La esperanza de no morir (cuento)
Marcela Karrillo
Sólo al filo de la muerte, en otro carnaval, el hombre había de develar el enigma propuesto por el viejo titiritero aquella noche de copas y confidencias en la única taberna del lugar, cuando terminó la función que realizó el viejo titiritero en ese pueblo miserable y de casas derrumbadas. Caminó largo rato por las calles oscuras, empedradas con algunas lámparas rotas y sin saber a dónde dirigirse.
Entró al cementerio, adentrándose entre las tumbas. Se dio cuenta de que ya estaba alejándose cada vez más del pueblo. No había gente. Sólo escuchaba ruidos en el cementerio: el volar de unas aves negras que cruzan por el cielo, que sólo es iluminado por la luna de vez en cuando, pues hay muchas nubes que la cubren.
Sigue caminando y siente cada vez más el frío intenso del lugar; se abraza a sí mismo para sobarse los brazos y sentir calor. Toma con fuerza la maleta donde trae sus títeres y siente que lo tocan de la espalda. Le recorre el escalofrío su cuerpo. Escucha sollozos y siente más temor, pero aún así sigue adentrándose al lugar.
Llama su atención una fosa elegante con jarrones antiguos y esculturas de ángeles talladas en mármol y ahí alcanza a ver la silueta de una mujer elegante, de perfil angelical y piel muy blanca, cubierta de piedras preciosas que le extendió los brazos. Él se giró violentamente y corrió lo más rápido posible para salir del cementerio.
En la huida, se le enredó un gato negro en los pies. Al parecer escuchó el maullido al aplastarlo. Llegando a la salida, estaba con la boca seca. Fue en búsqueda de algo que beber. Al rato de dar vueltas por las mismas calles del pueblo, encontró la única taberna del lugar. Entró temeroso. Se sentó en el lugar vacío de una mesa solitaria y pidió una copa para empezar. Vino la siguiente y otra, hasta estar ya casi perdido, abrazando siempre la maleta con los títeres que lo acompañan.
Ahí fue a donde un hombre calvo y se arrimó a su mesa a hacer algunas preguntas. Pero el viejo titiritero sólo movía la cabeza para decir sí o no. Fue en ese momento que sintió la confianza de contar lo que le sucedió esa noche en el cementerio: “Encontré una tumba con esculturas de ángeles. Entonces apareció una mujer elegante, cubierta de piedras preciosas, que no me dijo nada. Sólo me extendió los brazos”.
El hombre le dijo: “Es Esperanza, una mujer que se aparece en el cementerio cubierta de joyas, que busca llevarse a los hombres en sus brazos. Lo bueno es que usted no accedió a la tentación de la joyas. Pero he de decirle que estuvo al filo de la muerte”.
