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La Feria del cacique

La Feria del cacique

Román Munguía Huato

 

La Feria Internacional del Libro es parte de los escándalos de la camarilla caciquil de la Universidad de Guadalajara. El más reciente sucedió cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador la señaló como un espacio de crítica en contra de su gobierno, e hizo responsable a Raúl Padilla López.

La Benemérita Feria Internacional del Libro (FIL) cada año se supera a sí misma en todos los aspectos. Las cifras están ahí para demostrarlo; la numeralia elocuente, triunfalista: asistentes, editoriales, escritores, foros, presentaciones de libros, ganancias supermillonarias, estands, etcétera. Así lo manifiestan los organizadores, panegíricos y aduladores, quienes forman parte orgánica del sistema caciquil o quieren quedar bien para algún día recibir favores o canonjías. La exaltación acrítica y autocomplaciente, pletórica de elogios insulsos al gestor original. Un escritor y periodista ya fallecido, Federico Campbell, lo dijo zalamero, con alegre caravaneo: “Raúl Padilla López es un cacique, pero es un cacique bueno”. La FIL, tras bambalinas, pretende encubrir la profunda crisis universitaria en todas sus dimensiones: de gobierno, académica [docencia e investigación] y cultural. La UdeG no tiene una buena librería céntrica y tampoco una orquesta sinfónica. Surrealismo tapatío: quien detenta el poder en su forma más unilateral y escabrosa presenta en un foro al panel de quienes disertarán sobre la corrupción en la política.

El Licenciado Padilla López es una especie de rector vitalicio desde 1989, en una institución “pública” en la cual no se mueve ninguna hoja del árbol sin su voluntad. En la FIL de 2019 declaró: “Compartimos el propósito de llevar la educación superior al mayor numero de jóvenes y de brindar apoyos a los sectores más vulnerables, pero justamente por ello resulta difícil entender que para efectos prácticos en el presupuesto federal se recorte el financiamiento a las universidades públicas y se frene su capacidad de crecimiento y mejora de calidad”. Por supuesto, tal declaración es demagogia pura, pues cada año la UdeG rechaza miles y miles de jóvenes aspirantes a ingresar a sus aulas, y es absolutamente falaz lo de “brindar apoyo a los sectores más vulnerables”. Muy cierto es que la universidad requiere de mayor presupuesto federal para su financiamiento, pero este presupuesto se debería destinar a las tareas esenciales y al aumento salarial del personal académico, administrativo y de servicios, y no a los sueldos estratosféricos de la alta burocracia y a los eventos de relumbrón, showbusiness y empresas parauniversitarias.

 

Germán Pintor, creador olvidado del Premio Rulfo

La FIL empezó cuando “el sayulense Germán Pintor Anguiano, en 1986, junto con un grupo de amigos, todos marginados y olvidados después, crearon el Premio Juan Rulfo”. De ello da cuenta el periodista Felipe Cobián en una entrevista realizada al propio Anguiano. Como bien dice Cobián, dicho premio después se lo “apropiaría Raúl Padilla López, cuya primera edición, ya como evento cumbre de la Feria Internacional del Libro (FIL), tendría lugar en 1991, siendo el antipoeta chileno Nicanor Parra el primer galardonado”. Aunque formalmente la Feria inició en 1987, no fue sino hasta ese año que empezó a tener relevancia. Dice Cobián que “El último en recibir el llamado oficialmente Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo fue el español Tomás Segovia, en 2005, luego de que la familia del escritor jalisciense retirara de la FIL su apoyo ‘por el mal uso que le habían dado’ al mismo sus patrocinadores”.

