LA LISTA
Gabriel Michel Padilla
[Esta narración es parte del texto “Las prisioneras del Maximato“, que remite a la época cristera]
Soy el general Cortés Ortiz, ya me conocen, me vi en la necesidad de apresarlas, cosa que no me agrada pero por desgracia estoy para servir a la patria. Cuando escuchen sus nombres dirán “¡presente!” luego van a pasar de a una por una a firmar, y el sargento recabará sus firmas para su traslado al cuartel de Sayula, de donde serán embarcadas en un tren que las llevará a Guadalajara y luego a México. Si alguna falta de nombrar se registrará también con el sargento.
María del Divino Niño Anguiano
¡Presente! Señor general.
María de la Preciosa Sangre García de Alba.
¡Presente! Señor general,
María de la Inmaculada Concepción González
¡Presente! Señor general
María de los Dolores Robles
¡Presente! Señor general
María del Carmen Negrete, María del Socorro Rosales, ……
Y así se fueron desgranando cada uno de los diecisiete nombres de las prisioneras. También pronunciaron el de María Rosa de Jesús Sacramentado, a quien con cariño llamamos “Rosita”, nuestra líder.
Cuando pronunciaron su nombre, contestó con más garbo:
¡Presente, señor general!
Lo hizo para inspirarnos confianza, pues ya sabíamos que como maestra de novicias estaba dispuesta a dar la vida por cada una de nosotras y no permitiría que algo nos pasara. También al último pronunciaron mi nombre. Yo soy María Dilecta González, y también respondí “presente” y luego estampé la firma.
Pero apenas nos dictaron orden de aprensión, un grupo nutrido de gentes del pueblo se presentó en comisión, ante el General para pedirle que nos dejaran libres o al menos nos permitieran ir a sus casas a asearnos un poco, lavarnos al menos lo pies y a tomar algún alimento. Nos permitieron ir a las casas, pero sólo escoltadas. Cada monja llevaba cuatro soldados para su protección y vigilancia También a los soldados que nos escoltaban, les daban de comer las gentes y luego las miraban muy hondo a los ojos y les decían suplicantes a los soldados:
Traten bien a estas pobres monjitas, no son malas, nosotros las conocemos muy bien, háganlo por las benditas ánimas del purgatorio, que al fin y a cabo ustedes también tienen alma, y ustedes también son creyentes, pues estamos viendo el escapulario que les cuelga del pescuezo.
Los soldados no pronunciaban palabras, pero con la cabeza decían que sí.
Y así después de que tanta gente buena de El Grullo, nos dio de comer y nos levantó el ánimo, nos fueron subiendo a los carros que nos iban a llevar a Sayula. Ya estábamos acomodadas en tres carros militares, de esos que están abiertos y tienen asientos de madera, como bancas de mezquite de las que hay acomodadas en las iglesias. Cuando encendieron los motores y estábamos a punto de iniciar la marcha, llegaron con otro prisionero, era el señor cura don Miguel Díaz Infante, y todas nos alegramos de pensar que un sacerdote iba con nosotras, así alguien nos podría dar el Viático en caso de una urgente necesidad.
¿Qué tal si se les ocurre fusilarnos a medio camino para que se acabe el cuento y se ahorren la llevada de cada una de nosotros hasta las Islas Marías? Qué bueno que el padre Infante viene a nuestra compañía, yo no creo que los soldados sean tan desconsiderados que en caso de fusilarnos, nos nieguen el favor de que al padre Infante lo fusilen hasta el último para que primero nos confiese a todas, para que luego nos veamos todas juntas en el cielo, qué importa que al cielo lleguemos fusiladas, en el cielo eso no cuenta. Y cuando vi al padre, yo sin querer le eché una sonrisa de júbilo, con riesgo de que pensara que me alegraba de su detención.




