La guadalupana
Juan M. Negrete
Apenas pasó un día de su fiesta anual. Vemos cada año a un pueblo volcado en peregrinar para acudir a visitarla al santuario donde se conserva su imagen. La tildan de milagrosa y esa idea está ahincada en la mentalidad de millones de paisanos. Hay muchas otras imágenes con la misma atracción popular, pero el encomio de la guadalupana se las lleva de calle a todas las demás.
El día de ayer concurrieron tantos paisanos, que los números de las autoridades civiles que se ocupan de estos eventos reportaron a diez millones de movilizados. La curia habló de otros números. Manejan la difra de veinte millones. La diferencia se atora o en la mitad de una o en el doble de la otra. Siempre nos resulta difícil saber a cuál hay que darle el crédito. Como sea, diez o veinte millones de personas son un universo en sí mismo. Y más nos valga no menearle.
Lo que si aparece como novedoso es el hecho de que ya se maneja como una de las aglomeraciones más extendida en el planeta, cercana o más o menos empatada con la islámica de la visita a la Meca. Este dato es nuevo, porque hasta hace poco se manejaban todavía cifras que la ponían en segundo lugar de entre las movilizaciones católicas, superada siempre por las dedicadas a la virgen de Lourdes. Es decir, del peregrinar entre católicos, pasó a ser ya la que ocupa el primer lugar.
Quién sabe si con el paso de los años termine superando a las multitudes islámicas y a su rito central de la Meca. Pudiera ser que sí lo logre, porque tan fanáticos religiosos somos los latinoamericanos como los mahometanos. Y en números de índices demográficos también nos damos un tiro de similitud. De manera que los islamitas nos llevarán de calle en esta manifestación central de su dogmática, pero tal vez ya no por mucho tiempo. Aunque habría de establecerse también, al lado de los números, el dato de que con los mahometanos se trata del fenómeno central de su dogmática, mientras que el culto guadalupano no alude a ningún evento central de la mitología cristiana, cuyo personaje simbólico tiene como protagonista a Jesús, hijo de la guadalupana.
Estas diferencias y datos de culto son dignos de análisis de los teólogos enterados. Pero se da el caso extraño de que cuando se concurre a muchos de ellos para consulta, resulta más que complicado sacarlos de las premáticas del mito de las apariciones. No se avanza un ápice en tales consultas, si toda referencia suya al contexto tiene que admitir la narrativa de una imagen que se le aparece a un indígena tlatelolca de nombre Juan Diego. Revisar estos papeles mete de inmediato muchas dudas sobre tal narración. Por ejemplo, no se aclara el dato concreto de que ese personaje pudiera comunicarse con facilidad con los curas y el obispo Zumárraga, con los que discutió en torno al mensaje de la madona aparecida. Debía tener dominio pleno del idioma castellano, para aceptar tales escenas. Se dan por hecho, o se pasa por encima de su veracidad, y nos vamos con la música a otra parte.
Otra complicación nos vendria sobre los datos que se establecen en el cuento central de las tales apariciones, libro conocido como Nicam Mopoua, es el dato cronológico que en ese escrito se regista. La fecha de las repetidas apariciones de la imagen ocurren entre el nueve y el doce de diciembre del año 1531. Pero resulta que existen muchos otros testimonios históricos que nos informan con claridad que su culto se celebraba antes del año del 1700 por los primeros días de septiembre. Las autoridades clericales pertinentes fijaron su fecha oficial del 12 de diciembre hasta el año de 1700. Pero también estas diferencias son pasadas por el arco de triunfo por todos los que se meten a buscarle los tres pies al gato de tal celebración.
Para no meterse a discutir en torno a la creencia misma sobre tales hechos, que contienen tantas disparidades de ubicación y de prueba, los interesados en este fenómeno se remiten a historiadores profesionales, científicos por supuesto, que le han metido la cuchara a un tema que hasta les resulta escabroso. Lo complicado del asunto de las fechas les lleva a topar de frente con la narración extendida y aceptada por la generalidad del auditorio que se apega a locontado en las apariciones y nada más.
Hallarle inconsistencias al contenido de estos cuentos, ha llevado a todos los estudiosos del tema, a guardar sus avances de investigación o a no buscarles la aprobación del gran público, porque no la tendrá. Es tal la fuerza de esta mitología, que no decrece sino todo lo contrario, que mejor le siguen de frente, como si la propia virgen guadalupana les hablara. De no hacerlo así, se les aparecerá Juan Diego. Todos los mexicanos entendemos bien el contenido de este refrán que alude a las dos figuras centrales del mito de referencia. Y para no dar más palos de ciego, así lo dejan. O lo publican, pero para ser materia de entendidos nada más, o de interesados anacoretas, que tampoco tendrán incidencia ante el público en sus clarificaciones históricas, por más sólidas y consistentes que les hayan resultado.
Como se ve por lo ahora dicho, todas las investigaciones históricas sobre el mito guadalupano están lacradas con el sello de la prehistoria. Y éste debe ser otro de los milagros de esta imagen, protectora de nuestra nacionalidad, que viene a ser clave en todo lo que nos envuelve. A tal grado ocurre esto, que lo ligamos con nuestras pasadas revoluciones o transformaciones, como ahora les llamamos. Su estandarte está encadenado al grito del curita Hidalgo. Lo mismo hay que decirlo con los emblemas del zapatismo. La guadalupana está tan ligado a lo mexicano, por antonomasia, que a más de alguno se le ocurrió usarlo como adjetivo sinónimo de nuestra personalidad colectiva, que nadie retoba.