Fue ese año que empezaron los escándalos de la FIL, pues los herederos de Rulfo se fueron a juicio (derecho de patente) para que el presidente de la Feria no hiciera ningún uso del nombre Juan Rulfo para el Premio. Unas declaraciones infames de Tomás Segovia sobre el autor de Pedro Páramo llevaron a la familia Rulfo Aparicio a desautorizar el nombre del Premio, y además porque el cacique la ninguneaba. Los herederos de Rulfo nunca se imaginaron que Padilla López iba a encarnar la figura de un cacique cual Pedro Páramo, pero de un cacique universitario.  Rulfo escribió: “Pedro Páramo es un cacique. Eso ni quién se lo quite. Pedro Páramo es un cacique de los que todavía abundan en nuestros países: hombres que adquieren poder mediante la acumulación de bienes y éstos, a su vez, les otorgan un grado muy alto de impunidad para someter al prójimo e imponer sus propias leyes.” Cierto, El Licenciado  puede afirmar tajante y cínicamente: no hay ley más que la mía; y lo puede decir sin tapujos porque las redes de complicidad con el poder gubernamental le confieren esa impunidad. Detentar el poder caciquil le ha permitido la cercanía sumisa y la adulación de reconocidos intelectuales y escritores mexicanos, quienes le han prodigado cobertura para la FIL, que ha tenido nula influencia académica en la universidad, pues las prioridades de la administración central y de los sucesivos rectores que él impone no son académicas sino empresariales, con la promoción de una “cultura universitaria” con espectáculos propios de la farándula artística musical de alfombra roja y demás parafernalia.

 

La FIL como simulación cultural

Los propios organizadores del evento editorial lo reconocen: “La FIL es actualmente el mayor mercado mundial de publicaciones en español”. Se trata, entonces, de un espacio comercial editorial antes que un evento cultural. Es un negocio que le reditúa muchas ganancias a El Licenciado. Es muy cierto que hay actividades de carácter cultural [música y reuniones literarias] y académicas [mesas redondas, algunas sobre temas políticos], pero ante todo tiene propósitos mercantiles. La FIL en realidad es un acontecimiento estrictamente mercantil revestido culturalmente, y los intereses predominantes son los de las grandes y poderosas empresas editoras españolas. Esos intereses capitalistas explican el Premio Princesa de Asturias en Comunicación y Humanidades otorgado este año a la FIL. Al recibir el Premio, Padilla López externó: “Los libros, y en general la letra impresa, se alimentan de la libertad y a la vez la amplían. La modernidad política apareció con la libertad de imprenta, con el derecho a escribir y publicar sin restricciones. Defendamos este valor fundamental, con más razón frente a los gobiernos populistas que hoy amenazan nuestra gerencia liberal y ponen en riesgo la democracia”. Por gobierno populista se refiere al de AMLO, pero Padilla López carece de ética política para hablar, cínicamente, de la modernidad política porque en una institución del saber como es la universidad es totalmente contradictorio que exista un anacronismo político como el cacicazgo, que no tiene ningún rasgo liberal. La UdeG es una institución donde es inexistente la democracia e impera el poder gerencial, unipersonal y autoritario absoluto con base en el corporativismo clientelar. Desde el rectorado de El Licenciado, la universidad ha estado sometida a los dictados de las políticas neoliberales educativas, con sus funestas consecuencias.

La FIL ha sido escenario de escándalos, como el premio otorgado a Alfredo Bryce Echenique en 2012,  y el caso de Israel como país invitado de honor en 2013. Igualmente fue un escándalo político la participación en 2019 de intelectuales y escritores conservadores como Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa, quienes tomaron a la FIL como tribuna propagandística en contra de AMLO. Dejemos de lado hechos deleznables, como cuando en la FIL de 2018 el escritor Taibo II pronunció la frase: “Se las metimos doblada, camarada”. En 2011 Enrique Peña Nieto no supo mencionar siquiera tres libros que marcaron su vida.

Un escándalo se desató en las letras de México por el anuncio del otorgamiento del Premio Literatura en Lenguas Romance (antes conocido como Premio Juan Rulfo), por parte de la FIL, al peruano Alfredo Bryce Echenique, autor de Un mundo para Julius, declarado culpable y multado por plagio múltiple (plagio inteligente y plagio burdo) en Perú. El jurado del Premio FIL y quien otorgó el premio a Alfredo Bryce Echenique estuvo integrado por Julio Ortega (peruano), Jorge Volpi (mexicano), Margarita Valencia (colombiana), Leila Guerriero (argentina) y Calin-Andrei Mihailescu (canadiense de origen rumano). Este jurado, los directivos del Premio FIL y la Universidad de Guadalajara fueron objeto de crítica por todos lados. Hasta ese momento no se había cuestionado a ningún premiado. No era para menos, de acuerdo con los antecedentes literarios, plagiarios y penales del galardonado Alfredo Bryce Echenique.

