La exhumación (cuento)
Marcela Karrillo
Así inician todas las mañanas en el cementerio, donde el horizonte toca las tumbas blancas con los primeros rayos del sol. Esas tres mujeres se arremolinan cerca de la fosa 44, de la sección segunda, de primera clase, de la zona poniente del cementerio; se cubren con un pañuelo la nariz, pues no saben si saldrán fétidos olores de los restos de sus familiares queridos.
Así inician todas las mañanas en el cementerio, donde ahora esas tres mujeres son protagonistas del encuentro, que tienen con los que amaron. Al destapar la fosa, se cubren el rostro; no quieren ver. Una de ellas, la más joven, se aventura a asomarse hacia el fondo para observar que lo primero que viene es un ataúd, roído por el tiempo, unos cristales viejos y rotos. Después, los primeros restos dicen ser de una tía, que murió de forma violenta en los brazos de su gran amor, quien hoy está pagando una condena.
Así inician todas las mañanas en el cementerio, donde los sepultureros exhuman restos de personas que alguna vez tuvieron una historia de amor, traición o placer por contar; hoy sólo son restos de lo que estuvo rozagante de vida, restos que terminan en una bolsa negra.
Así inician todas las mañanas en el cementerio donde hoy esas tres mujeres esperan sacar restos de la tía Miriam, del abuelo Estanislao, la abuela Ceferina y hasta de la tatarabuela Celia; no recuerdan cómo están acomodados por las fechas en que fallecieron; lo único que comentan entre sí es que los abuelos se quisieron tanto que murieron sólo con diferencia de un día.
Así inician todas las mañanas en el cementerio, donde la exhumación de hoy está plagada de nostalgia y sorpresa de lo que encontrarán dentro de la fosa. Así fue como el siguiente ataúd era el del abuelo que murió de tristeza al perder a la abuela Ceferina. Ella se fue a dormir cansada una noche y nunca más abrió sus ojos. Los restos de la bisabuela ya habían sido exhumados años atrás; la bolsa que la contenía ya estaba rota y se dejaba ver su chal tejido y un rosario que siempre cargaba con ella. Para las mujeres, causó nostalgia y llanto.
Así inician todas las mañanas en el cementerio donde, al terminar la exhumación de todos los restos, dejan un hueco húmedo, frío, lleno de bichos, desde gusanos, cucarachas y hasta alacranes; las tres mujeres se abrazan, sueltan el llanto y dan indicaciones para que los sepultureros reacomoden los restos en la fosa y la cubran con las losas. Después secan su llanto y salen del cementerio tristes pero reconfortadas entre ellas.




