ha prendido tan sólo en nuestro terruño, no es exclusiva de nuestra idiosincrasia y de nuestra historia particular mexicana. Es un fenómeno universal y como tal debe ser visto y tratado, so riesgo de perder la objetividad en los enfoques cuando se externen juicios concretos sobre esta orientación política y sobre los resultados de su llevada a la práctica.

Estamos conmemorando el hecho histórico fundamental del medio milenio de la presencia europea por estos lares. La fecha de ayer, 13 de agosto, enmarca uno de sus capítulos más cruentos y, por lo mismo, significativos. Hace quinientos años, nuestro joven abuelo, Cuauhtémoc, quien había defendido bizarramente a su ciudad del sitio al que la sometieron los invasores, finalmente vio naufragado su empeño y buscó huir. La desgracia hizo que fuera descubierto y aprehendido. Llevado ante Hernán Cortés, los cronistas cuentan que le dijo: Malinche, tienes en tus manos a nuestra persona. Toma tu puñal y mátame, ya no hay forma de seguir resistiendo.

Palabras más, palabras menos, por ahí fue que quedó signada el acta de capitulación y dio inicio una nueva forma de convivencia en lo que viene siendo este territorio de Mesoamérica. En donde antes de la derrota militar de la etnia más poderosa de estos territorios, se imponía lo que nuestros aborígenes proponían y decidían que se hiciera, a partir de este momento el centro de las decisiones fue trasladado a la península ibérica. El soberano pasó a ser el señor rey de España, al que se le nombra siempre como Carlos V.

En este nuevo formato o esquema de sociedad, el rey ocupaba la cabeza de los mandos. Pero nunca estaba solo. No se trataba de un imperio familiar. El dominio se ejercía a través de la figura conocida como Patronato Real, en la que la jerarquía del clero tenía una voz y un voto prácticamente idéntico al del monarca. Mencionamos esta particularidad precisamente porque en los tres siglos que duró funcionando este esquema de dominio, se establecieron las coordenadas operativas de lo que somos y hacemos todavía. Las raíces de nuestro hacer y pensar presentes o actuales se hunden en tales fangos.

Por estas razones nos enteramos de las confusas algaradas que vivieron nuestros abuelos y que luego nos heredaron hasta este contagioso presente cuando ensayaron a echar a andar el elefante reumático al que damos en llamar nuestra democracia actual. De cada rinconcito, del menos esperado, nos brota un filón de resistencia; aparecen emplastos que hay que remozar o de plano echar por tierra; nos surgen adefesios con los que no contábamos, por no tener claro entendimiento de nuestra auténtica realidad, pasada y presente.

Muchos sostienen que las apuestas de la derecha en nuestro país están derrotadas. Pero si le revisamos sus avatares, nos damos cuenta de que sus aspiraciones más hondas y su modito de actuar están imbricados y más que embijados en el ser y hacer del mexicano desde el principio. Con esto del principio, nos estamos refiriendo desde luego, como mero punto de partida, al dato traído arriba de la capitulación de la cosmovisión y de la cultura indígenas, con la prisión de Cuauhtémoc. Es el símbolo de nuestra sujeción, aunque también nos resulte el arranque de la resistencia atávica de nuestras raíces ancestrales ante la imposición advenediza.

Pero el análisis de estas raigambres ideológicas, con tenderse hasta aquel remoto pasado, no debe esculcar en tales sótanos. Y si lo hace por necesidad, no ha de quedarse soterrado en tales fondos. Tiene que venir a la luz y conectarse con los hechos cotidianos, con los que estamos trajinando cada día y a los que se enfrenta nuestra aterida realidad de hoy. Es obligación de todos los ejercicios intelectuales atenerse a los principios de actualidad, a las dosis necesarias de realismo que les vuelvan transparentes y comprensibles.

En la semana pasada se revivió el tema de una organización secreta de nuestra ultraderecha, conocida como el Yunque. Es un capítulo de nuestros aconteceres que debe revisarse con cuidado, simplemente porque no está sepultado. El hecho de que dos de sus miembros, Fox y Calderón, hayan ocupado la silla del poder ejecutivo federal, “haiga sido como haiga sido” dijo uno de ellos, nos debe alertar a todos para que no demos a estas corrientes ideológicas por agonizantes y mucho menos por muertas. No estarán en sus mejores días, pero están vivas y actuantes. Su partido estandarte es Acción Nacional, porque la población en general lo mira como exitoso. Ya llegó a la silla presidencial y ha conquistado muchas gubernaturas. Es gobierno pues o forma parte de las estructuras del gobierno.

¿Qué tanto nos ilustra como ciudadanos de a pie el conocer los detalles de sus orígenes y del devenir en sus embates pasados? Saberlo, nunca está de más. La información es poder y no sólo un mero regusto de entretenimiento. Así que habrá que echar las redes al agua para ver qué pescamos de ellos, remontándonos a su pasado. No tan lejos, como rastrearle sus secretos al propio Hernán Cortés, con quien nos llegó la danza impositiva y verticalista. Pero tampoco ponernos tan recientes y actuales para que no le demos su repasadita a la guerra cristera, por ejemplo. En éstas nos veremos entonces.

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