Iván Restrepo, después de hacer una apología de la FIL, escribió: “Es cierto que quien preside la FIL reúne desde hace tres décadas enorme poder político y económico dentro y fuera de la universidad, al punto de impulsar a familiares y subordinados a puestos de elección y consolidar candidatos a gobernadores, y manchar el prestigio de la FIL al avalar el premio a Alfredo Bryce Echenique, acusado de plagio. Pese al poder caciquil de quien preside la FIL, ésta es patrimonio de autores, lectores y editores”. Se equivoca Restrepo, la FIL no es ningún patrimonio de autores, lectores y editores, y mucho menos patrimonio de la comunidad universitaria. Es patrimonio personal del poder caciquil.

 

La FIL como escaparate internacional sionista

Además de provocar una fuerte indignación de un sector de académicos y estudiantes de la UdeG, también originó la de un grupo de intelectuales y académicos de la ciudad de México, entre ellos el poeta fallecido Juan Gelman. En una carta de octubre del 2013 proponían que en la próxima FIL hubiera un equilibrio en la participación entre Israel y Palestina. Era de esperarse que quienes organizan tal festividad hicieron ninguneo de la propuesta. Rechazando la carta, la derecha judía en México afirmó replicante que “este grupo de intelectuales pretende transformar a la FIL en arena política. Por lo visto, los firmantes están mal (o tendenciosamente) informados. La FIL Guadalajara es un evento específicamente cultural –diseñado para difundir la cultura, las artes y el conocimiento– y no un foro de índole política donde se tengan que resolver y discutir temas relacionados con conflictos ajenos al propósito de una Feria del Libro.” Pero estos sionistas, quienes comparten toda la política expansionista genocida del gobierno derechista israelí, deben de saber que la FIL más que un evento cultural es un evento comercial, y que lo cultural es una apariencia que oculta intereses empresariales, y también es arena política. Los intereses de Estado con Peña Nieto también prevalecieron en este escenario: ¿Qué diablos hacía Israel, su régimen genocida, en la FIL como invitado de honor? En el 2013, Estados Unidos e Israel fueron expulsados de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) por razones políticas. Estos dos poderosos gobiernos entienden por cultura y educación algo totalmente distinto a lo que lo entendemos la mayoría de la población mundial.

La FIL tiene algunos atributos culturales innegables. Pero, detrás de su apariencia cultural –lo cultural como aquello que no tiene una finalidad estrictamente lucrativa y mercantilista– desde hace mucho tiempo se ha trastocado en una librería grandota como un inmenso almacén mercantil, especialmente en función de algunas grandes empresas editoras, particularmente españolas. La feria de las vanidades: la alfombra roja, parafernalia del espectáculo y del showbusiness, no solamente se destina a los escritores o escritoras –algunos de ellos o ellas actuando como verdaderas divas–, también es pasarela con candilejas para frivolidades de la farándula política. Los intereses gubernamentales también prevalecen en este escenario. Si algo puede contribuir a la humanización y al cambio de esta sociedad desgarrada, con toda su barbarie y violencia actual, es la promoción cultural y la educación como práctica de la libertad ajena a todo principio mercantilista de un capitalismo salvaje neoliberal.

El escritor Juan Villoro aseveró en algún momento que la FIL tiene que ver más con la industria que con la cultura: “hay que ponerla en su justa dimensión […] El gran peligro de la FIL es que confía demasiado en la estadística y confunde el éxito con la cantidad de actividades, cantidad de visitantes, cantidad de espectáculos, lo cual no es necesariamente positivo”. A su vez, Hermann Bellinghausen afirma que la FIL “Atrae a la burocracia cultural en pleno, federal, estatal, universitaria. Acapara la entrega de premios nacionales e internacionales en número creciente. El premio mayor está diseñado para no fallar a escala mediática, aun cuando la riegue como ocurrió con el affaire Bryce Echenique, plagiario in fraganti. La FIL cada día se parece más a los festivales de cine, con todo y alfombra roja. Quién que es no desfila encima. Y hoy que el oportunismo es regla de oro sirve de pasarela para precandidatos, políticos en busca de carisma y figuras del espectáculo”. La FIL sigue siendo un escaparate espectacular de la megalomanía caciquil –con su delirante culto a la personalidad, tan grande como la Expo. No confundamos nefastos con Hefestos.

Habrá otra FIL digna de la cultura universitaria y para el pueblo jalisciense cuando exista democracia plena en la UdeG y se vuelva a honrar el nombre de nuestro admirado y querido Juan Rulfo.

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