La historia mocha
Juan M. Negrete
La triste ocurrencia de nuestros prianistas de traer a una figura derechista de la península española les salió vana. O como dicen nuestros vagos: les va a salir sello. Su idea, a buen seguro, acariciaba la puntada de que pasear a una mujer empoderada, sin precisar con claridad su pertenencia al bando de la derecha española, les generaría dividendos positivos. Eso se traduce luego en votos y éstos, a su vez, en posiciones políticas. Pero realizaron mal sus cálculos y lo más probable es que se les cebe el cohete.
Por lo pronto hay que decir que el periplo se les truncó a la mitad. Todavía les quedaban dos presentaciones de postín. Uno en Cancún, donde doña Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad autónoma de Madrid, participaría en la entrega de los premios Platino de Xcaret. Este evento se realiza cada año, una vez en Madrid y el siguiente en Cancún. Pues la participación de dama política tan controvertida se les canceló, porque su presencia ya está generando secuelas del orden político, de lo que los organizadores desean mantener alejada a su empresa.
Tras esta participación, ya cancelada, trasladarían a doña Chabela a Monterrey, la capital del estado de Nuevo León. Ahí tendría las candilejas del partido Movimiento Ciudadano, que no es de derecha declarada pero sí funcional. Se entrevistaría fundamentalmente con empresarios que sostienen desde la década de los sesenta al Instituto Tecnológico de Monterrey. Más de derecha no se puede pedir, por más que le disfracen tal cariz sus patrocinadores, que son muy buenos comerciantes y vendedores. Pues tampoco se aparecerá por allá la señora gachupina, quien decidió mejor cancelar su viaje promotor en tierras ajenas y volverse a su propio terruño, donde entiende que maneja con más tino los hilos de la grilla.
Hay que decir que doña Chabela no es el primer figurín que trae de la península nuestra mostrenca derecha. Ya es una costumbre manida suya. Podríamos recordar las dos invasiones militares que ensayaron en el siglo XIX. Una solos, por Tamaulipas; y la segunda acompañados tanto por Inglaterra y por Francia. Pero ya nos quedan medio lejos esos recuerdos ancestrales. Nos habíamos apenas independizado de ellos y como que no habían perdido tan agusto. Pero dejemos ese pasado remoto y vengamos a sus intentos presentes.
Ya en este siglo XXI, les dio por invitar al partido Vox, que es algo así como la UNS (unión nacional sinarquista) de aquí. En otra ocasión vinieron también con nuestros mochos (panistas, beatos y sinarquistas) a firmar y difundir un acta dizque de la iberosfera, en la que nosotros quedamos incluidos aunque no queramos. Nuestras raíces hispanas nos meten a tales rubros y no con calzador. ¡Quién nos manda hablar y escribir en castellano!, argumentan.
Ya que mencionamos antes a nuestros sinarquistas, quienes no parecen tener ya credencial vigente en nuestras luchas actuales, habría que decir algunas cuantas palabras sobre ellos. Cuando nuestros cristeros depusieron las armas, sus consejeros les hicieron ver que, para seguir vivos y bajo candilejas del público, era conveniente que se armaran como organización civil pacífica. En 1936 fundaron su UNS pues.
El Vox actual de España se parece a a nuestra vieja UNS, pero sobre todo a nuestro Yunque, que es del PAN. Sus metas son objetivos de la derecha extrema. Guardan a la sombra militancia clandestina o secreta y no es fácil que trasciendan con claridad sus movimientos políticos, que deben ser públicos y abiertos. Es el cauce, tan parecido a las logias masónicas, por el que dieron en extender sus proclamas sobre la iberosfera y otras menudencias. Es la corriente que sostiene, para entenderla mejor, la aventura de haber traído a la señora Díaz Ayuso.
Ya dijimos que nuestros excristeros se organizaron primero con su UNS. Pero como que sintieron que no les iba a funcionar bien el invento y tres años más tarde fundaron su PAN. A éste sí lo montaron como partido político. A los conservadores citadinos no les simpatizó gran cosa el membrete UNS, que afiliaba en masa a los excristeros campesinos. La entrada al cuadrilátero público con el PAN, modosito y bien portado, despertó las simpatías electoreras urbanas y pronto cobró la presencia que nomás no daba el ancho con su UNS.
De todas formas esta derecha respondona, por más bien portada que apareciera, tuvo que esperar medio siglo para hacerse de puestos públicos ganados en contienda. Sería tarea larga ennumerar los triunfos habidos con estas siglas, escamoteados mediante fraudes electoreros o patrióticos. El PRI, nuestra maquinaria corporativa estatal, terminó graduándose con honores en esta materia y ni quien le hiciera sombra nunca.
Mas el PRI tricolor y el PAN tan azul, a pesar de haber vivido sesenta años confrontados, se fundieron en una misma basofia. Desde 1939, el PAN se proclamó antiagrarista, antisindicalista, antiliberal, anti todo lo que promovía y cultivaba el PRI. Su bandera abierta era la defensa de la propiedad privada, la educación confesional y lo mismo anti contra todas las banderas que enarbolaba el gobierno central, siempre priísta.
La hazaña de estos señoritos azules consistió en permutar al final su identidad beata y modosita por los hábitos chocarreros y banales priístas. Se intermezclaron entre sí y uniformaron ambas personalidades. El público les enjaretó de inmediato el apodo de prianistas.
Si en la permuta o uniformidad prevalecieron las falencias del viejo PRI o se impuso la hipocresía panista, eso viene a ser disyuntiva menor. Ahora navegan en la misma barca y se mecen insomnes al compás de las olas. Esta vez les dio por invitar a hacer campaña a su favor a la señora española doña Chabela, pero les salió el tiro por la culata. No dan una.




